Madre

madre

Ya empiezan otra vez… ¿Puedes oírlos? De veras espero que no.
Me aterran esas voces. ¿Qué serán? No parecen humanas, pero no me atrevo a pensar que
tal vez no lo sean. ¿Realmente puede haber algo tan siniestro allá arriba?
Te mueves, mi amor. Notas que el corazón se me acelera. Perdóname, no quiero inquietarte.
Déjame respirar hondo. Ya pasó…
Todos están encerrados en sus casas. Qué lástima. El pueblo entero parece desierto. Las
ventanas cerradas, los escaparates apagados. Es tan injusto…
No quiero que nazcas en este pueblo, pequeño. Pero, ¿qué alternativa tengo? Tus abuelos
están aquí, todo lo que conozco está en estas calles. Si nos fuésemos, los dos solos,
probablemente moriríamos en los caminos. Esos bosques están infestados de lobos, de
bandidos, de prófugos y… y cosas peores. No quiero darte pesadillas con mis miedos.
–¿Se puede, hija?
–Claro, mamá. Entra.
Esa es tu abuela. ¿A que es guapa? ¿Puedes verla ahí dentro, a través de mis ojos? Tal vez
no. Es menuda, delgada, tiene el pelo muy oscuro y el rostro amable. Me trae un vaso de leche.
–Bébetelo, te sentará bien. ¿Te duele la espalda?
–No, hace un par de días que no.
–Eso es buena señal, sí, es buena señal. Significa que el bebé se desarrolla bien, seguro, muy
bien. Ya le queda poco para nacer –mira cómo se retuerce las manos, teme por ti–. Bébete la
leche y descansa. ¿Necesitas algo?
–Me gustaría leer un poco.
–Te traeré un libro, no te preocupes.
Se marcha. La leche está buena, tibia. Supongo que el lechero sigue vendiendo, aunque su
puerta principal esté atrancada. Me gusta la leche, me hace sentir bien. Hace que las cosas
parezcan normales. El sabor de la leche siempre me recuerda a casa, a cuando era pequeña, a
las mañanas apacibles. Ya no hay muchas mañanas apacibles. Pasamos tantas noches en vilo,
escuchando los aullidos de la colina, que la mayoría de mañanas pasan mientras recuperamos
horas de sueño.
–Espero que este te guste –ahí está otra vez mi madre, tu abuela.
Oh, este libro de cuentos es precioso. Creo que va a gustarte mucho.
–Gracias, mamá. Es perfecto.
Este libro me lo trajo José, mi hermano mayor, una vez que fue a la ciudad. De niña, lo leí una
y otra vez. Le enseñé el libro al profesor, en la escuela, y leímos en alto los cuentos.. Creo que
te gustarán.
–Érase una vez, en un país muy lejano, un niño al que llamaban Garbancito…
¿Eso ha sido la puerta?
–…le llamaban así porque era pequeñito, pequeñito. Del tamaño de un garbanzo.
¿Quién llama a la puerta a estas horas?
–Pese a su tamaño, Garbancito era muy fuerte. Ayudaba siempre a su mamá y a su papá, que
eran muy pobres…
–Alicia –tu abuela parece muy alterada–. Han venido a por ti.
–¡No es posible!
No, no, no. No puede ser. No puede saberlo, es imposible.
–Están en la puerta, ¿no los oyes? Tu padre se ha negado a abrirles, pero no tardarán en
derribarla. Tienes que irte.
–¿Irme adónde? ¿Cómo?
Dios mío, ese estruendo. Ya la han derribado.
–¡No nos iremos sin ella!
¡No!
–¡Alicia, corre! ¡Por el tejado!
¡El tejado! ¡Es verdad! Vamos, podemos llegar. Agárrate fuerte, mi vida, ahora más que nunca
es importante que no te muevas. Tengo que hacerlo sin ruido. Una pierna sobre el alféizar, la
otra… listo. Dios mío, qué frío hace. Ahora tengo que cerrar la puerta. Ya está. Ahora al canalón.
¿Sabes? De niña salía más a menudo a la calle por el tejado que por la puerta. Me sentía
como una fugitiva de cuento. Una vez se soltó una teja y me precipité al suelo. Me rompí una
pierna, fue muy doloroso, pero en cuanto me recuperé volví a hacerlo. Hacía mucho que no
pensaba en ello.
Qué frío está el canalón, espero que no se me queden las manos pegadas.
Ya está. Estamos en el suelo, corazón. Ahora, a correr. No importa dónde. Tengo que
alejarme.
¿Dónde podemos ir? Ningún vecino va a acogerme, y menos en mitad de la noche. Están
demasiado asustados para siquiera abrir la puerta. Iremos al bosque. Es peligroso, pero no
tenemos otra opción si queremos ocultarnos. Mañana tal vez podamos regresar.
Estos zapatos no durarán mucho. Tengo los pies helados. Te mueves, será por el traqueteo.
Siento que estés incómodo, pero solo será un rato, te lo prometo.
¡Voces! ¡Nos siguen! No, por favor, no, no, no, no…
Estamos saliendo del pueblo. Acabamos de dejar atrás la casa de Manuel, el ciego que
trabajaba en el molino. El bosque está cerca, puedo ver los árboles. Llegaremos, falta poco.
Por Dios, qué frío tengo. Apenas siento los pies.
Los oigo. Están cerca. Me estoy quedando sin aliento. Siento el corazón en los oídos, para ti
debe ser atronador. Corren más que yo. Me canso. Empiezo a ver borroso, pequeño, me temo
que no vamos a poder. Oigo un pitido. Necesito parar. No puedo parar. No voy a permitir que te
lleven.
¡El bosque! ¡Ya estamos en el bosque, mi amor! Ocultémonos aquí, paremos un segundo. Por
suerte no hay nieve, no podrán ver mis huellas.
Aquí, aquí, junto a este chopo. Creo que es seguro. Vamos a parar un momento.
Me tiembla todo el cuerpo. Dios mío, cómo puede sonar tan fuerte mi respiración, van a
escucharme sin ninguna duda. Las piernas no me sostienen, pero no puedo sentarme, no hay
tiempo.
¿Puedes oírlos? Espero que no. Están muy cerca, entrando en el bosque. Me buscan.
–¡Callaos, malditos! Es imposible que haya llegado muy lejos con esa panza. Guardad silencio
y avanzad, no tardará en delatarse sola.
Ese debe ser quien los dirige. No conozco su voz. Nadie del pueblo trabajaría para él, por
supuesto. No sé de dónde saca a quienes le sirven.
Tenemos que movernos, pero no sé cómo hacerlo sin que me escuchen. Nunca en mi vida
había tenido tanto miedo, ni siquiera cuando… Nunca. Nunca. Siento un nudo en la garganta y
un vacío en el estómago. Noto cómo te revuelves, tú también tienes miedo. Lo sé. Lo siento,
siento que esto esté pasando.
Andaré despacio, con cuidado. No hay hojas que crujan ni nieve que me delate. Podemos
conseguirlo, podemos, podemos, podemos. Tenemos que poder. Tenemos que salir de aquí.
Nos estamos alejando y no los oigo, tal vez estarán buscando en otra parte. Confiemos en
que sí.
Está todo tan oscuro… No hay luna. Eso es bueno, les impide ver mi sombra, pero así es difícil
orientarme. Un paso. Otro. No puedo correr, me siguen temblando las piernas. ¿Desde cuándo
estoy llorando? Tengo el rostro empapado. No puedo sollozar, no, no, no. Ni un ruido, por favor.
Tenemos que seguir, tenemos que adentrarnos en el bosque…
–Así que estás aquí– Un susurro.
