EL SUSTITUTO

by Alejandro Velarde Soriano

23 de marzo de 2017

La alarma del despertador sonó aquella mañana con un tono que a Dani le resultaba chirriante. Odiaba tener malos despertares. Además, su vista en esos momentos todavía estaba nublada por el sueño. El calor de las sábanas y la comodidad que le ofrecía aquella gruesa almohada le impidieron levantarse, su cuerpo aun no respondía.

  Haciendo acopio de sus fuerzas, levantó el brazo, lo inclinó hacia la pared lateral del dormitorio y encendió la luz, a la que tardaría unos minutos en acostumbrarse. Todavía tenía los párpados entrecerrados, puso su mano derecha en la mesilla de noche en busca de su móvil, no lo logró encontrar, pero siguió buscando. Tenía que apagar aquella espantosa melodía.

  No esperaba ver a nadie a su lado, ni se le pasó por la cabeza comprobar con el tacto de sus manos la situación en el otro extremo de la cama. Cuando recuperó algo de visión, reparó en que el lado derecho estaba al descubierto, arrugado y ahuecado.

  Automáticamente salió del cuarto, con el pijama puesto y descalzo. Pasó por el lavabo, donde se remojó el rostro con agua fría. Se quitó las legañas de sus verdes ojos y masajeó su cabello rapado. Se sentía extraño, sabía que algo no andaba bien en aquel entorno. Decidió salir de ese espacio pequeño cuanto antes.

  Cuando llegó hasta el salón principal, encontró a Eva. Estaba sentada en aquel sofá con funda elástica de brillo diamante, que pese a destellar por los rayos de sol que atravesaban la ventana frontal, tenía bastante polvo y manchas por el tiempo que llevaban sin limpiarlo. Pero la niña no se sentía incómoda.

  Dani la observaba y era igual que hacía unos meses: con el mismo cabello rubio trenzado y su constitución ancha. Nada había cambiado. Ella no se percató de su presencia, estaba entretenida viendo la televisión, donde se estaba emitiendo Hora de aventuras. Esos dibujos animados siempre le habían causado desconcierto, seguía sin entender la clave de su éxito.

  —Hola, papá —le dijo en cuanto giró la cabeza. Acto seguido apareció Miguel, tan pequeño y enérgico, como siempre.

  Al igual que su hermana, era rubio. Para un chico de su edad era bastante obeso, estaba claro que el señor Allende no se había preocupado mucho por su alimentación. Sin mirar a Dani, se lanzó hacia el sofá.

  —¡Quita eso! Quiero ver Clan TV —le pidió a su hermana.

   —Ahora no, es mi turno.

   —¡Jopeeee!

   —¡Parad ya!  —gritó una voz femenina desde la cocina, debía ser de Marga.

  Dani no quiso entrometerse en la discusión, pensó que ellos podrían arreglar las cosas perfectamente, para algo eran hermanos. Sin más rodeos, se dirigió a la cocina, donde Marga estaba sentada en esa mesa blanca y circular. Estaba devorando los trozos que quedaban de unas tostadas con mermelada y un café con leche, que ya debía estar bien frío.

   —Buenos días cariño, ¿has dormido bien?  —le preguntó con una voz que Dani consideró muy agradable. Vio su rostro y sintió que el día empezaba con buen pie, esperaba que las tareas no le acabaran resultando tan complicadas.

  —Sí, como un bebé  —le respondió mientras se sentaba en una de las sillas.

 Dani consideraba a Marga una mujer atractiva, a pesar de su rostro severo surcado de arrugas de expresión. Era una persona que había sufrido muchas penurias en los últimos años, lo que podía notar en sus expresiones tristes y nerviosas; también en su cabello de color paja enmarañado, donde se asomaban algunas canas.

  No llegó a colocar el trasero en el asiento cuando aparecieron por la puerta Eva y Miguel, que parecían haber solucionado el conflicto de unos minutos antes.

   —¿Nos llevas al parque? ¡Porfi, porfi, porfi! —Eva no paraba de agitarse impaciente.

