"Esencia humana" XIX

by Elik G. Troconis

 

El minero

A las dos de la tarde camino por Arenal en dirección a la Plaza de Oriente. Dejo atrás metro Ópera y la estatua de Isabel II. Entro por Carlos III y, con el Teatro Real a mi derecha, veo que hace tan buen día, que los madrileños, los chulos, han salido a disfrutar esta tarde que les regala el imprevisible invierno. Los pastos que rodean la Plaza rumbo al Palacio están todos cubiertos por amigos, novios o lectores que disfrutan un momento de tranquilidad. Los niños pasean sin darse cuenta por las jardineras donde está prohibido el paso mientras sueltan risas inocentes. Las bancas alrededor están ocupadas por parejas que ya trabajaron toda su vida; casi no hablan. ¿De qué podrían conversar después de tantos años y de saber tanto del otro?

   Varios hombres de piel oscura exhiben mercancía pirata sobre lonas de tela. Miran continuamente en todas direcciones y no sueltan los cordeles por si en algún momento se acerca la policía. Un euro, dos euros, tres euros, cuatro euros, dicen a los compradores sin bajar la guardia. Los números en abstracto no existen para ellos; sólo acompañados de la moneda.

   Algunos paseantes se sientan bajo la sombra que ofrece la escultura de Felipe IV, la de los cuatro maestros. En medio del camino hay una figura inmóvil, recubierta de pintura ocre, como si fuera una escultura de bronce que representa un minero; sólo el bote que tiene delante da a entender que es una persona que espera alguna moneda. Desde algún lugar suena un acordeón que lleva a los oídos de la gente melodías italianas. En una esquina unos bailarines dan una exhibición de breakdance con un público que da envidia. Un grupo de japoneses cruza la plaza conducidos por un guía que les explica cuántas habitaciones tiene el Palacio Real. Tres mil cuatrocientas dieciocho. Algunos alemanes toman el sol, que desde hace semanas no ven en su país.

   Encuentro un sitio. Lo tomo antes de que otra ave rapaz lo haga. Saco el libro que llevo y reanudo la lectura donde el separador marca que me detuve. Hay mucha gente, pero no hay ruido. Se puede leer perfectamente. El autor habla sobre las lenguas maternas y la identidad de las personas. Refiere casos de exiliados que se niegan a aprender el idioma del país al que arriban porque no quieren ser otros, porque no quieren dejar de ser quienes son. No aprenden ni siquiera a contar; apenas dan los buenos días con esas palabras que no son ni nunca serán suyas. “Ellos mismos”, leo, “se condenan al silencio y, así, pierden su voz.”

   Tras varias páginas, vuelvo a colocar el separador. Cierro el libro y vuelvo a Madrid. Delante cruzan unos franceses. Una pareja se levanta del pasto y toma rumbo, seguramente a comer. Entonces siento hambre y tomo de mi mochila el bocadillo que preparé. Empiezo a comer. Alrededor varias personas leen e incluso algunas escriben. Alcanzo a ver las portadas de los libros, ¿pero los otros qué escribirán?

   El sol va cayendo. Ya los muros del Palacio obstaculizan su luz. Al levantarme a tirar mi basura, veo a alguien disfrutando un helado. Me lo antoja, pero debo dejar pasar un tiempo para hacer digestión. Regreso a mi sitio y, mientras espero, leo un poco más; tres o cuatro capítulos. Hace tiempo que no tomo un helado. Podría ser de turrón.

   El separador me aparta, una vez más, del libro, y me devuelve a donde estoy. Consulto a mi estómago. Sí, es buen momento. Me pongo de pie y comienzo a caminar. En Arenal seguro habrá una heladería. Regreso sobre mis pasos, exactamente sobre mis pasos. Entre la escultura de Felipe IV y el Teatro Real veo una mujer con arena en el rostro. A sus pies hay más. Se quita unos pantalones color ocre; debajo lleva mezclilla. Se quita una chamarra del mismo color; debajo lleva una blusa blanca. Se calza unos Converse que están a un lado de un par de botas también ocre. Junto a ella hay un pequeño carro, de aquéllos que las personas mayores llevan al supermercado consigo. Saca un trapo que no podría estar más sucio y lo utiliza para limpiarse la cara. Poco a poco descubre el rostro de una mujer extranjera. Cincuenta años; no más. Se friega la piel con fuerza, sin temer que pueda caérsele. La arena raspa su nariz, su frente, sus mejillas. Dobla los pantalones y la chamarra, y los mete a una bolsa que extrae del carrito.

   De pronto llega un hombre. Le dice algo en un idioma que nadie a su alrededor entiende, pero todos se hacen una idea del significado de las palabras por el tono que usa. Ella lo ignora; él alza la voz. Le gruñe, pero no lo mira. Finge no darle importancia, aunque su rostro indica lo contrario. Sigue recogiendo su indumentaria ocre, metiendo cada prenda cuidadosamente al carrito. Al final saca una tela larga y comienza a arrastrarla por el suelo para barrer la arena. La conduce pacientemente hasta un bote de basura que se encuentra a un lado de una jardinera de donde cae un poco de tierra. Deja el lugar impecable; no quedan rastros de ella.

   Entonces dobla la tela y la mete en el carrito oxidado. Toma éste y emprende su camino. Detrás marcha el hombre, que no le dirige una sola palabra, que tampoco la mira.

   Suenan las campanas de la Catedral. Su sonido llama a misa de siete y yo me pregunto qué piensan aquéllos que han elegido quedarse sin voz.

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