Una mano en mi hombro, a mi espalda. Líquido tibio cayendo entre mis piernas. Me acabo
de orinar de miedo. ¿Cómo han llegado por detrás? ¿Cómo es posible que no les haya oído?
–Buen intento, muchacha, pero no ha sido suficiente.
Se ha girado para colocarse frente a mí. Me ha puesto la mano en la garganta. Es un hombre
alto, no distingo bien su rostro. Estoy aterrada, mi vida.
–Ven al castillo sin oponer resistencia y no te haremos daño.
–¿Al castillo? –la voz me sale temblorosa.
¡Al castillo, nunca! ¡No permitiré que te lleven allí! Le pateo con fuerza entre las piernas y
lanzo mis manos hacia su cara, arañando donde creo que están sus ojos. Grita. ¡A correr!
Tenemos que correr, correr, correr, correr.
–¡COGEDLA!
No sé de dónde estoy sacando las fuerzas. Tal vez de ti. Nunca había corrido tan rápido. Ya
no estoy mareada, ni siento frío en los pies. Solo noto el corazón en la garganta y la humedad
de mis piernas.
Me rodean. Ahora sí los veo. No llevan luces, no entiendo cómo son capaces de saber dónde
estoy.
Chillo. Me han agarrado del pelo. Duele, duele, duele, duele. No paras de moverte, es como
si llorases dentro de mí. No voy a permitir que te toquen.
Me revuelvo, intento golpear, pero no me lo permiten. Me están agarrando del brazo, me lo
retuercen hacia atrás sin soltarme el pelo. Intento apartarme de ellos, correr, dañarles.
Crac.
–Aaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhh
Eso ha sido mi brazo. Se ha roto, sin duda. Cómo duele. No van a soltarme. Yo no puedo dejar
de luchar. No pueden llevarte. No, no, no. Estoy llorando otra vez. Tengo una niebla rojiza frente
a los ojos. Vuelve el pitido. Duele muchísimo, amor, pero no voy a rendirme.
–¡Quédate quieta de una vez, zorra de mierda!
Es la voz del hombre al que arañé. Es él quien me sujeta. Trato de patearle de nuevo.
–¡Quieta!
Una explosión de dolor en la cabeza. Se me nubla la vista. Me caigo. Me quedo colgando del
brazo roto. Demasiado dolor.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Sigues ahí? Sí, estás agitándote. Me clavas un pie o una mano
en las costillas.
¿Dónde estamos? Nos movemos. Estoy tumbada en una especie de camilla. Solo veo el cielo.
Hay tejados. Estamos volviendo al pueblo. Me han atrapado. Nos han atrapado. No, no, no, por
Dios, no. Nos están llevando al castillo.
Intento moverme. El brazo derecho me arde y siento como si me taladrasen la cabeza. Se me
escapa un gemido.
–¿Ya te has despertado, zorra?
Lleva un farol en la mano. Ahora sí puedo ver su rostro. Está surcado de arañazos. Me alegro.
Intento incorporarme, pero estoy atada de pies y menos. Me agito.
–Estate quieta si no quieres que vuelva a dejarte inconsciente.
Me detengo y se me escapan las lágrimas, mojándome las sienes. Cierro los ojos, implorando.
¿Tú puedes rezar, mi vida? Si puedes, hazlo. Pide a Dios que nos saque de aquí. Que haga salir a
los vecinos, a quien sea. Que abra el cielo con un rayo y fulmine ese castillo del Infierno.
Estamos subiendo la cuesta. No dejas de moverte, y no me extraña. Ojalá pudieses salir
corriendo de mí y escapar.
¿Quieres que te cuente una historia? Así, tal vez, puedas calmarte. No me gusta sentirte tan
agitado. O tan agitada… ¿Eres un niño o una niña? Me gustaría saberlo.
Te contaré la historia del castillo. Era de un bondadoso rey moro que se llamaba Hasán y que
vivió hace muchos, muchos años. En aquel tiempo, las puertas siempre estaban abiertas para el
pueblo y la gente iba al castillo a charlar, a comer en la mesa del rey y a leer en su biblioteca. En
aquella época, este pueblo era próspero y feliz. En el bosque vivían ardillas y ciervos, en lugar
de maleantes.
Pero cuando los cristianos llegaron, quemaron el castillo y mataron a toda la familia real. El
rey, antes de morir, maldijo a los salvajes que habían asesinado a los suyos y maldijo el castillo
para siempre.
Los cristianos se rieron de la maldición. Bautizaron a todos los supervivientes y se marcharon
en busca de otro trozo de tierra que conquistar.
Yo soy cristiana, mi vida, pero creo que ellos no lo eran. Esa falta de humanidad, esa violencia,
no tiene nada que ver con Cristo. Si me apuras, era más cristiano el rey moro sin saberlo.
Durante siglos, el castillo permaneció deshabitado y nada ocurrió. El pueblo fue cayendo en
el olvido, dejado de lado por los reyes cristianos de estas tierras, que solo se preocupan de sus
conquistas. Los bosques se llenaron de lobos, pero al menos los habitantes de la aldea estaban
tranquilos. Cada uno vivía su vida en paz.
Hace diez años, todo cambió. Un duque, primo de la reina, apareció en el pueblo y reclamó
el castillo como suyo. Empezaron los gritos nocturnos y las desapariciones. Todo…
Estamos llegando. ¿Estás más tranquilo, amor? Ya no te mueves. Me alegro. Además, te he
ahorrado la peor parte de esta historia.
No puedo dejar de llorar. No quiero entrar aquí. No quiero verle.
Han abierto la puerta.
–Te voy a desatar las piernas para que te pongas de pie. Si intentas huir, te rompo el otro
brazo.
No contesto. Desata las cuerdas de mis tobillos y me ayuda a incorporarme. Salto y echo a
correr. No pienso dejar que te metan en el castillo.
Un paso, dos, tres…

Abro los ojos.
–Te dije que no intentases escapar.
Otra vez su voz. Está a mi lado. No me mira.
¿Dónde estamos? En el castillo, claro. Ya no puedo hacer nada.
¿Cómo estás, mi vida? No te mueves. Espero que estés bien. Voy a sacarnos de aquí, te lo
juro.
Huele mucho a humo. En el suelo hay pintado un círculo con símbolos que no entiendo. Estoy
temblando otra vez… Las paredes tienen manchas oscuras. Oigo las mismas voces que
escuchaba en casa. Gritos y canciones que no distingo. Me dan escalofríos.
Me duele la cabeza. Estoy sentada en una silla. Me han vendado el brazo. Ya no estoy atada.
¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
Me acaricio el vientre, esperando que el roce llegue hasta ti…
–¡Por fin!
Es su voz. Dios mío, es su voz. Está aquí. Él. Tu… padre. Odio pensar así en él. No merece ser
padre de algo tan maravilloso como tú.
Tengo un nudo en la garganta. Estoy encerrada aquí, con él, contigo. Tengo que salir de aquí,
como sea, tengo que salir de aquí. Se me ha escapado un sollozo. Tenemos que salir de aquí.
–Fuera –ordena. El hombre que me ha atrapado se marcha.
Estoy a punto de pedirle que se quede. No puedo estar sola con él. No.
Escucho sus pasos. Se acerca. No puedo dejar de llorar. Tiemblo muchísimo. Me clavo las
uñas en las palmas de las manos. Te agitas de pronto.
Creo que he vuelto a orinarme encima, no puedo parar de rezar en voz baja. Dios mío, sácame
de aquí. Dios mío, protégenos.
–Qué alegría verte de nuevo, Alicia –su voz ronronea en mi oído.
Le veo. Veo ese rostro que una vez me pareció bello, que acaricié y besé como una idiota. El
mismo rostro que tuve frente a mí mientras me clavaba su pecado en las entrañas,
desgarrándome y sonriendo igual que sonríe ahora.