   —Lo siento, pero no puedo —dijo Dani entristecido, mientras el rostro de su hija se apagaba por la desilusión—. De verdad que lo siento, pero es que tengo que trabajar.

   —Llévales al parque, Dani —le pidió su mujer—. Creo que ya has trabajado bastante, ahora te toca disfrutar un poco y no agobiarte; dentro de lo que cabe, claro. —Lanzó una mirada hacia sus hijos, acompañada de una sonrisa irónica, e inmediatamente se volvió hacia su marido—. Además, seguro que otro podrá hacerlo por ti. Eres el sustituto, recuérdalo.

  Dani lo comprendió, así que se dirigió al cuarto para vestirse. Tampoco se  quiso preocupar por lo que tendría que ponerse, ya que el parque estaba al lado del edificio. Abrió su armario y contempló su bolsa beige repleta de utensilios útiles, los necesitaba para realizar su trabajo, que no podía dejar pasar, pero recordó las palabras de su mujer y no se centró más en el asunto. Ahora le tocaba disfrutar.

  Cuando ya estuvieron listos, cruzaron la puerta del piso y se dirigieron al ascensor, que ya estaba ahí listo para ellos. Accedieron y pulsaron el botón de la planta baja. Durante el descenso hicieron una parada intermedia en el piso segundo. Reconoció al vecino que entró, Dani había hablado con él el día anterior. Al entrar le mostró su mirada arrugada de preocupación y enfado.

  —La calefacción y la televisión siguen sonando en el piso, lo he estado escuchando toda la mañana. Dijiste que lo solucionarías, ¿para cuándo?

  —Ten paciencia —le aclaró, echando una mirada disimulada hacia sus hijos—. No sé cuánto tiempo me va a llevar todo esto.

  —Date prisa —le ordenó—. A no ser que quieras que derriben el edificio. ¡Estoy yo como para comprar otra casa!

  Llegaron a la planta baja. Las puertas automáticas se abrieron y Dani, junto a sus hijos, corrieron hacia el parque de inmediato, ignorando al vecino.

  Una vez llegaron al arenero, atravesando el pequeño paso de cebra que estaba a continuación del portal, Eva y Miguel se dirigieron rápidamente a los columpios, que en ese momento estaban desocupados. Se impulsaron y balancearon con emoción, Dani se mantuvo a un lado, preguntándose cuánto duraría todo eso.

  Mientras tanto, el resto de la gente se apartaba, les dirigían miradas de inquietud, Miguel intentó una vez acercarse a jugar con los demás niños, pero no recibió más que silencio. Dani se sintió molesto, no sabía que hacer.

  —No les hagas caso —le pidió Eva con un tono dulce y cariñoso—. Son idiotas, no comprenden nuestra situación.

  Le sorprendió el carácter de esa niña, era muy fuerte en las circunstancias que estaba viviendo. Eso no se aplicaba a Miguel, que no se veía capaz de asimilar nada e intentaba relacionarse.

  Dani trataba de analizar el embrollo en el que estaba metido mientras observaba el conjunto de la calle. De esa forma, en la lejanía divisó una silueta conocida, y a medida que se acercaba fue apreciando su cabello liso negro cortado por encima de los hombros, sus ojos azules cristalinos y su cuerpo delgado pero fibroso. Se acercó lentamente. No quería gritarle, los niños no debían notar nada de contacto entre ellos, si no todo se iría al traste.

  Los dejó mientras estaban entretenidos, creía que no le veían, así que se aproximó a la pequeña valla que separaba el parque infantil de la acera. Ella hizo caso a sus señas y se colocó al otro lado. Querían aparentar que eran dos desconocidos que estaban teniendo una conversación ordinaria y casual.

  —¿Qué demonios haces? —le preguntó. Dani no sabía qué palabras expresar sin que le escucharan los oídos vigilantes— Tenías una tarea, no puedes echarte atrás ahora.

  —¿Y qué quieres que haga, Rosalin? Esto supera mis capacidades. Si por ello creéis que no soy apto para trabajar con vosotros, que otro me suplante. Yo ya he fracasado.

  —Crees que ya todo está perdido, pero no es así. —La veía muy convencida, capaz de sacarle de ese aprieto. Pero Dani ya sentía que había agotado toda su baraja—. Mira, esta noche nos reuniremos en el bar que está a la derecha del portal. Te pediría que aparecieras, si lo ves posible.

  Rosalin se alejó. Dani pensaba que ya nada tenía solución, aunque las palabras de esa persona tan especial habían supuesto un breve alivio.

  —¿Quién era esa mujer? —le preguntó Eva, que apareció de repente a su lado. Dani se quedó de piedra, la tenía miedo, no sabía qué responderle—. Si piensas volverla a ver, se lo diré a mamá. Ella no dejaría que nadie la engañe otra vez, y menos tú.

  Seguía sorprendiéndole el carácter de Eva. ¿Quién hablaba por la boca de aquella niña? ¿Era real su precoz comprendimiento de la realidad?

  El día continuó con total naturalidad. En circunstancias normales cualquier otra familia estaría aburrida, pero Marga y los niños parecían muy contentos con esa rutina tan monótona. Era como si la simple presencia de Dani en casa les produjera alegría y tranquilidad.

  Lo único que parecía desear Marga era recuperar a su marido perdido, tenerle en casa de nuevo y que cumpliera con las “obligaciones matrimoniales”. Dani no se sentía capaz de cubrir todas esas necesidades, pero no le quedaba otra. Cuando ya estaba cayendo la noche y los niños se distraían con las series de televisión (fue costoso mantenerlos juntos en el sofá), Marga le agarró fuerte del brazo y lo condujo de inmediato hacia el dormitorio. En sus ojos se contemplaban unas ansias de pasión colosales. Dani se estremecía, intentó evitarla de una forma disimulada.

  —¿No te resulto atractiva? ¿O es que prefieres que sea más joven? —le preguntó Marga con preocupación— Siempre las queréis más jóvenes… ¡Diecinueve años tenía la última! No veas lo duro que me resultó enterarme. ¡Pedazo de capullo! ¿Tú también estás con una cría? Oh, perdona… no quería ponerme paranoica.

  Marga se tapó la cara con los ojos y se dobló rompiendo a llorar, Dani le acarició la espalda para consolarla.

  —No, Marga, tranquila. No estoy con nadie, solo que ahora…

  —¿No quieres? ¿No soportas mis arrugas? —gritó al incorporarse, dejando su cara al descubierto, en la que podía observar sus ojos rojos de furia. Dani se estremeció.

  Era cierto que la diferencia de edad de Marga respecto a Dani era bastante notable, pero no era un impedimento para este último a la hora de mantener relaciones. El único inconveniente era que su mente podría terminar atrapada mediante técnicas de pasión y frenesí. Y no podía olvidar a Rosalin y sus otras obligaciones.

  —Déjalo, y ve con los niños —le pidió Marga, ya estando calmada pero con algunas lágrimas en el rostro—. Supongo que otro día sí te apetecerá.

No conseguía dormir esa noche, sabía que Rosalin era capaz de esperarle las horas que hiciera falta, pero no podía salir sin ser visto. Marga ya estaba dormida, le sujetaba con sus brazos, como un intento de tenerle en su poder. Se levantó con cuidado, no podía ser descubierto, de lo contrario pagaría las consecuencias. Abrió y entrecerró la puerta del dormitorio lentamente. No se quitó el pijama, ni recogió la mochila que estaba encerrada en el armario, esperaba que Rosalin comprendiera su necesidad de ser silencioso como un cazador experto.

  Accedió al salón, sintió un gran alivio al comprobar que todo estaba apagado, ni Eva ni Miguel habían aprovechado para ver la televisión a media noche. Avanzó unos pasos en la oscuridad, no llevaba una linterna ni el móvil a mano, así que tenía que ir casi a ciegas, pero era capaz de distinguir formas y contornos.

  De repente escuchó varios ruidos, no podía deducir cuál era su origen exacto, lo sentía en el pasillo que daba a las habitaciones, cerca de la puerta de la cocina y tras el sofá. Quiso ignorarlo y avanzar, no podía perder ni un solo minuto. Su plan se vio frustrado cuando un escalofrío se apoderó del cuerpo de Dani, se le erizó el vello de la nuca, y más aún cuando vio múltiples ojos rodeándolo, eran como débiles luces parpadeantes en medio de todo aquel mar de negrura. Eran ellos, los entes que ocupaban la casa. Durante muchas semanas habían permanecido en aquel espacio, alimentándose del dolor, era su fuente de energía vital. Dani era totalmente consciente, y no quería consentirlo más, pero nada podía hacer. Al sentirse impotente para combatir la situación, regresó a la cama. Los ojos se fueron esfumando a medida que daba marcha atrás. Rosalin tendría que esperar.

24 de marzo de 2017

Dani abrió el buzón, sabía que no iba a encontrar más que propaganda, pero necesitaba disimular, mientras vigilaba el terreno con el rabillo del ojo.

  —¿Qué hiciste anoche? —le preguntó Rosalin. Se encontraban dándose la espalda el uno al otro— ¿Te pillaron? Si es así, habrá que pensar en otra forma de reunirnos. Y los encuentros fugaces como este no sirven para nada, hace falta más tiempo.

  Al volver la mirada al buzón, a Dani se le ocurrió una ingeniosa idea.

  —Aquí. —Señaló a Rosalin la abertura del buzón. Por su mirada no pareció comprender de primeras lo que quería decirle—. Lo que quieras me lo dices por aquí —continuó diciéndole en voz muy baja, Rosalin ya pareció comprenderlo.

  —¿Y no lo descubrirán? —le preguntó.

  —No, solo yo soy capaz de abrirlo. La llave la tengo yo.

  —Perfecto.

  Se separaron sin despedirse, y Dani se dirigió al ascensor. Cuando ya había ascendido unos pisos, se encontró con el mismo vecino del día anterior. No tenía ninguna gana de discutir con él.

  —Se siguen escuchando ruidos de aparatos —le dijo—. Esto nos empieza a preocupar a todos. Muchos ya están planificando una mudanza inmediata.

  —Bien, creo que esa solución es la mejor —le aclaró Dani, dejando al vecino boquiabierto—. Quería que las cosas fueran de otra forma, pero todo se ha complicado.

  —En fin… ¿Qué le diremos a otra gente? Esto es vergonzoso.

  —Cierto, vergonzoso pero real.

  Cuando llegó a casa, sintió el mismo malestar que le asolaba cada vez que observaba la tela del sofá y la superficie de la alfombra a plena luz. Todavía se distinguían manchas, restos de aquel proceso de limpieza en el que se utilizaron grandes cantidades de detergente, amoniaco, limón, sal y vinagre blanco. Acompañado de todos aquellos marcos, fotografías y adornos que había rotos y desperdigados por el suelo; habrían sido propiedad de Allende, por eso Marga no los quería ni ver.

  Era un escenario deprimente. A Dani le resultaba aún peor ver a los niños peleando por el mando de la televisión, compitiendo por qué canal infantil poner. Le dio repelús la idea de que a Eva, por un descuido, le aumentara aquella pequeña abertura de su frente, luego se fijó en el agujero de la camisa del pijama de Miguel y tuvo que cerrar los ojos un segundo. Pero no tenía que preocuparse, ellos no eran conscientes. Por otra parte, Marga ignoraba toda la situación. En general todos proseguían su rutina y sus discusiones habituales como si no pasara nada, era como si desearan una vida familiar normal por encima de todo.

  —Has tardado mucho —le dijo Marga.

  —Me topé con el vecino —le explicó.

  —¿Y qué quería?

  —Que hiciésemos menos ruido.

  —¿Seguro? Eva me contó que ayer te vio hablando con una mujer en el parque, ¿es cierto eso?

  «Maldita mocosa», pensó Dani.

  —Era una compañera de trabajo, me preguntó por qué no fui ayer.

  —¿Y por qué no me lo dijiste? —le riñó Marga.

  —¿Era necesario?

  —Me dijo que era musculosa… ¿¡Ahora te gustan las camioneras!?

  —¡Para ya de montarte películas! ¡No te engaño con nadie! ¿Es que no puedo hablar con otras personas?

  —¡No quiero que haya secretos en esta familia! Nosotros deberíamos ser prioritarios para ti. Eres el sustituto, ¿recuerdas? Y debes dar la talla, no hagas como Joseba, ¿me lo prometes?

  Dani contempló las lágrimas que se desprendían de los ojos de Marga, y que empezaron a correr por sus mejillas, atravesando sus cardenales. Luego observó las marcas de su cuello, y la compadeció. Sin duda habían sufrido mucho, todo les había llegado de golpe sin que hubieran tenido tiempo de parpadear. Y luego estaba aquella energía oscura que circulaba por la casa, todo era un siniestro batiburrillo. No, no podía abandonarles, les cuidaría y protegería hasta el final.

  —Te lo prometo.

  25 de marzo de 2017

Otro día más que no trabajaría, debía ser fiel a la palabra que le dio a su mujer. Corrió animado desde la habitación al salón. Como era de esperar, sorprendió a sus hijos en el sofá discutiendo de nuevo, pero esta vez quiso intervenir. No podía permitir que dos niños se pelearan por semejante nimiedad.

  —A partir de ahora, todas las mañanas de 10:00 a 11:00 Miguel verá Clan TV —les ordenó—. De 11:00 a 12:00 podrás ver Neox, Eva. ¿De acuerdo? No quiero más gritos en esta casa.

  Nunca había imaginado que a sus veintisiete años pudiera ejercer tan bien de padre, hasta hacía poco jamás se lo había propuesto, como hombre joven, soltero y juerguista que había sido. Se sintió bastante extraño adquiriendo una autoridad que siempre había detestado.

  —¡Pero ponen Peppa Pig a las 11:55! ¡No es justo, papá!

  Dani ignoró los berrinches de Miguel y fue directo a la cocina, donde se encontró otra vez con Marga engullendo algunos restos de comida que todavía quedaban. Esta vez eran fragmentos de galletas María que, por el tiempo que llevaban sin consumirse, deberían estar muy blandas. Por un segundo recordó su situación, y reparó en que a Marga le tenía que dar igual el estado de la comida. Él no supo qué desayunar, los cajones de la despensa estaban agotados y la nevera casi vacía.

  Durante el resto del día pasó un hambre atroz, si la situación continuaba así acabaría muriéndose por inanición. Tenía que escapar de su sufrimiento, aunque sabía que tendría que atravesar el obstáculo de los gritos terribles de Marga.

  —Debería salir —le explicó a su mujer, que inmediatamente le miró enfadada—. Yo tengo que comer algo, ¿no es así?

  —Está bien, pero no tardes mucho. Te quiero aquí en diez minutos.

  Se vistió y salió disparado. Al llegar al corredor del portal principal, advirtió que se iba a cruzar de nuevo con aquel vecino, así que trató de ser discreto y se dirigió a los buzones, tenía suerte de traer las llaves consigo.

  Pensó que otra vez más habría solo propaganda, pero reparó en una carta que sobresalía. La miró con curiosidad, y advirtió que era de Rosalin.

  «¡Claro! Fue lo que acordamos ayer».

  En un principio se negó a abrirla, pero el sentido del deber se apoderó de él un rato. Así que despegó el sobre y extrajo un enorme papel. Lo leyó detenidamente.

  Cada hora en punto estaré en el bar, leyó.

  En ese momento Dani escapó del control al que había sido sometido la tarde anterior. «Buen trabajo», se dijo a sí mismo. En el cuartel estarían orgullosos de él.

  Echó un vistazo a la hora de su móvil, eran casi las diez de la mañana, si era veloz podría llegar a tiempo a casa sin que se enojara Marga, aunque no le daría tiempo a hacer la compra, pero ya se inventaría una excusa para eso.

  Cuando salió del portal vio a todos los vecinos del edificio reunidos con múltiples maletas, parecía que ya se habían decidido a pasar unos días fuera. «Rosalin ya se ha encargado de prepararlo todo», pensó. «A veces me sorprende lo intuitiva que es».

