Columna literaria "Esencia humana" XI

by Elik G. Troconis

 

 

 

 

La colección de Lucas

 

Una, dos, tres… perdió la cuenta al llegar al cuarenta y nueve, porque en la escuela aún no le enseñaban el cincuenta y sus padres lo mantenían en secreto. Sólo sabía que eran muchas, muchas, pero muchas hojas; tantas, que cubrían todos sus juguetes, incluso los de su último cumpleaños que no había dejado de usar desde entonces. Era su colección, su mejor prueba de cuánto le gustaban las hojas de otoño.

    Unas semanas atrás, Lucas había pasado la tarde con sus abuelos. Mientras sus padres iban al cine en su tarde semanal juntos, él disfrutaba todos los dulces que le ofrecía su abuela. Por la noche, ellos también salieron. Pasearon largamente por el mercado navideño que anunciaba el cercano final de aquel otoño. Cuando volvieron a casa, los recibió sobre la acera una alfombra de hojas de todos los colores. Al mismo tiempo que el abuelo negaba con la cabeza y exhalaba irritado, Lucas se lanzó un clavado a lo que para él lucía como una alberca.

    —¡Lucas! —lo reprendió.

    Él siguió restregándose contra las hojas, tal como lo hacía su perro Azúcar con el lodo, hasta que la mano de su abuelo lo levantó en el aire.

    —Pero, abuelo… ¡Me encantan las hojas del otoño!

    —Te gustan porque no las tienes que recoger —fue su respuesta, seca como las mismas hojas, antes de entregárselo a la abuela para que lo llevara directamente a la tina.

    Una vez en su habitación, Lucas escuchó un sonido que venía de la calle. Al asomarse por la ventana, encontró a su abuelo barriendo todas las hojas que obstaculizaban la entrada a la casa. Alcanzó a escucharlo decir:

    —Ay, Lucas… El día que las tenga que recoger…

    Por eso había pasado los últimos días tan ocupado, aunque no les decía nada a sus papás por temor a que fueran a revelar su secreto. Día tras día, en el camino a casa, iba llenando su mochila gradualmente y la vaciaba al llegar a su habitación, sumando nuevos ejemplares a su colección. Tenía algunas tan pequeñas como el pétalo de una flor y otras tan grandes como una sandía. Amarillas, anaranjadas, marrones, verdes y todos los tonos que se encontraban entre éstos.

    Tres semanas le había tomado reunir todas las hojas que consideraba suficientes para impresionar a su abuelo. Ahora, aunque no había podido calcular el número exacto, sabía que lo sorprendería con la pura imagen. Así que cuando sus abuelos llegaron para llevárselo esa tarde antes de que sus padres salieran al cine, él les pidió a los cuatro que subieran a su habitación.

    —Es tarde, Lucas. Ya tenemos que irnos —replicó el abuelo.

    Pero él insistió hasta que los mayores no tuvieron más remedio que seguirlo. Tras subir las escaleras y doblar a la izquierda, Lucas giró la manija de su puerta con lentitud hasta que se abrió repentinamente y las hojas de otoño se desbordaron, inundando de colores el pasillo. 

    —¡Lucas! —lo reprendió su abuelo como siempre—. ¿Por qué hiciste esto?

    Y el pequeño Lucas soltó la sonrisa más grande de toda su vida:

    —Porque las hojas de otoño me gustan tanto que las recojo, abuelo. Por eso.

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