ZAPATILLAS SIN DUEÑO

by SILVIA MEDINA ALVAREZ

El 18 de mayo de 1994, tuvo lugar un hecho que jamás olvidaré. Esto fue lo que me dijo quien me contó esta historia. A las ocho de la mañana, Carlo Montero se despertó en su casa, en la Calle Fantone. Como cada día, se desperezó en la cama antes de poner su pie derecho en la pantufla de lana correspondiente. Siguió el mismo procedimiento con el pie izquierdo y se deslizó hasta la cocina. Tras desayunar, cambió sus cómodas zapatillas de casa por unas deportivas de cordones, ligeras, rojas y hechas a medida, y salió a correr. Carlo tenía por costumbre acabar su caminata en el bar que se encontraba bajo su casa y, como la rutina era primordial en su vida, así sucedió también ese día.
- ¿Lo de siempre? - Así es. Y tráeme la cuenta.
Carlo solía mirar a los transeúntes por la ventana del bar mientras esperaba su pedido. En una de estas ojeadas al exterior, vio algo que lo dejó petrificado porque no podía creer lo que estaba viendo. Sus zapatillas, tan ligeras y tan rojas, caminaban solas por la calle. Carlo parpadeó varias veces, no podía creer lo que veía. Entonces, bajó la mirada hasta el suelo y se asomó por debajo de la mesa para mirarse los pies. Sus zapatillas seguían ahí. No era posible, nadie tenía unas iguales en todo el pueblo. Sin esperar a ser servido y llevado por los nervios, salió a la calle. Sus zapatillas estaban conversando alegremente con la señora Crim, la panadera del barrio. Carlo se acercó a ella cuando sus zapatillas salieron caminando, calle arriba. No salía de su asombro.
- Señora Crim, ¿qué hacía hablando con mis zapatillas? - ¡Qué cosas tiene, señor Montero! ¡Ni qué no pudiera hablar yo con quien quisiera!―. La panadera se giró airadamente y volvió a su panadería.
Carlo no entendía nada. Siguió el camino que sus zapatillas habían tomado con el fin de resolver el asunto con que había comenzado la mañana. Cada paso que daba le dolía como si le estuviesen clavando alfileres en las plantas de los pies. En cambio, sus zapatillas, las que llevaba puestas y no las fugitivas, parecían mantenerse en su estado habitual. A duras penas, llegó a la Plaza Mayor, donde encontró a sus zapatillas haciendo la primitiva. Con uno de sus cordones, el de la zapatilla derecha, pues era diestra como él, aquel calzado escribía la combinación de números para la apuesta. Seguidamente, con otro cordón sacó dos monedas del interior de la zapatilla izquierda y pagaron. Tras esto, ambas continuaron calle abajo. Carlo no salía de su asombro y, para ser sinceros, comenzaba a enfadarse con aquellos dichosos zapatos. Tan rojo como aquel díscolo calzado, entró en la administración de lotería.
- Señor Pascal, ¿acaba de tramitarle un cupón a esas zapatillas? - Así es―contestó el lotero sin levantar la vista del periódico. - ¡Pero si son unas zapatillas! - Es usted un racista, señor Montero. - Un… ¿un qué? ¿desde cuándo unas zapatillas pueden hablar o jugar a la lotería? - Lo tiempos cambian, señor. No aceptaré esa actitud en mi local. Váyase.
Carlo salió de la administración, mareado por la confusión. ¿Acaso solo a él le parecía rara esta situación? Si por algo se había distinguido a lo largo de su vida era por ser una persona cabal. ¿Estaría perdiendo la cabeza? De eso nada. Carlo continuó calle abajo, de nuevo siguiendo el rumbo de esas malditas zapatillas. La Calle Castela descendía hasta el ayuntamiento, donde el
confundido Carlo vio entrar a las deportivas tras, de nuevo, sacar una moneda del interior de la zapatilla izquierda y entregársela al mendigo de la puerta. Los pies comenzaban a dolerle terriblemente, como si alguien le estuviera martilleando los dedos.
Cuando Carlo llegó al hall del edificio las zapatillas no estaban. Dispuesto a seguir con sus pesquisas, se acercó a la recepcionista.
- Señora, acaban de entrar unas zapatillas, solas. ¿Sabe hacia dónde se han dirigido? - Por aquí pasa mucha gente a lo largo de un día, señor. No sabría decirle. - Señora, insisto… Son unas zapatillas. Solas. - ¿Y? Insisto en que, por aquí, pasa mucha gente a lo largo del día y… - Sí, sí. Ya me lo ha dicho. Pero se trata de un caso especial. Son unas zapatillas, sin nadie que las lleve. Van solas, caminan solas, echan la lotería solas también… - Cada cual es libre de estar con quién quiera, señor. O de no estar con nadie, si así lo desea. Le repito, no me he fijado―dijo la recepcionista, y volvió a escribir en su ordenador sin mirarle.
