Ubi Sunt?

by Paloma Vargas

El café sabía a vinagre. Le añadí otro sobre de azúcar, asqueado, y removí el mejunje con uno
de esos inútiles palos de plástico. El segundo sorbo me dio náuseas. Suspiré.
–¿Quieres té? –preguntó Mercedes, tendiéndome su termo.
Negué con la cabeza. El té nunca ha logrado despertarme. Cerré los ojos y tragué el resto del
café, conteniendo las arcadas.
–Qué asco –comenté, estremeciéndome, mientras aquella porquería se aposentaba en mi
estómago.
Mereces sonrió, solidaria. Estaba sentada en una silla plegable, frente a la mesa llena de
papeles y fotografías. Bolígrafo en mano, hacía anotaciones con su pulcra caligrafía en tinta azul.
Me sacudí el polvo de los pantalones y me senté junto a ella.
–¿Cómo vamos?
–Se han llevado varias monedas –me comunicó, sin entonación en la voz.
–No me lo puedo creer. ¡Es la tercera vez este mes!
–Lo sé…
Apoyé la cabeza en las manos, frustrado. De nuevo, algún desconocido se había dedicado a
robar en nuestra excavación. Ladrones de antigüedades, tal vez, o youtubers adolescentes sin
pizca de cerebro. Nos habíamos encontrado ambos perfiles en otros trabajos.
–¿Has hablado con la universidad? –pregunté sin alzar la vista.
–Sí. Les he pedido seguridad, pero han dicho que es imposible, que…
–No hay fondos, ya. Lo de siempre.
–Me han dicho que podemos quedarnos nosotros a vigilar, si queremos.
Levanté la cabeza y miré a mi compañera, incrédulo.
–¿Nosotros?
–Eso han dicho –Mercedes bebió de su termo sin cambiar la expresión.
–¿Y tú qué les has contestado?
–Que muy bien, que muchas gracias. ¿Qué querías que les dijera?
–¡Que son unos sinvergüenzas y unos vendidos!
–No es culpa suya. No nos han dado la subvención. A nadie le interesa lo que hacemos.
–No me lo puedo creer…
Me puse en pie, furioso, y caminé alrededor de la mesa. En los tres años que llevaba
trabajando como arqueólogo, la historia no hacía más que repetirse. “No hay fondos” era la
respuesta por defecto a cualquier problema que surgiese en la excavación.
Mercedes me miró deambular sin decir nada. Ella era una veterana. A sus sesenta años, y a
un paso de la jubilación, llevaba decenas de excavaciones a sus espaldas. Había vivido tantos
recortes que nada de aquello le afectaba. Sabía que nuestro trabajo, en España, era una apuesta
ciega por el romanticismo más que una auténtica profesión.
–Pues nada, habrá que hacer guardias, como en la mili –concluí tras mi absurdo paseo–. Me
alegro de haberme tomado el café.
–No te hagas mala sangre –me aconsejó mi compañera–. Seguro que serán solo unos días.
No respondí. No se me ocurría nada amable que decir.

