Columna literaria "Esencia Humana" V

by Elik G. Troconis

 

 

 

El infinito

—¿Usted qué quiere? —dijo con una voz tajante y dura, que había ensayado expresamente, a solas ante el espejo de su habitación, una semana antes de obtener la graduación de coronel.

    —Vengo a… —intentó decir el soldado, cuya resistencia a la agresividad del coronel sólo lo había molestado más.

    —¿No va acaso a saludar, soldado?

    —Señor, creo que…

    El coronel Mijail Esvetóvich golpeó el escritorio con la palma extendida y se puso de pie en una décima de segundo.

    —No está usted para creer. Su trabajo es otro.

    El soldado sólo parpadeó, una milésima de segundo más lento de lo normal, y después llevó la mano hasta la frente, guardando la posición de firmes.

    —Señor —saludó con tono marcial.

    El coronel Esvetóvich sonrió sin disimular su goce ni la crueldad en él.

    —¿Ya lo ve, soldado? Las cosas funcionan mejor cuando uno las hace bien.

    —Señor, es que…

    —Vuelva usted a interrumpirme y verá que no come en una semana. ¿Sí sabe quién soy yo? ¿Sabe lo que puedo hacer con su ridícula carrera?

    El soldado contuvo su lengua, apretando las muelas unas contra otras.

    —Si hubiera usted esperado afuera hasta que yo lo hiciera pasar, si hubiera saludado tan pronto como entró a mi despacho y si no me interrumpiera mientras hablo…

    —Pero es que…

    —¡Queda ordenada su cesión esta semana, soldado! Más le vale resistir sus impulsos de niño o perderá su cargo. —El coronel Esvetóvich comenzó a dar vueltas alrededor del cuarto.— Decía yo que si hubiera usted esperado afuera hasta que lo hiciera pasar, si hubiera saludado tan pronto como entró a mi despacho y si no me interrumpiera mientras hablo, quizá podría tenerlo en mente para el día que necesite alguien a quien encomendarle una tarea importante y, quién sabe, quizá también para el día de los ascensos. Pero ahora sólo me acordaré de usted para hundirlo.

    El soldado permaneció inmóvil, sin despegar la mirada del frente.

    —Ahora —retomó el coronel, de pie junto al soldado, pasando una caricia por su mejilla, como si tratara con un niño—, ¿qué tenía usted que decirme?

    —Han llegado noticias de su familia: su madre ha muerto.

    Mijail retrajo su mano y miró con otros ojos al soldado.

    —¿Qué? —preguntó con una voz que no parecía la suya, desviando la vista hacia el suelo.

    ¿Su madre? Pero si esa mañana la había dejado bien en el hospital. El médico había dicho que lo más difícil ya estaba superado.

    —¿Cómo… ¿Qué… ¿Quién trajo esas noticias? —murmuró.

    —Un mensajero del hospital, señor.

     Mijail giró a su alrededor, mirando los objetos del cuarto con tal fijeza que parecía encontrar en cada uno de ellos el infinito, el infinito dolor cuyo golpe esperado durante el último mes. ¿Qué podría haberle ocurrido? Cuando encontró sobre su escritorio el pisapapeles que su madre le había regalado al ser nombrado coronel, una lágrima se asomó por sus ojos. ¿A qué funesta hora habría sido? En el momento en que la gota golpeó la superficie de madera, él pareció despertar de un sueño. ¿Habría muerto con alguien a su lado? Entonces, con movimientos temblorosos, tomó su capote del asiento y se lo colocó como pudo sobre los hombros.

    —¿Qué más le dijeron?

    —Sólo eso, señor.

    Mijail caminó hacia la salida. ¿Hospital o velatorio? Al llegar al marco de la puerta, giró el tronco y revisó el escritorio con los ojos, cersiorándose de no olvidar nada. Hospital; debía seguir ahí. Encaró la salida de nuevo, pero antes de cruzar el umbral, giró por última vez.

    —Gracias —dijo, agachando ligera e involuntariamente la cabeza.

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