Columna Literaria "Esencia Humana" VI

by Elik G. Troconis

 

 

 

De mar a mar, entre los dos la guerra

 

—¿Qué hace falta para que te decidas? —Ella permaneció en silencio.— Tienes que hacerlo. No podemos estar juntos así.

    —Pero es mi esposo, David. No puedo.

    —Es el o yo. Y por como están las cosas, si no lo haces tú, lo hará él. Después de como se puso ayer, no estás segura.

    —Pero no puedo hacerlo yo. Tal vez…

    —No, ya te lo dije: tú puedes hacer que parezca un accidente, pero si yo muevo un dedo, será obvio.

    —Pero si él muere y cualquier cosa sale mal… David, yo me quedaría sin nada. No tengo un centavo.

    —Calla. Lo mío será tuyo. No tienes que preocuparte por nada.

    —Entonces… 

    —Entonces tienes que hacerlo. Hoy. No podemos esperar más. Después vendrá el funeral, llorarás y ya entonces podremos hacer lo que queramos. ¿Te imaginas eso? Una vida que no hemos tenido por estar escondiéndonos. Ahora podremos largarnos y amarnos fuera de esta Sevilla que tanto nos ha hecho sufrir.

    Él la miró directamente a los ojos, intentando transmitirle todas las fantasías en las que su idilio podía convertirse con una sola acción suya. Le acarició la mejilla y le susurró: “Mi niña.”

    Finalmente ella sonrió.

    —Está bien, amor —dijo asintiendo, con la mirada perdida.

    Se apoyó en su pecho y lo abrazó con fuerza, absorbiendo toda la determinación que necesitaba. Después él la apartó delicadamente y le extendió un gotero que lucía como cualquier medicina comprada en la farmacia.

    —Con cinco gotas basta —y le guiñó el ojo.

Hacia la medianoche, leía tranquilamente una novela cualquiera. Cuando la pantalla de su celular se iluminó sobre la mesa, asomó la mirada y, tras comprobar que era el mensaje que esperaba, puso el separador en medio del libro y lo dejó sobre la mesa. “Ya no respira”, decía. Le respondió de inmediato: “¿Estás segura?” Ella contestó que sí. Sonrió. Metió el libro en su maleta. Hizo el checkout con total naturalidad. Su vuelo, dijo, salía en la madrugada. Arrancó el coche y fijó rumbo a su natal Bilbao. Lo esperaba un largo, pero pacífico viaje.

    Recién entraba al País Vasco, a eso de las ocho de la mañana, cuando sonó el celular. Una, dos, tres veces. Ricardo bajó la ventanilla y arrojó el aparato a la carretera.

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