Aquella noche empezamos la vigilancia. Mercedes se quedó levantada y me despertó a las
cuatro. Salí de la tienda de campaña refunfuñando.
–Buenas noches, ánimo –me deseó, acurrucándose en el saco.
–Muchas gracias.
Me puse las botas y cogí el lumogás que mi compañera había dejado en el suelo. Me dirigí a
la excavación, dando pisotones para deshacerme del frescor de la noche.
Hacía una noche preciosa. No había una nube en el cielo y todo estaba en calma. Los grillos
cantaban sin cesar, ocultos entre los árboles. La luna llena iluminaba el yacimiento casi tanto
como mi farol, así que decidí apagarlo.
Paseé entre las tumbas, dejando vagar mi mente. Hacía tres años que aquella necrópolis
había quedado expuesta, durante las obras para hacer una autovía. Estaba a las afueras de un
pueblo diminuto que en su día fue romano. Por suerte, el alcalde era un apasionado de la
arqueología y llamó a la universidad más cercana para avisar del descubrimiento. Cualquier otro
hubiese permitido que echasen cemento encima a cambio de unos billetes.
Al principio hubo mucho entusiasmo en el pueblo. La necrópolis y los arqueólogos nos
convertimos en una atracción turística. Venían a vernos, se hacían fotos, intentaban colarse en
las tumbas, nos preguntaban por tesoros ocultos… Indiana Jones ha hecho mucho daño a
nuestra profesión.
Con el tiempo se les pasó la euforia, a ellos y a la universidad. La necrópolis dejó de salir en
los periódicos, el presupuesto comenzó a disminuir y terminamos quedándonos Mercedes y yo,
solos entre las tumbas. Supongo que el día en que terminemos nuestro trabajo, aquí solo
vendrán algunos profesores de historia, o de latín, con sus alumnos. Lo de siempre.
Lo cierto es que llevábamos un año muy tranquilos. Por eso me fastidiaban especialmente
esas nuevas incursiones. Pensaba que habíamos superado la etapa de jugar a los exploradores.
Además, que robasen monedas o moviesen lápidas de sitio era algo inaudito en aquel lugar. La
gente del pueblo había pecado de entusiasta, pero siempre había sido respetuosa. Cosa de su
alcalde, supongo.
Me detuve a leer una de las inscripciones con una media sonrisa. Era la tumba de Julia, una
joven de diecinueve años que había muerto de parto. La habíamos catalogado aquella mañana. –Buenas noches, Julia. Encantado de verte. Sit tibi terra levis1.
Seguí caminando. A aquellas alturas, no me planteaba si hablar a una tumba romana era
normal o no. Aquellos muertos eran mis compañeros de trabajo y todo el mundo coge cariño a
sus compañeros de trabajo.
Escuché un crujido y me volví a toda prisa. Vi una nube de polvo depositándose en el suelo
sobre la tumba de Julia. Volví sobre mis pasos, pero no vi nada.
«La habré levantado yo al caminar.»
Continué con la ronda. Recorrí toda la necrópolis y nuestro pequeño cobertizo, en el que
guardábamos lo que debía llevarse al museo hasta que alguien venía a recogerlo. Entré y revisé
los estantes, por si acaso. Todo estaba en orden.
«¿Y así van a ser ahora todas las noches?» pensé con amargura.
Volví al exterior y cerré el candado. El sol empezaba a asomar tras la sierra. Observé el
amanecer, conmovido. Vi cómo la luz tocaba cada una de las tumbas y pensé en si aquellos
romanos agradecerían sentir la luz del sol después de dos milenios.
«¿Qué cojones van a agradecer, si están muertos?» me dije.
Pues también era verdad.
Volví a la tienda y desperté a Mercedes.
–Son casi las siete, me voy a echar un rato.
–Claro, descansa.
Me metí en el saco con suspiro, agradeciendo el calorcito. Mercedes cerró la cremallera y yo
me quedé dormido apenas apoyé la cabeza en la sudadera que me servía de almohada.

Abrí los ojos a las diez de la mañana. Me obligué a salir del saco y me cambié de ropa antes
de salir de la tienda.
–¡Buenos días, compañera! –saludé a Mercedes, que volvía a estar sentada frente a la mesa.
–Buenos días, ¿quieres desayunar?
Me acerqué. Sobre la mesita había un vaso de papel con tapa de plástico y una bolsita.
–¿Has traído desayuno?
–Churritos recién hechos. Parece que te haya despertado el olor.