  No se detuvo a hablar con nadie y entró en la cafetería. En el interior se respiraba una inmensa tranquilidad, cada uno estaba inmerso en sus asuntos: el dueño limpiando la barra con la bayeta, los otros dos camareros atendiendo las mesas, un señor sorbía tranquilo un café y leía una novela, dos amigas parloteaban y un hombre, con un traje de construcción sucio de cal y polvo, pasaba el rato pegado a su teléfono móvil. Observar a esos individuos tan libres e independientes le produjo una sensación de envidia, esperaba poder volver a esa situación algún día. En una mesa del fondo pegada a la pared amarilla estaba su libertadora: Rosalin. En principio tuvo miedo de sentarse en la silla de enfrente suya, por si Marga y los niños aparecían y le sorprendían con ella, pero se armó de valor y se dirigió a su compañera, aunque estaría alerta.

  —¿Tienes aquí el material de emergencia? —Le pasó la mirada para fijarse si llevaba alguna mochila consigo— Parece que no, entiendo que te tienen bien cogido por los huevos.

  —¿Qué hacemos entonces? —le preguntó Dani.

  —He sido precavida. —Le mostró un voluminoso bulto, ahí debía de haber una mezcla ya elaborada. Decidió no articular ninguna pregunta, hasta en el aire podría haber energías negativas escuchándoles.

  —¿Solo una chispa? —le preguntó a Rosalin susurrando.

  —Sí, se encenderá rápido y sin dificultad. ¿Hay respiraderos en el piso?

  —Sí, en la cocina hay uno, he averiguado cómo abrirlo.

  —Perfecto, pues ya sabes, Dan. Solo puedo desearte suerte y…

  Dani cogió el bulto, dejando a Rosalin con la palabra en la boca. No había tiempo que perder. Esperaba que no le estuvieran observando. De repente se preocupó por el tiempo que llevaba fuera, pero al mirar el reloj descubrió que le quedaban aún tres minutos para subir.

  «Si me doy prisa será suficiente», pensó.

  No recordaba que en su vida hubiera experimentado una sensación de nervios similar, imaginaba que eso sería el pan de cada día de Rosalin. Esperaba que con el tiempo se acostumbrara, si salía vivo de esa.

  Llegó al piso, en el salón encontró a Marga y sus hijos sentados en el sofá. La imagen que observaba en esos momentos no era la típica, ninguno de esos días habían estado juntos en el mismo sitio. Era como si le hubieran estado esperando adrede.

  —¡Dani! Llegas justo a tiempo. Siéntate con nosotros.

  Ignoró a Marga y se dirigió a la cocina, comprobó que la puerta estuviera bien asegurada colocando una silla para frenar el pomo. Esperaba que ese método sirviera.

  —¡Dani! —escuchó el grito de Marga detrás de la puerta— ¿Qué estás haciendo?

  Rápidamente cogió un destornillador de uno de los cajones, y con este abrió el respiradero. Abrió el bulto y su contenido lo depositó dentro del conducto de metal, con unas cerillas prendió la mecha, en unos minutos detonaría. No consiguió describir la sensación de nervios con la que llevaba a cabo aquel proceso, si sobrevivía a esto ya se podría considerar un profesional.

  —¡Dani! ¡Dani!

  Cada vez escuchaba golpes más fuertes en la puerta de la cocina, aun así se armó de valor y salió.

  —¿Qué estabas haciendo?

  Necesitaba hacer uso de estrategias rápidas para desprenderse de Marga, Miguel y Eva. No podía perder ni un segundo, en caso contrario todo estaría perdido.

  Si mirar atrás corrió hacia la puerta principal. Una vez estuvo fuera pensó que tardaría mucho en esperar al ascensor, así que fijó su mirada en una de las salidas de emergencia del edificio. Durante su estancia en ese sitio, había tenido tiempo para reparar en todos los accesos   y   caminos  seguros. Consideró inteligente dar con todos puntos de escape posibles.

  El pasadizo de emergencia apenas tenía luz debido a la escasez de ventanas, pero eso no impidió a Dani correr con agilidad escaleras abajo.

  De repente escuchó un ruido de cierre detrás de sí. Se quedó quieto mientras la figura de Marga envuelta en la oscuridad de aquel lugar.

  —¿Nos estás abandonando? No, tú no eres así. Cumplirás tu palabra como buen sustituto, ¿verdad?

  Sus ojos adquirieron un brillo en el que podía distinguir enfado y malevolencia. Dani desvió la mirada hacia las paredes y se tranquilizó cuando vio la boca de un conducto de ventilación.

  «La mezcla es muy potente, se extenderá en poco tiempo», dedujo.

  No quiso quedarse parado más segundos, tenía que salir del edificio antes de que fuera capturado por ese espíritu maligno.

  Había avanzado apenas unos escalones cuando fue sorprendido por las figuras de Eva y Miguel, que aparecieron por ambos laterales. A Dani le impresionó que hubieran sido capaces de hacer uso de sus dones de entes inmateriales tan rápido, y eso le inquietó más. Ahora sí que estaba perdido.

  —¡Papá! ¡Llévanos al parque! —gritaron al unísono.

  Los niños se lanzaron hacia sus piernas, le agarraron tan fuerte que sintió una gran presión en su piel, que podría desgarrarle los músculos y fracturarle los huesos.

  Marga se acercó, dispuesta a hacerle suyo con trucos de dominación mental e hipnotismo. No dudaba de que emplearía algún método de tortura si hiciera falta. Dani confiaba en que el entrenamiento al que les sometieron a Rosalin y a él hubiera servido para algo.

  Quiso evitar a toda costa ser controlado por aquellos seres. Más que nada porque le arrastrarían a la muerte en pocos segundos.

  «Quiero completar mi misión, pero no me importaría seguir viviendo»

  Se impulsó escaleras abajo como técnica para deshacerse de ellos. Pero seguían sujetándole, ejercían tal fuerza sobre sus extremidades que se sintió incapaz de realizar movimiento alguno. Los tres le miraban con maldad, como depredadores que están a punto de engullir a su presa. Y algo parecido harían si seguía resistiéndose.

  —¡¡Rosalin!! —gritó Dani, aunque dudaba de que su compañera consiguiera oírle.

  Intentó tomar oxígeno para proferir un grito más fuerte, pero sentía que algo le estrangulaba, como una especie de sustancia que circulaba por el aire.

  —¡Ro..sal…ii!

  Por mucho que lo intentaba, ya no era capaz. Se iba a ahogar ahí mismo. A esa sensación de asfixia le acompañó un profundo dolor en el pecho. ¿El gas ya estaba circulando por todo el interior o eran los espíritus? En unos segundos supuso que se trataba de lo primero, ya que las figuras de Marga, Eva y Miguel también se retorcían de dolor.

  Al poco rato vio aparecer a Rosalin con una mascarilla de gas. Estaba salvado.

  «Misión cumplida», pensó antes de perder el conocimiento.

29 de marzo de 2017

Estimado señor Germán Pérez Serrano:

Quería relatarle con detalle los incidentes que tuvieron lugar la semana pasada, de los que creo que no tiene noticia alguna. Sé que desde hace años se desentendió por completo del proyecto que juntos iniciamos, admito que ha habido diferencias, pero creo que los últimos acontecimientos son de su incumbencia.

Se trata de Daniel Fakouri, aquel joven estudiante de química que incorporamos a FANTHOM, usted le consideraba muy hábil en el ámbito de la ciencia paranormal. Sabe que yo al principio dudé de su recomendación, a pesar de que me resultaba simpático no le consideraba preparado, de hecho hasta hace unas semanas ésa era mi postura. Aun así, Gemma Martín decidió encargarle una misión en Leganés, sobre ese caso tan comentado en todos los medios. Si no lo ha leído en los periódicos ni ha prestado atención a ese asunto en las redes sociales, le ofreceré un breve resumen:

  Joseba Allende era un traficante de armas de Leganés, casado y con dos hijos. Para su esposa, Marga Quiroga, y sus dos hijos, Eva y Miguel Allende, él era trabajador en una agencia de seguros. La mentira la arrastró durante muchos años, su mujer nunca sospechó. Además de esa doble vida, Joseba también tuvo varias amantes, algunas de ellas muy jóvenes. Esos rumores empezaron a difundirse por todo su barrio residencial, hasta que llegaron a oídos de Marga.

  Su mujer comenzó a investigar, y descubrió varias de las mentiras de su marido, entre ellas la de su empleo. Tras una larga época de depresión disimulada, se armó de valor y echó a su marido de casa. Días después, Joseba apareció de sorpresa por el hogar familiar armado con un revólver.

  Pidió a Marga que le entregara a los niños, pero ella se negó, así que Joseba la forzó de forma violenta. Tras permanecer un rato asfixiándola, Marga murió. De repente se percató de que los niños estaban mirando. No podía aguantar que siguieran viviendo después de lo que habían visto, así que mató a tiro de revólver a cada uno.

  Joseba fue detenido a tiempo por la policía, y tan grande era su arrepentimiento que no tardó en confesarlo todo. Las declaraciones cuadraban a la perfección. Varios agentes fueron al piso e inspeccionaron los cadáveres. Cuando estuvo todo resuelto se ocuparon de limpiarlo todo bien.

Todos esos sucesos, tanto el asesinato como las pesquisas, pasaron durante los últimos meses de 2016.

Pasando a la situación más reciente, le contaré que en marzo de 2017, en ese mismo edificio, los vecinos comenzaron a escuchar ruidos que provenían del piso donde había tenido lugar la escena del crimen. Al principio pensaron en la posibilidad de que fueran solo unos okupas, pero luego llegaron a la conclusión de que ahí no había nadie.

Tan grande era el pánico, que ese rumor fue difundido de boca en boca hasta llegar a nosotros. No pudimos enterarnos por la prensa, ya que les daba vergüenza hacer declaraciones sobre ese asunto.

Antes de ir a investigar, intentamos plantear nuestras propias deducciones. La más lógica resultó ser el hecho de que ese piso, cuando Marga y sus hijos murieron, ese piso fue invadido por energía oscura. Ese mal se apoderó de aquellos espíritus incomprendidos, que habían perdido la vida sin que les hubiera dado tiempo a pestañear: no habían asimilado la muerte. Esa fusión dio lugar a tres fantasmas resentidos. Joseba les había traicionado, así que se veían necesitados de un “sustituto” que ocupara su lugar.

Para comprobar nuestras hipótesis, Gemma decidió enviar, contra mi voluntad, a Daniel Fakouri a esa misión en solitario, eso fue el día 22 de marzo. El objetivo era que verificara todas nuestras teorías y, en caso de afirmación, colocara una bomba de gas venenoso para espíritus y huyera para que no le afectara a él también (no hay que olvidar que ese compuesto también afecta a los vivos).

Al día siguiente no recibimos noticias de él, por lo que decidí ir yo misma a echar un vistazo. Y, en efecto, estábamos en lo cierto: eran fantasmas resentidos. Sin duda habían logrado convertir a Daniel en “el sustituto”, le hipnotizaron para que ejerciera funciones de padre, y debieron esconderle el arsenal en algún sitio al que no podía acceder. Yo le encontré en el parque infantil de ese barrio, estaría jugando con sus “hijos”, pero la gente solo observaba a un pobre hombre solitario y demente.

Tras un proceso algo complicado pocos días después, le proporcioné una mezcla de gas venenoso fabricada por mí. La misión en general fue un éxito: los fantasmas ya no están y, después de cinco días, los vecinos ya pudieron regresar de nuevo a sus casas. No puedo decir lo mismo de Daniel, ya que los fantasmas le atraparon cuando el gas estaba extendiéndose. Fue una suerte que consiguiera sacarle a tiempo, pero ahora está en coma en el hospital, estamos a la espera de que despierte.

Le escribo esto, señor Pérez, porque sé que le tenía aprecio a Daniel, y él también a usted. Igual su presencia hace que vuelva de su estado.

Espero que tenga en cuenta lo que le he dicho y regrese a España cuanto antes.

Atentamente,

Rosalía Rosalin Pacios.

  

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