MADRE E HIJA

by JUANITA HINCAPIÉ MEJÍA (MUEC, 2018)

Éramos los tres. Josefina, Bingo y yo. Juntos en ese apartamento pequeño pero confortable que se convirtió en nuestro mundo. Nos replegamos por aquellas circunstancias, buscando refugio en un continuo interior doméstico. Primero caí yo. Hace unos ocho años, si mis cálculos no me fallan. El dolor se instaló en mi cuerpo y ya no me deja tranquilo. Después fue el turno de Josefina. Como no teníamos que preocuparnos por dinero —bastaba mi pensión por incapacidad para sostenernos—, ella se dedicó tiempo completo a la enfermería y al mantenimiento del piso. Su rutina se dividía entre la limpieza de la casa, la preparación de la comida y las atenciones que me dedicaba en los intersticios de esas dos ocupaciones.

Los días críticos Josefina se olvidaba de la limpieza. Ya veía yo aparecer el arrebol en sus mejillas mientras intentaba sentarme en una silla plástica, dentro de la ducha. Ante el esfuerzo respiraba profundo y se daba unos segundos para recuperar fuerzas. Una vez menguada su agitación cogía una esponja de baño y —mojándose toda ella en el proceso—, me bañaba como a un bebé. Otros días el tema era mi falta de apetito, o el susto ante una inminente caída. Así, de forma gradual, abandonó su vida exterior. Pero un día no aguantó más. Terminó de lavar la vajilla, alimentó a Bingo y se acostó en la cama, a enfermarse conmigo.

Recuerdo cómo era antes. Con esa sonrisa tan libre que se le asomaba de repente y en todos los lugares. Dilatándose mientras caminaba entre la gente, sin conciencia de lo bello que era ese juego suave y espontaneo de sus comisuras. Su naturaleza activa, luego, la verdad casi ni se movía. Y escasamente se le escapaba alguna de esas carcajadas que en otros tiempos inundaban todo a su alrededor y provocaban un efecto dominó, contagioso y divertido. Disminuyó, casi al punto de agotarse, la energía dulce y rebosante de vitalidad, tan suya, tan capaz de iluminar cualquier tristeza y despertar envidias.  Al tomar la decisión de enfermar su vida resultó bastante más triste. Y gradualmente nos fuimos distanciando. Yo me entretenía con la vista y con unas caladas a mi pipa desde el balcón, cuando despuntaba la mañana. Alrededor de las diez me sumergía en mis libros y en la tarde me enteraba de los últimos acontecimientos deportivos.

Ya no compartíamos habitación. Josefina se había recluido en el cuarto que antes pertenecía a su madre, que vivió con nosotros muchos años. Siempre fueron inseparables. Una relación más estrecha de la que podrían presumir sus hermanas. Allí permanecía tendida, absorbida por el televisor viejo y casi destartalado en que veía sus novelas preferidas. A veces, cuando contaba con suficiente energía, se prendía del bastón que reposaba junto al nochero y dirigía con lentitud su pesado volumen hacia la cocina, para cocinar frijoles y fritar monedas de plátano maduro. En otras ocasiones la hinchazón la superaba, aumentaba sus cuarenta años a una vejez apenas soportable para su cuerpo, y la relegaba al reposo y al descanso de la siesta.

Esa noche no serían más de las doce, y yo estaba dormido, entregado al goce y la adrenalina de mis aventuras oníricas. De repente un frío glacial irrumpió de manera tempestiva y Bingo comenzó a ladrar fuerte. Corrió hacia la sala, ladró con más ímpetu y regresó al umbral de la puerta, agitado. Todavía no acababa de despertar cuando del salón escuché un ruido. Josefina también lo sintió y desde la pieza contigua se ofreció a investigar. Me resultó extraña su iniciativa, en especial porque creo que había tenido un mal día. Oí sus pasos a lo largo del pasillo, con un sonido lento se arrastraron por el piso. Esperé intranquilo. Al cabo de unos minutos perdí la paciencia.  No me gustaba nada su demora. Decidí preguntarle qué ocurría y nunca llegó una respuesta. Escuché un murmullo, como un cotilleo. Fui a averiguar qué pasaba y la encontré a la mesa, riendo de nuevo, en dirección a una silla vacía. Me miró y me dijo:

—No te preocupes, es mi mamá que ha vuelto.

Yo me quedé mirándola fijamente, sorprendido y todavía con la mente obnubilada por el sueño. Sin embargo, no ahondé más en el tema. Preferí volver a la cama y dejarla a ella con sus locuras. Quizá estaba desorientada, en un estadio intermedio y nuboso entre la ensoñación y la vigilia. Quizá era efecto de las píldoras para el dolor o de los antidepresivos que le recetó el psiquiatra.

Pero a la mañana siguiente aún persistía en su historia.  De hecho, a partir de ese momento su vida comenzó a girar en torno a las visitas de su madre. Hablaba en voz alta, se reía y deambulaba por la casa con energía renovada. Para mí era una actitud que lindaba con la demencia. Igual no me apresuré a enfrentarla, a este punto cada quien sobrellevaba como podía el dolor y el paso de los días, y yo tenía mi balcón y mi tabaco. 

Seguimos inmersos cada uno dentro de su apacible rutina. Hasta ese doce de febrero en que ella agarró una butaca y se sentó a mi lado. Observé con sorpresa cómo se acomodaba, cogía un cigarrillo Derby y aspiraba unas caladas, primera vez en veinte años. Me miró fijo, sentí cómo sus ojos penetraban mis pupilas mientras me contemplaba. Suspiró y me dijo:

—Ya no hablamos, nunca, pero quería venir a despedirme. Creo que estaré mejor con mi madre.

Me dio un beso en la cabeza y se fue a su habitación. A la mañana desperté y fui a la cocina por un café. Al pasar junto a su puerta eché en vistazo. Tenía curiosidad debido a la charla del día anterior. Estaba bajo las sabanas pálida y frígida. Los médicos dijeron que ocurrió mientras dormía. Ahora somos Bingo y yo, y los ruidos que nos acompañan.

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