1 Que la tierra te sea leve.
–Eres la mejor –Besé a Mercedes en la mejilla y me senté a desayunar–. ¿Alguna novedad
durante la noche?
–Nada –respondió ella moviendo la cabeza–. Pero te dejaste el cobertizo abierto. Deberías
tener cuidado.
–¿Qué? –pregunté, frunciendo el ceño–. No lo dejé abierto.
–Estaba abierto cuando pasé por allí esta mañana. El candado estaba en el suelo.
–No puede ser, Mercedes. Lo cerré. Entré para comprobar si estaba todo y lo cerré. Seguro,
vamos.
Ella me miró, sorprendida y confusa.
–¿Crees que habrá sido nuestro visitante?
–Seguro. Pero, ¿cómo pudo abrir?
–¿Tienes tus llaves?
Me tanteé el bolsillo del pantalón.
–No, pero me he cambiado esta mañana, estarán en el otro pantalón. Voy a buscarlo.
Corrí hasta la tienda y rebusqué en mis vaqueros. Nada. Salí cabizbajo y negué con la cabeza
desde lejos.
–Debieron caerse –confieso a Mercedes.
–Es raro. Al ver la puerta abierta, entré. No faltaba nada.
–De todas maneras, habrá que comprar otro candado en el pueblo. Volveré después de
desayunar, cuando he ido a por los churros la ferretería estaba cerrada –dijo ella con calma,
sorbiendo su té.
–Quizás deberíamos hablar con la policía local, o con el alcalde. Si hay un gracioso,
probablemente será del pueblo. Quizás puedan ayudarnos.
–No es mala idea.
–Lo siento muchísimo, Mercedes, soy un idiota –Me siento fatal, si ahora nos roban será por
mi culpa.
–¡No te preocupes! Ni siquiera tendríamos que estar haciendo guardias. Seremos más
cuidadosos a partir de ahora y ya está.
Me senté a su lado y comenzamos a planear el día. Queríamos clasificar varios objetos que
habíamos encontrado la semana anterior, y mirar a fondo un par de tumbas que aún no
habíamos catalogado. Cuando lo tuvimos todo estructurado, Mercedes se montó en el coche y
se dirigió al pueblo mientras yo iba hacia las tumbas.
Lo primero que hice fue separar la lápida de Julia. La inscripción era perfectamente legible y
eso no era habitual. Ese tipo de cosas son valiosas para los museos. La arranqué con cuidado,
utilizando las herramientas despacio y con delicadeza. Cuando logré separarla, me la llevé al
cobertizo, que estaba abierto.
Allí me encontró Mercedes, que había vuelto con dos policías municipales.
–Buenos días –saludaron con mucha formalidad.
–Buenos días, agentes, muchas gracias por venir.
–Mercedes nos ha comentado el problemilla que están teniendo –dijo el más joven de los
dos.
–Sí, es muy molesto.
–Es mucho más que molesto –intervino la otra policía, evidentemente furiosa–. Es una falta
de respeto a ustedes y a esta excavación. No vamos a permitirlo.
–Se lo agradecemos mucho –intervino Mercedes.
–Esta noche, una patrulla recorrerá la zona. Sin entrar en el yacimiento, por supuesto.
–Estupendo.
–Y les agradeceríamos que nos diesen un listado con los artículos desaparecidos.
–Cuenten con ello –dije yo.
–Bien, les dejamos.
Se marcharon con paso marcial. Mercedes ahogó una risita.
–Qué importantes se sienten, ¿verdad? –cuchicheó, con los ojos brillantes.
–Son la ley y el orden… –respondí con ironía, poniéndome firme.
A ella se le escapó una carcajada y me golpeó en el hombro.
–Eres peor que yo –comentó, meneando la cabeza–. Anda, vamos a trabajar.
El día pasó sin sobresaltos. Logramos adelantar mucho, tal vez motivados por el apoyo de la
policía, que nos hizo sentir importantes. Al atardecer llegaron dos coches y la pareja que nos
había saludado por la mañana se nos acercó. Les acompañaba un pastor alemán precioso.
–Buenas tardes. Hemos venido con siete agentes. Patrullaremos toda la noche, descansen
tranquilos –comunicó la mujer.
–Muchas gracias, de verdad –dijo Mercedes.
Los dos saludaron y se alejaron, acompañados por el perro.
–Oye, ya que tenemos a la guardia real, ¿te apetece que cenemos en el pueblo? –propuse–.
Estoy harto de latas de judías.
–Me parece una idea fantástica –apoyó Mercedes–. Hay un asador al que le tengo echado el
ojo desde que llegamos.

