Columna Literaria "Esencia Humana" VIII

by Elik G. Troconis

 

 

 

 

Tamaño realidad

 

a mi papá, Germán Troconis, maestro de la fotografía

 

—¿En qué tamaño su impresión, señor?

   —Tamaño realidad, por favor —repuso mientras colocaba su cámara réflex sobre el mostrador.

   —¿Perdón? —preguntó el empleado.

   —Tamaño realidad.

   —Sólo tenemos cuatro por seis, cinco por siete, seis por ocho, ocho por doce, diez por doce…

   —Pero seguro que también tienen tamaño realidad, mi amigo.

   —Eh… No, señor; lo siento —contestó un tanto titubeante el dependiente—; sólo tenemos cuatro por seis, cinco por siete, seis por ocho, ocho por doce, diez por doce…

   —¿Pues qué clase de estudio es éste?

   —Perdóneme, pero… ¿exactamente qué es lo que quiere?

   —Que mi fotografía salga al tamaño de lo que es.

   —Eso es imposible, señor —contestó intentando contener una carcajada—. No hay forma de imprimir una fotografía al tamaño de lo que hay en la imagen.

   —Nada de que es imposible, muchacho. Si tú no sabes hacerlo, llámale a tu gerente.

   —Señor, es que…

   —¡Llámale a tu gerente!

   El empleado se deslizó a la trastienda e informó sobre la situación directamente al dueño del negocio, pues, además de ellos dos, nadie se encargaba del lugar.

   —Pero éste debe estar chiflado —repuso sorprendido, a lo que el empleado sólo contestó encogiéndose de hombros.

   El hombre, de cabellos grises, salió con una sonrisa fingida al encuentro del cliente, quien portaba un chaleco con decenas de bolsillos abultados como si regresara de un safari.

   —Buenas tardes. Dígame en qué puedo ayudarle.

   —En imprimir mi foto. Acabo de tomarla hace unos minutos y me gustó tanto que quiero imprimirla ya mismo —explicó el hombre mientras sostenía entre el pulgar y el índice la tarjeta de memoria de su cámara.

   —Con todo gusto, señor. ¿En qué tamaño? Tenemos cuatro por seis, cinco por siete, seis por ocho, ocho por doce, diez por doce…

   —Hombre, ya le dije al muchacho que no quiero ninguno de ésos. Quiero que la impriman en tamaño realidad.

   El dueño apretó los dientes mientras giraba la vista hacia el empleado y éste, de nuevo, se encogió de hombros.

   —Permítame su memoria. —El dueño tomó la tarjeta y la introdujo en la computadora que tenía frente a sí.— ¿Cuál es? —preguntó tan pronto como los archivos se desplegaron en la pantalla.

   —La última.

   El dueño abrió el archivo. Era la catedral de la ciudad, que se encontraba a tan sólo unos pasos de donde ellos estaban.

   Habló con cierta lentitud:

   —Quiere usted imprimirla en tamaño realidad…

   —Así es —repuso el cliente cruzando los brazos.

   —Es decir que quiere que lo imprima del mismo tamaño que tenía la catedral desde donde usted se encontraba cuando tomó la foto.

   —¡Exactamente! —Y, volteando a un lado, agregó:— ¿Ves que no era tan difícil de entender, muchacho?

   Aquél no supo qué contestar.

   —Con todo gusto, señor —aceptó el dueño alegre, causando la satisfacción del cliente y la sorpresa del empleado—. Es una imagen preciosa, si me permite decirlo. Claro que merece la pena imprimirla a tamaño realidad.

   —¿Verdad que sí, mi amigo? No podría soportar la idea de haber visto algo tan increíble y no poder tenerlo.

   —Ciertamente. Es una de esas cosas que uno quiere conservar por siempre. Y para eso es la fotografía, ¿no? Para poseer eternamente todas esas imágenes que nos resistimos a olvidar algún día.

   —¡No lo pude yo haber dicho mejor, mi amigo! De alguna manera debemos hacernos de lo que nos fascina. Los tristes sentidos y la traicionera memoria algún día no nos rendirán cuentas. Debemos estar preparados.

   —En efecto —repuso el dueño mientras abría las bandejas de la impresora que tenía detrás de él—. ¿Has visto los pliegos? —preguntó al muchacho.

   —¿Los qué? —repuso aquél mientras fruncía el ceño, incapaz de seguir el hilo.

   Tras dar una vuelta por todo el estudio removiendo objetos, el dueño miró al cliente, negando con la cabeza en señal de frustración.

   —Querido señor, me temo que se nos ha acabado el papel realidad.

   —No me diga eso...

   —Sí, no sabe cómo lo siento. Ayer uno de nuestros mejores clientes imprimió aquí las fotografías del Coliseo romano que tomó durante su viaje a Italia y nos hemos quedado sin pliegos.

   —Es una pena, mi amigo.

   —Vaya que sí. Discúlpeme —dijo mientras le devolvía la tarjeta de memoria.

   —No se preocupe. Gracias de todas maneras. Ya encontraré otro lugar —pensó en voz alta mientras guardaba la tarjeta en uno de los bolsillos de su chaleco.

   —Sí, sí. Ya encontrará otro lugar. Buen día.

   El hombre palpó cada uno de sus bolsillos para cerciorarse de que no olvidaba nada. Acto seguido, salió de la tienda y giró a ambos lados en busca del próximo estudio fotográfico que visitar.

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
terminos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios