LA CARROZA ROTA

Cuentan que en un tiempo muy lejano, una carroza quedó atascada junto al lago de Mirabilia. Los caballos tiraron y tiraron pero la carroza no se movió. Incluso cambiaron a los caballos por otros más fuertes y grandes, pero tampoco pudieron. Pasaron los días y las noches, el invierno y la primavera, y la carroza siguió sin moverse. Los vecinos de Mirabilia, ante tal situación, cogieron por costumbre pasar las tardes junto a la pobre carroza, inventando rumores sobre por qué no se movía o riéndose de lo destartalada que estaba. Pero un día, un lunes según cuentan, un pequeñín del pueblo llamado Eric se acercó al viejo y desgastado carro. Apoyó su mano en una de sus ruedas y susurró:  
- No hace falta que te muevas si no quieres.  
Los vecinos del pueblo se sintieron embargados por la ternura, sonriendo por la ocurrencia del niño. De pronto, la carroza crujió. La gente enmudeció sin saber si aquel sonido lo habían soñado o lo habían escuchado de verdad. Puede que por despejar las dudas, la carroza decidiese crujir otra vez. La sorpresa hizo que los ojitos de Eric pareciesen dos grandes platos pero siguió con la mano apoyada sobre la carroza. 
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué asustas a los demás niños?―preguntó Eric - No quería asustarlos pero se ríen de mí―dijo una voz triste y profunda que parecía venir de la carroza. - ¡No sabía que hablabas!―gritó Eric entre carcajadas y saltitos. - Claro que hablo. El problema es que, hasta ahora, nadie me había hablado a mí. 
Los habitantes de MIrabilia miraban la escena con asombro. No porque la carrozan hablase, sino porque sólo escuchaban a Eric. A sus ojos, el niñito estaba hablando solo. El pánico cundió en todo el pueblo. Los adultos creían que la carroza estaba maldita y que hacía que los niños hablasen solos. El alcalde de Mirabilia prohibió a todos los niños del pueblo acercarse a la vieja carroza. Todo aquel que se acercara, sería castigado. Así pues, solo los mayores podían pasar las tardes de verano observándola y cuchicheando a su alrededor. Poco a poco, la carroza fue rompiéndose: sus ruedecitas comenzaron a desquebrajarse, la madera de sus puertas empezó a romperse y su color marrón se oscureció. Pasaron los días, puede que incluso semanas, no lo podría asegurar, y la carroza seguía sola y triste. Eric la miraba a lo lejos, desde la ventana de su pequeña habitación, conformándose con dibujarla mientras veía como los adultos se reían de ella. En sus dibujos, la carroza era grande, llena de colores y hermosa. Pero, una mañana al salir del colegio y, cansado de pintarla, decidió ignorar las advertencias del cruel alcalde y decidió hacerle una visita. 
Después de comer, el pequeño y curioso Eric cogió sus dibujos y se dirigió hacia el lago. Eran los últimos días de verano, el campo era verde y el agua brillaba como si miles de bombillas nadasen en ella. Cuando estuvo cerca de la carroza, una gran pena le embargó: a la carroza le faltaba una de sus puertecitas y una de sus pequeñas ruedas. Eric sacó uno de sus dibujos, que ya no se parecían en nada a la destartalada carroza. El niño se acercó y, entre lágrimas, la abrazó. 
- Lo siento, carrocita, lo siento mucho. Yo solo quería verte feliz y jugar contigo. 
Una lágrima le recorrió la mejilla, resbaló por su cuello y, brillando como una de las bombillitas del lago, calló entre las grietas de la carroza. Entonces, se escuchó un crujido como el primer día que la carroza había hablado. De repente, la puertecita rota donde había caído su lágrima comenzó a moverse y se arregló. De nuevo, la puertecita estaba entera y en perfecto estado. 
Eric se separó de ella, dando dos pasos hacia atrás con una sonrisa entre sus labios. El pomo de la puertecita, oxidado por el tiempo, se volvió dorado como el sol. El curioso Eric siguió mirando como la puerta se volvía hermosa. Se acercó a su mochila y volvió a mirar sus dibujos: la puertecita era ahora igual que la que él había pintado. Eric comenzó a saltar de alegría alrededor de la carroza. En uno de sus saltos, cuando volvía a estar frente a la bella puertecita, un nuevo crujido hizo que se parara. Pero, esta vez, no era un ruido como los anteriores: era como una bonita melodía, como una canción de flauta. La puertecita se había abierto.  
