Columna literaria "Esencia humana" XI

 

 

 

 

La colección de Lucas

 

Una, dos, tres… perdió la cuenta al llegar al cuarenta y nueve, porque en la escuela aún no le enseñaban el cincuenta y sus padres lo mantenían en secreto. Sólo sabía que eran muchas, muchas, pero muchas hojas; tantas, que cubrían todos sus juguetes, incluso los de su último cumpleaños que no había dejado de usar desde entonces. Era su colección, su mejor prueba de cuánto le gustaban las hojas de otoño.

    Unas semanas atrás, Lucas había pasado la tarde con sus abuelos. Mientras sus padres iban al cine en su tarde semanal juntos, él disfrutaba todos los dulces que le ofrecía su abuela. Por la noche, ellos también salieron. Pasearon largamente por el mercado navideño que anunciaba el cercano final de aquel otoño. Cuando volvieron a casa, los recibió sobre la acera una alfombra de hojas de todos los colores. Al mismo tiempo que el abuelo negaba con la cabeza y exhalaba irritado, Lucas se lanzó un clavado a lo que para él lucía como una alberca.

Elik G. Troconis
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Columna Literaria "Esencia Humana" X

 

 

 

 

El club de los hispanohablantes pulcros

a Madrid

 

En cierta isla del Atlántico,

hay cierto club de fanáticos,

que el más encomiable propósito se reúne a lograr:

su español al oral perfeccionar.

Intégranlo españoles, cubanos, paraguayos y chilenos por igual;

año tras año, súmanse más centro y sudamericanos

que desean a toda costa la lengua de Cervantes dominar.

Dirígelo —¿quién más?—

un ilustre descendiente de un hidalgo señorial,

nacido en algún lugar de la Mancha,

cuyo nombre no es importante recordar.

 

En una misma aula,

caballeros se encuentran con distinguidas damas

para realizar los más grandes esfuerzos y hazañas.

Los mexicanos luchan por la c como tal pronunciar

y no como la s que para todo suelen utilizar;

intentan decir no coser sino cocer propiamente,

que vaya que son cosas diferentes.

Los españoles, de acuerdo con la tierra materna,

a distintas dificultades se enfrentan.

Los de Andalucía buscan desesperadamente a la t dar

la suavidad que se le ha de otorgar,

pues parecería que de nombres rusos cada consonante vocalizaran,

como si Tchaikovsky completo pronunciaran.

Los madrileños, de tan digna ascendencia,

tratan de hacer sonar todas las letras,

para decir nada en lugar de naa, muy en lugar de muu

y dejar con eso de mugir cual vacas.

 

Los venezolanos, en su libreta,

hacen planas de s la tarde entera,

creyendo que con eso dejarán de confundirla por j:

no es pejcado, sino pescado.

Mientras tanto, los argentinos, poco convencidos,

los verbos correctamente intentan conjugar

y las palabras acentuar;

además, la y pretenden como tal pronunciar:

decir su palabra favorita como yo en lugar de sho.

 

La clase de lingüística los viernes,

donde esfuerzos sobrehumanos

hacen los mejores estudiantes para su tono neutralizar

y una cadencia común ser capaces de lograr.

Que nadie diga que alguno es norteño o que habla cantadito:

que en el mundo entero se oiga un raso silbidito.

 

Así, unos y otros, en constante esfuerzo están.

Repiten y repiten hasta a los compañeros cansar.

Por eso cada uno su celda posee

y en ella, como frailes de convento,

se flagelan hasta alcanzar algún progreso.

Le rezan a don Luis de Góngora

y ante Garcilaso se hincan:

su obra una y otra vez recitan,

a ver si por fuerza la asimilan.

 

¡Vaya grupo, qué cultos todos!

Qué esfuerzo tan maravilloso

han de realizar hasta el sepulcro:

es el autodenominado “Club de hispanohablantes pulcros”.

Sigan así, muchachos,

y quizá algún día puedan en su nombre cambiar club por sociedad

y aprendan de una vez por todas a correctamente hablar.

 

Elik G. troconis
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Columna Literaria "Esencia Humana" IX

 

 

 

De mariposas a orugas

Antaño, los filósofos servían a los dioses: eran los bufones de la corte celestial. Disfrazados, lanzaban bromas entre las que se asomaba la verdad. A Zeus le contaban historias de supuestos seres humanos que eran incapaces de ser fieles a su pareja, a Afrodita le hablaban de mujeres vanidosas y a Hefestos le describían a los hombres más deformes que nacían a la Tierra.

Elik G. Troconis
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Columna Literaria "Esencia Humana" VIII

 

 

 

 

Tamaño realidad

 

a mi papá, Germán Troconis, maestro de la fotografía

 

—¿En qué tamaño su impresión, señor?

   —Tamaño realidad, por favor —repuso mientras colocaba su cámara réflex sobre el mostrador.

   —¿Perdón? —preguntó el empleado.

   —Tamaño realidad.

Elik G. Troconis
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Columna Literaria "Esencia Humana" VII

 

 

 

 

La del 305

Esa doña lleva todo el día viendo por la ventana. El cielo, el piso de al lado, los vecinos de abajo… No sale al balcón; se queda ai parada frente al cristal de la puerta, detrás de esos lentezotes de anciana que tiene. Hace rato se asomó en piyama. Yo creo que veía el cielo para saber cómo iba a estar el día y qué ponerse. Tiene una piyama idéntica a la de mi abuelo, de lana, como si no hubiera calefacción en las casas. A los viejitos nomás no los alcanza la tecnología. Al rato salió con bata y con tubos de colores en la cabeza, ya bañada, como para asegurarse de que su pronóstico se fuera cumpliendo, aunque no había pasado más de media hora. Se estaba lavando las orejotas con una de esas cosas… ¿cómo se llaman?… hisopos. 

Elik G. Troconis
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Columna Literaria "Esencia Humana" VI

 

 

 

De mar a mar, entre los dos la guerra

 

—¿Qué hace falta para que te decidas? —Ella permaneció en silencio.— Tienes que hacerlo. No podemos estar juntos así.

    —Pero es mi esposo, David. No puedo.

    —Es el o yo. Y por como están las cosas, si no lo haces tú, lo hará él. Después de como se puso ayer, no estás segura.

    —Pero no puedo hacerlo yo. Tal vez…

    —No, ya te lo dije: tú puedes hacer que parezca un accidente, pero si yo muevo un dedo, será obvio.

    —Pero si él muere y cualquier cosa sale mal… David, yo me quedaría sin nada. No tengo un centavo.

    —Calla. Lo mío será tuyo. No tienes que preocuparte por nada.

    —Entonces… 

Elik G. Troconis
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