Columna literaria "Esencia humana" XVIII

by Elik G. Troconis

 

 

 

 

Sí llego (Primera Parte)

Historias tan terribles como ésta me hacen pensar que Madrid no es el mejor lugar para vivir; que no es, en realidad, un buen lugar para vivir. Aquello se debe a que sus más bellas virtudes pueden provocar, paradójicamente, las peores tragedias. Esto es lo que le sucedió al amigo de un amigo, extranjero él, hará unos cuatro o cinco días (no me lo dijo con exactitud ni tampoco me atreví a preguntárselo por temor a vulnerar su intimidad).

Era una mañana de invierno como cualquier otra. Domingo. Antes de escuchar la alarma de su celular, lo despertó el dolor de un cólico tan agudo que debió doblar las piernas para soportarlo. Tenía atorada una informe masa gaseosa. Ante el dolor, cerró los ojos y pujó fuerte hasta eyectar el problema. Sintió alivio, pero le sobrevino el siguiente cólico y todavía uno más después de la segunda pujada. Supo que aquello debía arreglarlo desde donde incluso el presidente dicta política internacional. El baño, efectivamente, solucionó el malestar. Desechó ahí una carga de tales dimensiones y tal consistencia, que se vio forzado a recordar lo que había comido la tarde anterior, pero no recordó nada que pudiera haberle hecho daño. Como fuera, esos momentos sentado lo hicieron sentirse de nuevo en perfectas condiciones, así que volvió a la cama.

Cinco minutos después, sin embargo, exactamente a las 8:20, sonó su despertador con la canción “Eye of the Tiger”, que, llevando a su mente las películas de Rocky Balboa, lo situó en el estado de ánimo necesario. Abandonó las sábanas, se lavó la cara, se puso los tenis y salió del piso donde alquilaba junto con otros estudiantes. Era hermoso que Madrid fuera una ciudad tan cosmopolita que, aunque apretadas, recibiera personas de todo el mundo. Sólo cargaba las llaves y un plátano que fue comiendo para asegurarse de que no fuera a sufrir un calambre, algo que además, según pensó, no afectaría a su entonces sensible estómago.

Caminó unas cuadras, respetando las señalizaciones. En la capital española no se atravesaba las calles a la brava; no, señor: ahí se cruzaba en los pasos de peatones, que, de hecho, no había en todas las esquinas porque su trazado obedecía a cálculos precisos. Como debe de ser. Avanzó hasta llegar a Madrid Río y contemplar el Manzanares, que llevaba frescura eterna al ambiente. Todo era calma, nada de ajetreo como en su caótica ciudad de origen. Claro: ¿por qué debería haber movimiento un domingo tan temprano? Que la gente gozara su descanso. Disfrutando el silencio, a la orilla del río hizo círculos con los brazos, levantó alternadamente las rodillas hasta el pecho y dio unos brinquitos para calentar el cuerpo en medio de los 3 grados de temperatura.

Al cabo comenzó a correr, aunque esta vez hacia el lado contrario del camino que siempre tomaba. Dos inhalaciones y dos exhalaciones, como se lo había enseñado su entrenador años atrás. Dos, dos; dos, dos. A sus lados, árboles frondosos que conservaban sus hojas a pesar del invierno; el camino para transeúntes, corredores y ciclistas perfectamente trazado; pequeños parques para niños con todo tipo de juegos. Arriba, el cielo azul que ya no se veía en su país debido a la contaminación. Amaba las enormes extensiones verdes de Madrid. Kilómetros y kilómetros de sendero a orillas del río, respirando aire limpio, sintiendo el estimulante frío de la mañana.

En su nuevo recorrido, de pronto descubrió lo que había estado buscando del otro lado sin ningún éxito: unas barras altas para hacer dominadas y otras bajas para lagartijas. Miró su reloj: llevaba muy poco tiempo corriendo; sería mejor seguir su camino y hacer barras ya de regreso cuando hubiera calentado cada músculo. Mantuvo firme el paso, dando las largas zancadas que le permitía su altura. Pasó unos columpios, el antiguo estadio del Atlético de Madrid, aparatos para personas mayores…

Después calculó la hora a la que debía estar de vuelta en las barras para pasar ahí al menos quince minutos y volver a casa conforme lo planeado. Miró su reloj: le quedaba apenas un minuto con treinta y cinco segundos. Decidió aprovecharlo para hacer un sprint. Embistió contra el viento invernal, dejando en la pista cada gota de sudor. A la mitad, divisó un árbol y lo convirtió en su meta. Cuando estuvo suficientemente cerca, dio un salto para terminar glorioso. Pero en ese preciso momento, mientras levitaba por los aires, sintió un nuevo cólico. En la madre. Se habría doblado del dolor si el orgullo de deportista de alto rendimiento no se lo hubiera impedido. Aterrizó y, tras unos pasos, dio media vuelta para emprender su regreso, ocultando lo que sentía. Entonces volteó a su alrededor: no había nadie. Pues bueno. Era seguro eliminar el problema, así que lo dejó salir con total libertad. Continuó su camino, sintiéndose notoriamente más ligero, hasta que percibió la preocupante presencia de algo más en su interior. Abrió los ojos de par en par. Pero no detuvo su marcha. Por el contrario, entendió que debía acelerar.

    Sí llego. Se hablaba con todo el optimismo que la situación le permitía. Sí llego. Pero repentinamente la presencia interna se hizo más presente: cobró forma definida y él pudo incluso calcular su peso. Giró la cabeza a los lados, buscando desesperadamente: supermercados, chinos, papelerías, restaurantes, bares… Todo cerrado. En Madrid, donde el día comenzaba por la noche, a las nueve de la mañana con cuatro minutos la gente seguía dormida. Después de una noche de tapas cualquiera, que había terminado a la una o dos de la mañana, apenas resonaban algunos bostezos matutinos. Todo estaba cerrado. Con ello descartaba la posibilidad de entrar al baño de algún establecimiento a deshacerse de su problema. Tenía que llegar a casa pronto, antes de que aquello terminara regado por todas partes...

Continuará la próxima semana....

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