Cenamos como reyes. Ensaladilla rusa para picar, dos chuletones, rioja y un par de flanes de
postre. Tuve que aflojarme el cinturón justo a tiempo para el orujo de hierbas al que nos
invitaron.
–¡Por nuestro intruso! –dije, alzando la copa–. Y por esos agentes de la ley que lo van a
capturar vivo o muerto.
Mercedes brindó conmigo, risueña. Bebió un sorbo del licor y me miró con una chispa de
humor en los ojos.
–Eso si pueden capturarlo y no es un lemur… –dijo, tratando de mantenerse seria.
–Anda, anda, déjate –le dije, apurando mi chupito–. Bastantes problemas nos dan ya los vivos
como para estar pendientes también de los muertos.
Ella rio.
–No me apetece irme a la tienda, Jorge –me dijo–. ¿Pedimos unas copas?
Vaya si las pedimos. Fuimos al único pub del pueblo y volvimos a brindar, ella con un gintonic
y yo con un whisky con ginger ale. Luego pedimos otra ronda. Y otra más.
–Madre mía, Mercedes, qué aguante tienes –Creo recordar que le dije cuando volví del baño
con el estómago revuelto.
–¡A ver si te crees que las viejas no sabemos beber! –me respondió con buen humor.
Me derrumbé en el taburete, riendo como un idiota. Alcé el vaso.
–¡Por las viejas hispanas que saben beber!
Chocó su copa con la mía.
–¡Chin–chin!

Volvimos a la excavación en coche, no sé cómo. Recuerdo el frío que tuve al desnudarme
para meterme en el saco y al perro de los policías, que pasó la noche ladrando.
–Puto perro –repetí varias veces, entre sueños.
Al amanecer, la madre de todas las resacas me golpeaba en la cabeza. Salí de la tienda con
ganas de morirme y me encontré a los dos policías esperándome junto a la mesa de trabajo.
–Mercedes –llamé, con una voz de estropajo–. Mercedes, la poli.
–Uy, no, yo no soplo que doy positivo seguro –me respondió ella desde las profundidades de
su saco.
–¡Qué vas a soplar! Que salgas, que la policía quiere hablar con nosotros.
Me respondió un ronquido salvaje. Me encogí de hombros y caminé hasta los guardias, que
tenían cara de cansados.
–Buenos días, agentes.
–Buenos días.
–¿Qué tal la guardia?
Se miraron con una expresión que no supe interpretar.
–Pues…
–El perro no paró de ladrar, ¿qué le pasaba? –pregunté, curioso.
–No lo sabemos –confesó el hombre–. Está entrenado, lleva años con nosotros y jamás se
había puesto así. Tiraba de la correa y quería entrar en el cementerio, pero si nos acercábamos
si ponía a llorar, desesperado.
–¿Pero vieron a alguien?
–No, nadie en absoluto. Ni un coche, ni una sombra. Con la luna llena, además, se veía todo.
Me rasqué la cabeza sin saber qué decir.
–Pues nada, muchas gracias. ¿Volverán esta noche?
–Sí, por supuesto –aseguró la mujer.
–Genial. Que pasen buen día.
Me alejé para mear, refunfuñando contra el perro y contra Mercedes, que se había negado
a levantarse.
Después me lavé la cara, me comí unos cereales y comencé a volver a mi ser. Me dirigí al
cobertizo para examinar de nuevo la lápida de Julia, pero recordé que Mercedes no me había
dado las llaves del nuevo candado. Fui a la tienda y me la encontré fuera, estirándose.
–Mercedes, dame las llaves del candado nuevo, anda. Quiero examinar la lápida de Julia.
–¿La lápida de Julia? –repitió ella, con los ojos entrecerrados.
–Sí, la quité ayer y no tuve tiempo de hacer las fotos.
–Pero… La lápida de Julia… Está en la tumba.
–Que no, que la separé yo ayer, mientras estabas en el pueblo.
–Jorge, igual sigo borracha, pero yo la estoy viendo en su sitio –me dijo, señalando hacia el
cementerio.
Me giré con un escalofrío. La tumba de la joven podía verse desde nuestra tienda.
Efectivamente, la lápida estaba puesta.
–No puede ser.
Corrí hasta allí, seguido de Mercedes, y me acuclillé junto a la tumba. La lápida estaba de
nuevo unida a la piedra. No había marcas de separación. Era como si nunca se hubiera movido
de allí.
–¿Estás seguro de que fue esta la que quitaste? –me preguntó Mercedes con seriedad.
–Te lo juro. La llevé al cobertizo, por eso estaba allí cuando volviste con la poli.
Nos miramos. La resaca había desaparecido de golpe. Yo sentía un desagradable hormigueo
en la nuca y en las manos. Mercedes miraba la lápida con un rictus de miedo en la cara.
–¿Qué está pasando, Mercedes?
–Yo… No lo sé… Quizás… Alguien vino y… –sus ojos recorrieron los alrededores, buscando un
lugar en el que posarse.
–¿Y qué? ¿Soldó la lápida a la roca? Sabes que eso es imposible.
–¿Y qué otra explicación se te ocurre?
–Pues…
–¿Tú estás seguro de que quitaste esta?
–Sí.
–¿Totalmente seguro?
–Joder, que sí.
Ella apretó los labios y cerró los ojos. Le temblaban las manos.
–Mercedes, ¿qué coño pasa?
–Nada, nada. Necesito comer algo.
Caminó hacia la mesa y yo fui tras ella.
–Mercedes, no me jodas, ¿qué pasa?
–Una vez, un compañero me habló… de algo. Hace muchos años.
–¿De qué?
Me miró un instante, dubitativa.
–Trabajó en un yacimiento romano en Argelia, también de una necrópolis. Y pasaron… cosas
raras.
–¿Qué cosas?
–Sonidos extraños, olores… No sé. Pensaban que alguien se estaba colando allí. No le dieron
importancia hasta…
–¿Hasta qué?
–Hubo un muerto –confesó ella, mirándome a los ojos–. Uno de los arqueólogos apareció
muerto en una de las tumbas abiertas. Cerraron la excavación, nunca terminaron. No
encontraron al culpable.
Esperé a que continuase, pero no lo hizo. Miró al suelo, nerviosa.
–¿Y quién crees que fue?
–No lo sé, Jorge, fue hace más de treinta años, ni siquiera había vuelto a pensar en ello.
–¡Pero ahora estás pensando en ello! ¿Por qué estás pensando en ello?
–Lemures –susurró.
Estuve un segundo en silencio antes de echar a reír.
–¿En serio? ¿Ahí vas con todo esto? ¿Los espíritus familiares furiosos de los romanos? Anda
ya…
–Ya sé que es absurdo, pero no se me ocurre otra explicación. Las monedas que han
desaparecido son las que los cadáveres tenían para pagar a Caronte. ¿Np te parece demasaida
casualidad? –Mercedes hablaba completamente en serio–. Al fin y al cabo, mientras que los lares
eran los espíritus bondadosos, los dioses, los lemures eran…
–…los fantasmas agraviados, los que no podían descansar en paz, sí, ya lo sé. Pero no es más
que una superstición.
Mercedes me miró un segundo y asintió.
–Tienes razón, es una tontería.

