Columna literaria "Esencia Humana" I

by Elik G. Troconis

 

 

 

 

­­La extremaunción de Don Juan

A un lado del lecho, el Padre Nicolás comenzó a recitar las debidas oraciones. Don Juan respiraba cada vez con mayor dificultad. La futura viuda, del otro lado de la cama con óleos perfumada, lloraba la pérdida inminente. Afuera de la habitación, el pueblo entero esperaba las noticias funestas; estaban todos emparentados por ser ahijados de Don Juan, ya fuera de bautismo, primera comunión, confirmación o incluso boda.

De pronto, el moribundo arrojó un suspiro en un intento por hablar. Su mujer le tomó la mano, pero antes de que se inclinara hacia él, Don Juan la detuvo con la poca fuerza que le restaba en el brazo. En cambio, miró al sacerdote, quien llevó su oreja al lado de los labios de Don Juan. Los ojos de la esposa se secaron y crecieron como dos lunas llenas mientras sus dedos despreciaron la mano de su marido.

Don Juan sólo le expresó tres palabras al Padre Nicolás:

    —No soy cristiano.

El párroco se irguió lentamente. Tomó una de las manos del hombre y la abrazó con las suyas apenas un segundo antes de que la mujer se convirtiera en viuda de manera oficial, exactamente con el repicar de las campanas de medio día. Ella miró al sacerdote.

    —¿Qué le dijo?

Él se puso de pie, marcó la señal de la Santa Cruz y abandonó el lugar. La viuda arrancó detrás de él mientras la muchedumbre entraba cual cascada a llorar a su padrino.

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