La rabia puede más que el terror y le escupo en la cara. Se limpia lentamente, sin dejar de
sonreír.
–Cómo me ha gustado siempre que seas tan luchadora.
Está ahí enfrente, mirándome. No puedo evitar el impulso de cubrirme el vientre con la
mano. No quiero que te vea.
–No seas tonta– su voz es casi una caricia–. ¿De verdad creías que podrías ocultarme que
estabas embarazada? ¿A mí? Lo supe enseguida y no sabes cuánto me alegré. En todos estos
años, eres la primera que logra que mi semilla dé fruto. Por fin.
La primera. Sé que violó a otras, claro. A otras que cayeron como yo. Ninguna regresaba
nunca del castillo. Pero yo me creí una princesa de cuento, pensé que lo lograría, que él no podía
ser tan malo.
–Te he dejado tranquila hasta ahora. Me alegro de que no intentases dejar el pueblo.
Yo estaba segura de que no lo sabía, mi amor. Estaba convencida. ¿Cómo iba a saberlo? Hui
de noche, no salí de casa. Nadie en el pueblo lo sabía… ¿Cómo pudo enterarse?
–Ahora que estás cerca de parir, sin embargo, es necesario que estés aquí. Si no, el ritual no
funcionará.
–¿Ritual?
¿Esa es mi voz? Apenas la reconozco.
–Claro. ¿Para qué crees que quiero un hijo? ¿Para cambiar pañales y llevarle a montar a
caballo? Mi Señor pidió un sacrificio, un alma pura, para poder reinar como deseo. Mi
primogénito. Es de cuento, ¿verdad?
¿De cuento? ¿Su primogénito? Te remueves dentro de mí.
–Vas a matar a mi hijo.
Sigue pareciendo la voz de una extraña. No va a matarte. No. Me niego.
–¿Matarle? No, claro que no. No es necesario. Él se quedará con el alma del niño, pero su
cuerpo seguirá aquí. Podrás dar a luz y amamantarle. Será nuestro hijo y le criaremos aquí, al
amparo de mi Señor.
Ni hablar. Nos vamos de aquí. He derribado la silla al levantarme. La puerta está cerrada.
Tienen que abrir, tienen que abrirme.
–¡Socorro! Por favor, por favor, por favor…
Me duele la mano, pero no puedo dejar de golpear. ¿Por qué nadie me abre? ¿Cómo pueden
hacerme esto? La ventana. ¡La ventana! Tengo que correr, tengo que correr. Golpeo la ventana.
–¡Guardias!
La puerta se abre. Ahora sí, porque él lo ha ordenado. Entran hombres armados. Da igual.
Tengo que golpear con más fuerza, romper el cristal. No, no, no…
–Déjalo, Alicia…
Se está acercando. No puedo más. No puedo dejar de llorar. Lo siento, pequeño, te he fallado.
Te quiero, te quiero, te quiero. ¿Cuándo me he sentado en el suelo?
–Vamos, Alicia, no lo pongas más difícil –Ahora su voz es un arrullo–. No voy a hacerte daño,
podrás tener a tu hijo… Simplemente, en vez de bautizarlo, o bautizarla, haremos un pequeño
ritual ahora mismo. No te dolerá, te lo prometo.
Un guardia me ha agarrado del brazo sano y me ha puesto en pie. Me lleva al centro de su
círculo.
Sabía que era perverso, sabía que este castillo estaba maldito. Pero, ¿invocaciones al Diablo?
Jamás lo pensé, jamás lo imaginé. Qué estúpida fui, cielo, qué estúpida y qué irresponsable.
Está hablando en un idioma que no entiendo. Los guardias rodean el círculo. El suelo empieza
a brillar. ¡No, no, no!
–Dios te salve, María, llena eres de gracia –grito todo lo fuerte que puedo–. El Señor es
contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres…
El brillo del suelo se apaga. ¡Bien! Él me está mirando, furioso, pero me da igual.
–¡Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús! ¡Santa María, madre de Dios…!
No voy a permitir que te tenga. No. No. Tú deberías poder elegir, ser libre. Escapemos, como
sea.
–Que se calle.
–¡Ruega por nosotros, pecadores…!
¿Qué está pasando? ¿Por qué no puedo seguir hablando? ¿Qué es esto? ¿Qué poderes tiene
ese hombre? ¡El círculo está brillando otra vez! No, no, no. ¡Santa María, protégenos, por favor!
Tenemos que salir de aquí. No puedo irme. Está todo cerrado. Pero si termina este ritual, te
tendrá. Y no puedo permitir que te tenga. No lo hará. No, no, no. Eres mío. No eres suyo. Nunca
lo serás.
–Qué callada te has quedado, Alicia. ¿Por fin has entendido que luchar es inútil?
Me está mirando. ¿Cómo es posible que me siga pareciendo hermoso, incluso ahora?
Supongo que ese es su poder, su malignidad.
–Ni siquiera tienes que sufrir. Te elegí por una razón. No solo para que llevases en tu vientre
a mi heredero, sino para que reinases conmigo. Podrías ser mi emperatriz.
No voy a contestar. No voy a decir nada. Bajo la cabeza y me abrazo el vientre con la mano
sana. Jamás estaría junto a él. Jamás, jamás, jamás de los jamases. Tengo que salvarte, como
sea, como sea, como sea. Salvarte de él y de sus planes oscuros.
Se acerca de nuevo a mí. Su olor es nauseabundo. Contengo una arcada y él sonríe. Me mira.
Sus ojos son tan hermosos… Verdes, intensos. Siento que pueden ver en mi corazón. Son unos
ojos en los que podría perderme. Me prometen amor, noches felices, una vida embriagadora…
Si tú no estuvieses conmigo, pequeño, sé que esos ojos volverían a engañarme. Pero tú estás
aquí. Y tengo que salvarte.
–Cuando hayas parido –me susurra, rozándome el rostro–, volveré a hacerte pedir más.
Se ha girado. Se aleja. Vuelve a comenzar su letanía. El círculo brilla con una luz extraña.
Siento frío. Te mueves dentro de mí como no te habías movido nunca. ¿Qué te están haciendo?
No puedo permitirlo. No puedo. Solo nos queda una salida. Espero que puedas perdonarme.
Hay un guardia justo detrás de mí. Me vuelvo despacio. Me mira y alza la espada. Perfecto.
Me lanzo hacia delante.
–¡NO!
Viene corriendo. Es tarde. El dolor me atraviesa. Empujo al guardia con mis últimas fuerzas y
la espada sale con un chorro de sangre. Te siento moverte, más calmado. Espero que no sufras,
cariño, espero de verdad que no sufras.
Estoy en el suelo. El círculo ha dejado de brillar. Él viene hasta mí. Me grita. No me importa.
Me siento débil. Tanto dolor… Tú sigues moviéndote, despacio. Intento abrazarte, acunarte.
Grita. Me desgarra el vestido. Creo que quiere sacarte. No va a conseguirlo. Estás muriendo,
lo sé. Yo también estoy muriendo.

Cierro los ojos. Hijo mío, hija mía, no llegué a saber quién eras ni a verte la carita. Perdóname.
No puedo. No puedo dejar que te lleve, que te ofrezca en sacrificio, que te haga como él, o algo
peor. Espero que puedas perdonarme, espero que puedas nacer de nuevo de otra madre que
pueda cuidarte en una vida más feliz. Espero que vayas al cielo. Espero que…
Tengo frío, amor. Quédate con el calor que me quede, úsalo para llegar al cielo. Sé libre, libre
de tus padres.
Adiós, corazón.

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