Volví a arrancar la lápida de Julia, la fotografié y la guardé con llave en el cobertizo. Trabajé
sobre otras dos tumbas y comenté con Mercedes los detalles más interesantes. Ella estaba
distraída y apenas me contestaba. Revisaba manuales antiguos, aunque no me dijo qué estaba
buscando.
Anocheció de nuevo y volvieron los policías con su perro. Les pedí que vigilaran
especialmente el sector de la tumba de Julia y me metí en el saco, nervioso y cansado.

Me despertaron los ladridos del perro. El animal estaba desesperado.
–Puto perro –masculló Mercedes, dormida.
Me levanté. No sé por qué, pero me levanté. Tal vez necesitaba espantar mis dudas. Salí de
la tienda y miré hacia la tumba de Julia. La luna iluminaba la necrópolis, pero no con tanta
claridad como para distinguir la lápida.
Caminé hacia allí, muerto de frío, escuchando al perro, que cada vez parecía más nervioso. A
cincuenta metros ya pude distinguir perfectamente la lápida. Estaba allí, de nuevo, como si
jamás la hubiesen arrancado.
Continué caminando como en un sueño. No entendía por qué, no sabía qué buscaba. Sólo
sentía que tenía que llegar hasta allí, que tenía que comprobarlo en persona, como fuese.
Llegué junto a la tumba y toqué la lápida. Estaba fría, helada. Retiré la mano con un grito. Entonces, la vi. Estaba sobre su tumba. Era joven y preciosa. Llevaba puesta una stola2 y se cubría la cabeza con una larga palla3. Acunaba en sus brazos un revoltijo de tela. Me miró a los
ojos con una tristeza infinita. Abrió la boca y, al mismo tiempo, el perro aulló.
Caí de rodillas, llorando, aterrado.
–Julia, Julia, Julia… –murmuré, incapaz de apartar mis ojos de los suyos.

2 Vestido plisado que llevaban las matronas romanas casadas 3 Manto con el que las mujeres romanas se cubrían los hombros y, en ocasiones, la cabeza
Lloraba. Derramaba lágrimas translúcidas que caían sobre su regazo. Lloraba sin dejar de
mirarme con aquella boca abierta de la que parecía salir aquel aullido que no terminaba nunca.
Aparecieron otros. La necrópolis se llenó de espectros que me rodearon, susurrando palabras
que no pude entender. Me rozaban con su aliento gélido sin llegar a agarrarme.
Caí al suelo, paralizado, muerto de miedo, viendo rostros que identifiqué sin haber visto
jamás: Marco Cneo, que murió a los treinta años de una enfermedad, sic tibi terra levis. Publia,
fallecida a los cuarenta, de vieja, sic tibi terra levis. Cayo Cneo, hermano de Marco, que fue
víctima de un asesinato con veinte años, sic tibi terra levis. Lucius, que fue gladiador, sic tibi terra
levis…
–Sic tibi terra levis… –susurraba una y otra vez, sujetándome la cabeza con las manos,
deseando que terminase como fuera.
Se fueron. Se fueron todos menos Julia, que continuó mirándome, derramando lágrimas, tal
vez por su hijo.
Me levanté y corrí hasta la tienda. Desperté a Mercedes a gritos y huimos de allí, ante los
ojos atónitos de la policía y del pobre perro que no dejaba de aullar.

No volvimos. Dijimos a la universidad que dimitíamos, que las condiciones en que
trabajábamos eran inaceptables. No estaba muy lejos de la verdad, al fin y al cabo.
Mercedes se dedicó a dar clases de latín en un instituto y yo deambulé de trabajo en trabajo
durante años. La imagen de Julia, penando, me persiguió en sueños y sé que lo hará hasta el fin
de mis días.
Moriré con el dolor de haberla agraviado en su último lecho y de no haber sido capaz siquiera
de pedirle perdón.
Julia, lo siento, sic tibi terra levis.

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