Columna Literaria "Esencia Humana" X

by Elik G. troconis

 

 

 

 

El club de los hispanohablantes pulcros

a Madrid

 

En cierta isla del Atlántico,

hay cierto club de fanáticos,

que el más encomiable propósito se reúne a lograr:

su español al oral perfeccionar.

Intégranlo españoles, cubanos, paraguayos y chilenos por igual;

año tras año, súmanse más centro y sudamericanos

que desean a toda costa la lengua de Cervantes dominar.

Dirígelo —¿quién más?—

un ilustre descendiente de un hidalgo señorial,

nacido en algún lugar de la Mancha,

cuyo nombre no es importante recordar.

 

En una misma aula,

caballeros se encuentran con distinguidas damas

para realizar los más grandes esfuerzos y hazañas.

Los mexicanos luchan por la c como tal pronunciar

y no como la s que para todo suelen utilizar;

intentan decir no coser sino cocer propiamente,

que vaya que son cosas diferentes.

Los españoles, de acuerdo con la tierra materna,

a distintas dificultades se enfrentan.

Los de Andalucía buscan desesperadamente a la t dar

la suavidad que se le ha de otorgar,

pues parecería que de nombres rusos cada consonante vocalizaran,

como si Tchaikovsky completo pronunciaran.

Los madrileños, de tan digna ascendencia,

tratan de hacer sonar todas las letras,

para decir nada en lugar de naa, muy en lugar de muu

y dejar con eso de mugir cual vacas.

 

Los venezolanos, en su libreta,

hacen planas de s la tarde entera,

creyendo que con eso dejarán de confundirla por j:

no es pejcado, sino pescado.

Mientras tanto, los argentinos, poco convencidos,

los verbos correctamente intentan conjugar

y las palabras acentuar;

además, la y pretenden como tal pronunciar:

decir su palabra favorita como yo en lugar de sho.

 

La clase de lingüística los viernes,

donde esfuerzos sobrehumanos

hacen los mejores estudiantes para su tono neutralizar

y una cadencia común ser capaces de lograr.

Que nadie diga que alguno es norteño o que habla cantadito:

que en el mundo entero se oiga un raso silbidito.

 

Así, unos y otros, en constante esfuerzo están.

Repiten y repiten hasta a los compañeros cansar.

Por eso cada uno su celda posee

y en ella, como frailes de convento,

se flagelan hasta alcanzar algún progreso.

Le rezan a don Luis de Góngora

y ante Garcilaso se hincan:

su obra una y otra vez recitan,

a ver si por fuerza la asimilan.

 

¡Vaya grupo, qué cultos todos!

Qué esfuerzo tan maravilloso

han de realizar hasta el sepulcro:

es el autodenominado “Club de hispanohablantes pulcros”.

Sigan así, muchachos,

y quizá algún día puedan en su nombre cambiar club por sociedad

y aprendan de una vez por todas a correctamente hablar.

 

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