2030

Madrid, 21 de febrero de 2020

El teléfono ya no bastaba, lo nuestro había llegado mucho más lejos. Mi teléfono no paraba de escupir mensajes cada vez que llegaba la hora de acostarse, y siempre era él. Al principio era un simple qué-tal-cómo-ha-ido-el-día, pero pronto se transformó en fotos de paisajes desde la ventana, platos que habíamos cocinado… De ahí pasamos a los selfies, y de ahí solo se puede ir cuesta abajo: primero los de cara con camiseta, luego de cara sin camiseta, de torso, de pantalones abultados, de calzoncillos abultados y bueno, por qué seguir, si ya os lo imagináis. Lo peor es que ambos parecíamos tener mucha experiencia en lo que hacíamos, y teníamos una biblioteca de fotos inacabable. A veces me preocupaba no tener una lo suficientemente subidita de tono como para responder a sus intenciones. Pero siempre me las apañaba, al fin y al cabo, los dos somos millennials: vagos, tontos pero muy fotogénicos.

Javier Quevedo
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El metro en febrero

Madrid, 31 de enero de 2020

Me vuelve a invadir ese sentimiento irrefrenable que recorre mi cuerpo cada vez que me subo a un vagón de metro en febrero: tengo calor, mucho calor. Aunque le resulta molesto a mis compañeros de asiento, estiro mis brazos profusamente y me desprendo del abrigo de lana, la bufanda que me ahoga y la sudadera que me aprisiona. Una vez que ya he conseguido hacer todo esto, me siento cómodamente en mi incómoda situación, miro alrededor con extrañeza y observo el mismo fenómeno que me perturba desde la primera vez que usé el transporte subterráneo en invierno: ¿por qué la gente no se quita el maldito abrigo allí dentro, cuando hay casi 20ºC de temperatura?

Javier Quevedo
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BOLSILLO

 Madrid, 18 de enero de 2020

        Llevaba el jersey azul eléctrico y botas de cuero desgastado. Siempre llegaba a la misma hora, y siempre se sentaba con la misma pereza en aquel banco metálico de los parques de la ciudad. Hoy no traía a su perra, así que probablemente metiera pronto su mano en el bolsillo del pantalón trasero y sacara... Efectivamente, un cuaderno de viaje, con cubiertas de corcho, y un bolígrafo del mismo bolsillo. Espera, parece que no va a suceder lo de siempre, algo no está saliendo como de costumbre porque no saca ningún boli de ese bolsillo; mete la mano en el resto de bolsillos sin sacar nada de ellos. Y, de repente, ocurre. Me pilla desprevenido: después de buscar en varios bolsillos, su mirada se dirige a la mía y yo cambio de semblante, haciéndome de arcilla húmeda, y me doy cuenta de lo que está a punto de pasar. Pero no estoy preparado.

Javier Quevedo
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CAPÍTULO 3

Madrid, 13 de enero de 2020

          Había muchos objetos que me hacían recordar mi infancia. Muchos olores, muchos sonidos, muchas flores y muchas palabras. Fue inevitable que, en el entierro de mi padre, la mirada de algún familiar lejano, el olor de alguna habitación cerrada desde hacía mucho tiempo, el roce de uno de mis hermanos o la luz de aquella terraza inmensa me llevara a pensar en los años que pasé en la casa familiar con mis hermanos. Al tenerlos allí a todos juntos para una ocasión tan íntima, me acordé especialmente de un momento de intimidad que compartimos en el campo que se extendía por detrás de la casa, ese lugar sin límites que inspiraba todos nuestros juegos y nos enseñó a querernos, respetarnos y divertirnos.

Javier Quevedo
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CAPÍTULO 2

Madrid, 20 de diciembre de 2019

Cuando Juan volvió a la planta baja, se encontró un panorama muy similar al que había dejado: su madre y sus tíos formaban una línea al lado izquierdo de su abuela en el centro de la sala. Después de ella, un retrato de su abuelo descansaba sobre un caballete de madera, rodeado de flores. Un montón de personas seguían pasando por delante de todos ellos, les daban el pésame en voz baja y, si eran lo suficientemente próximos a la familia, también aprovechaban para darles un abrazo. Después miraban el retrato y, algunos, se asomaban al ataúd que estaba detrás, también rodeado de flores.

Javier Quevedo
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CAPÍTULO 1

Madrid, 13 de diciembre de 2019

        El niño de unos siete años entró sigilosamente en la habitación. Se coló por la puerta entornada sin hacer ruido y miró a su alrededor para asegurarse de que estaba allí solo, que no había testigos de su travesura. Una vez estuvo seguro, dejó las puntillas de los pies para caminar erguido y firme por la habitación, investigando todo lo que en ella podía encontrar.

Javier Quevedo
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