Según me contaron, Carlo entró en cólera tras la tercera persona que pareció tomarse con normalidad el hecho de que unas zapatillas se comportasen como un vecino más. Gritos y más gritos, algún que otro puñetazo sobre el mostrador y otras cuantas lágrimas de desesperación se escaparon de Carlo antes de que la policía viniera a detenerlo. El pueblo al completo se enteró de lo sucedido y bajó hasta la puerta del ayuntamiento para ver cómo se llevaban a aquel loco. Entre empujones, lo agentes introdujeron a Carlo en el coche policial. Con la frente apoyada en el cristal del automóvil y las manos esposadas a su espalda, observó cómo todos sus vecinos cuchicheaban sobre el espectáculo que acaba de montar. Incluso llegó a escuchar de boca de la señora Morgan, su vecina desde hacía varios años, que jamás hubiese esperado algo así de él, que era buen vecino y que siempre saludaba. Cuando ya no podía sentirse más avergonzado, divisó a lo lejos a las zapatillas: plantadas en la puerta del ayuntamiento, parecían ser consoladas por el señor Pascal, que había abandonado momentáneamente su administración para enterarse de los hechos.
Carlo fue encerrado en el calabozo de la comisaría del pueblo. En silencio, se sentó en uno de los banquitos dispuestos a cada lado de la celda. Creyendo estar solo, comenzó a maldecirse por haber perdido los papeles y a murmurar, entre dientes, mil insultos hacia los habitantes del pueblo.
- Han perdido la cabeza. Todos. ¿O la he perdido yo? ¿Me habré vuelto loco?―se preguntó cuando, de repente, el dolor de sus pies se volvió más intenso, casi insoportable―¡Maldita sea! ¡Zapatillas del demonio! ¡Unas creen tener vida y otras me la están quitando! - Intentan hablar contigo―dijo una voz que provenía del fondo de la celda.
Carlo intentó divisar a la persona que había hablado pero esa parte del habitáculo estaba demasiado oscura. Además, no recordaba que hubiera nadie cuando lo encerraron ahí. Dubitativamente, se levantó para ver de quién se trataba. Al acercarse, tropezó con algo en el suelo.
- ¡Ey, tranquilo amigo!―dijo la voz que había hablado antes, esta vez desde abajo.
Con los ojos como platos, Carlo miró hacia el suelo. Ante sus pies se encontraban unas botas, marrones y desgastadas, llenas de barro. No podía creerlo. No podía ser.
- Per… ¿Perdona? - Que andes con más cuidado. Y se dice perdón, no perdona. - Unas… unas botas… unas botas que hablan. Definitivamente, estoy loco. Dios mío, he perdido la cabeza. El problema ha estado en mí todo el rato. ¡Ayudadme! ¡Necesito un médico! ¡Estoy loco! - ¡Cállate, pirao’! Deja de gritar si no quieres que nos den una tunda. - Vale, estoy loco―dijo Carlo, esta vez susurrando―pues me comportaré como un loco. ¿Qué tal estás, botas? ¿o estáis? Sois dos, pero formáis un solo par. - ¿A caso te llamo yo a ti persona? Déjame presentarme, me llamo Roberto. - ¿Roberto?―Carlo rió a carcajadas―Estaré loco pero, al menos, soy uno divertido. Roberto, Roberto…. Yo soy Carlo, encantado. ¿Por qué estás aquí, Roberto? ¿No pagaste la lotería? Eso os gusta a los zapatos, ¿no? - Este tío está chalao… Yo no apuesto. Estoy aquí por robar en el mercado, pero ha sido un malentendido. - Seguro que sí, Roberto…
Carlo y las botas (o Roberto, si vamos a ser políticamente correctos) hablaron largo y tendido. Resulta que Roberto era un delincuente común, no lo tuvo fácil desde la infancia. Pero tenía buen fondo. La conversación se alargó hasta altas horas, o eso me han contado, hasta que Carlo recordó sus primeros momentos en la celda.
- Oye, Roberto, ¿qué me has dicho al principio? Cuando estaba ahí, hablando solo. - Ah, tus zapatillas. A las cuales no me has presentado, por cierto. Quieren hablarte y tú tienes tus asquerosos pies dentro. Así no pueden. Por eso te duelen, que hay que explicártelo todo…
Acostumbrado a lo que él ya había denominado como “su locura”, miró hacia sus zapatillas. Desató primero un cordón, luego el otro. Se quitó la zapatilla derecha y, posteriormente, la izquierda. Las juntó y las colocó frente a él, esperando a que emitiesen algún sonido.
- Cof cof… ¡Ya era hora! - ¡Claro que sí, otras! ¿Mari Carmen? ¿juegas a la lotería? - ¿Qué? Guarda silencio. Para una vez que quiero hablarte, acabamos en un calabozo. - Bueno, te lo explicaré luego. ¿Qué quieres? ¿Por qué has estado destrozándome los pies durante todo el día? - Quería avisarte: mi hermana venía esta mañana de visita. Sí, a la que has estado siguiendo durante toda el día.
Carlo por fin entendía todo. Tras una larga conversación, acabó sintiéndose muy avergonzado por su comportamiento y, por supuesto, se disculpó con sus zapatillas. A las pocas horas, dejaron que se marchara a casa ya que ni el ayuntamiento ni la hermana de sus zapatillas habían presentado cargos. Una vez en casa, se disculpó también con la hermana y cenaron cordialmente. Cuentan que se les vio pasear amigablemente por el pueblo durante los días que duró la visita.
Por su parte, cuando Carlo comenta estos hechos siempre alega que la vida, a veces, es absurda y que hay que centrarse menos en la rutina y disfrutar más. Sucesos como este, han acontecido en distintas partes del mundo. Según me han contado, unos tacones hicieron cundir el pánico en el este de Europa y unas chanclas salvaron a un niño de morir ahogado en el norte de Hawái. Estas cosas ocurren, pocas veces, pero ocurren.

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