Eric la miró asombrado al principio. Poco a poco, se acercó a la puerta y apoyó su pequeña mano en el pomo dorado. Cariñosamente, abrió la pequeña puerta y una gran luz, procedente del interior de la carroza, iluminó su carita. Por dentro la carroza era tan blanca como las nubes de azúcar. Tenía dos sillas, de color rojo, y una mesa diminuta más verde que la hierba en primavera. En las sillas había dos cojines, color turquesa, y olía a bizcocho. Eric entró y se sentó en una de esas pequeñas sillas.  
-  ¡Qué bonita eres! ¡Y qué blandita! - ¿Quieres jugar a las adivinanzas?―cambió de tema la carroza, con una voz armoniosa. - ¡Claro! ¡Me encantan las adivinanzas! ¡La llevas, empiezas tú! - Vale… ¿Cuál es la palabra más grande del mundo? - Mmm… qué difícil. Déjame pensar… La palabra más grande que he escuchado es… ¡almuerzo!  - No está mal―dijo la carroza riendo―pero la palabra más grande es arroz. - ¡Cómo va a ser arroz!―Eric se rió a carcajadas y aplaudió con sus pequeñas manos ante la ocurrencia de la carroza―Esa es muy corta. - No, verás―explicó la ahora majestuosa carroza―Arroz es la palabra más grande porque empieza en a y acaba en z.  - ¡Ala! No se vale―sonrió el niño―aunque… ¡es verdad! Bueno, almuerzo también lleva a y z. Además, las galletas del almuerzo están más buenas que el arroz que me da mi mamá cuando estoy malito. - Eso es verdad―aceptó la carroza. - Oye, carrocita… ¿ya no estás malita? Ahora que estás bien, ¿te vas a ir? Yo no quiero que te vayas, eres muy divertida, quiero jugar contigo―preguntó Eric con tristeza.  - No me voy a ir, tengo que jugar con mi amigo Eric. 
El pequeño niño saltó de la emoción al oír la respuesta de la carroza. Con una sonrisa de oreja a oreja, corrió hacia el campo, bordeó el iluminado lago, bajó la pequeña ladera y recorrió las calles de Mirabilia hasta llegar al patio donde el resto de niños jugaban. 
- ¡La carroza! ¡La carroza es bonita! ¡La carroza sabe adivinanzas! ¡Venid! 
Los niños lo miraron en silencio pero acabaron corriendo tras Eric por curiosidad. Al llegar a la carroza, se quedaron con la boca abierta: además de la puertecita, las pequeñas ruedas también volvían a estar en su sitio y su color marrón, como la tierra tras la lluvia, era brillante y bonito. Cuando los vecinos del pueblo salieron de sus trabajos fueron, como cada tarde, hacia el lago. Según me han contado, los niños jamás olvidarán las caras de sus padres, sus tíos y sus abuelos: los adultos tenían ante sus ojos a una resplandeciente carroza, de donde sacaban los más pequeños pelotas, tebeos y libros de dibujos. Las carcajadas de los niños resonaban por todo el campo y sus caras brillaban más que las bombillitas del lago. Algunos adultos aseguran que incluso la carroza reía, aunque no lo pueden asegurar. La verdad, es que sí reía. 
Tras esa tarde, la carroza decidió quedarse y los vecinos decidieron que se podía quedar. Eso sí, solo había una norma: los adultos no podían acercarse a ella porque para ellos estaba maldita. De esta manera, los niños jugaron tarde tras tarde junto al lago y la majestuosa carroza. 
- ¿Sabes qué, carrocita?―le dijo una de esas tardes Eric―Para mí siempre fuiste bonita. 
Algunos de los que han estado allí, aseguran que la carroza sigue en Mirabilia. Que todavía las risas se escuchan junto al lago. Que los vecinos que cuchicheaban, miran con envidia a los niños jugar. Y que Eric y la carroza fueron mejores amigos para siempre.  

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
terminos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios