Columna literaria "Esencia humana" XXI

by Elik G. Troconis

La Clef de champs

Estimada Nerea Domínguez, editora de Infoactualidad:

Aprovechando la oportunidad de saludarte, me permito explicar lo que en esta ocasión te remito para que sea publicado en mi columna semanal “Esencia humana”. Bien sabes que soy historiador de profesión y podrás suponer que mis inquietudes académicas me impiden poner un pie en cualquier lugar sin preguntarme por las personas que han estado en él antes que yo. Te cuento, pues, que en días recientes me sumergí en el archivo histórico del Museo Thyssen-Bornemisza y, tras dos horas de hurgar entre fojas antiguas, di con un documento que cautivó poderosamente mi atención: se trata de un texto escrito a lo largo de 14 papeletas de quejas y sugerencias firmado por nadie menos que Rómulo Linares. Sí: el ilustre viajero y escritor mexicano, autor de la famosa novela satírica Los engañados, también de sobra conocido por su parentesco con el ensayista Jorge Luis Vasconcelos.

  

Imagino lo que estás pensando ya. Documentos de esta naturaleza se encuentran rara vez en la vida; a veces, de hecho, los historiadores morimos sin nunca haber encontrado algo así de importante. Es por eso que ahora, tras haber hecho los exámenes de autenticidad correspondientes, considero oportuno sacarlo a la luz cuanto antes. Como podrás ver en el PDF que te adjunto en este mismo correo, he recibido las debidas autorizaciones para ello y, si tú lo permitieras, sugeriría que el espacio que se me asigna semanalmente en este diario de nuestra Universidad Complutense de Madrid se empleara para la publicación de este texto, que nos ofrece una ventana al entendimiento de una de las mentes más privilegiadas de la segunda mitad del siglo XX.

   Si aceptas la propuesta, me atrevo a recomendar que se publiquen también estas breves líneas introductoras (con las modificaciones que consideres pertinentes) para que los lectores de nuestro periódico estén al tanto de la naturaleza y el origen de este texto, ya que con esos detalles podrán imaginar quizá, como yo, al insigne Rómulo Linares en una de las salas del Museo Thyssen súbitamente invadido por la necesidad de escribir sus reflexiones y también por la angustia de no tener dónde hacerlo, lo que seguramente lo obligó a conseguir aquellas papeletas, tantas como necesitó. ¿Qué sucedió cuando terminó de escribir? ¿Cómo fue que estas hojas escaparon de su dominio? ¿Las habrá botado simplemente en el cesto y las recuperó alguna persona que lo había reconocido, alguien consciente del inmenso valor que tenían? Eso queda a la imaginación histórica.

Recibe saludos y un abrazo de mi parte, Elik G. Troconis

*****

Se ha perdido la buena costumbre de mirar las pinturas. Cuando mucho, la gente las ve. Ahora, mientras contemplo La Clef des champs, veo pasar a los visitantes enfrente de ella y del resto de las obras de la sala. Pasan, como fantasmas; pasan, como ante fantasmas. Provienen de una inercia de la que ni siquiera se percatan: caminar dos pasos, detenerse brevemente ante el nuevo objeto, verlo, caminar dos pasos… Es un acto completamente mecanizado. Algunos tienen la costumbre —terrible así practicada— de mirar la cédula al lado de la obra. Con ello, quienes lo hacen antes de dirigir su vista a la pintura, quedan predispuestos. Si el nombre no les suena ni remotamente, apenas y se molestan en dedicar un parpadeo a la obra. Quienes lo hacen después de ver la pintura, si acaso les suena el nombre, vuelven la mirada y se proponen a sí mismos un esfuerzo más grande por encontrar en el lienzo algo de valor, pues, siendo un Picasso o un Dalí, algo deben tener, algo que inexplicablemente no vieron en el fugaz instante que le dedicaron la primera vez.

   La composición presenta un doble reencuadre: dentro del lienzo (delimitado por el marco) hay una ventana, dentro de la cual hay un cristal roto (en una forma cercana al círculo), dentro del cual hay un prado con algunos árboles. Pero los fragmentos del cristal, apilados a los pies de la ventana, conservan la imagen del paisaje exterior. Una composición muy magrittiana que juega con la realidad. ¿Sólo eso? Puede haber más. Ya miré con atención los fragmentos de vidrio. Tener el lienzo tan cerca siempre permite una apreciación más honda. La gran pregunta es si verdaderamente son de vidrio, pues existen al menos dos posibilidades: que sí sea una ventana que en su superficie tiene (¿impregnado, pintado?) el mismo paisaje que hay del otro lado de ella o que sea en realidad un lienzo con la pintura del mismo paisaje que hay del otro lado de ella. El examen de los fragmentos, con base en su textura y en su contorno, me hace dudar si se trata de pedazos de cristal o de tela. Las leyes de la gravedad (aunque Magritte no tenía por qué respetarlas) me hacen decantarme por la primera opción. Así que sí es una ventana, pero ya que los fragmentos caídos tienen el propio paisaje, también lo deben tener los fragmentos que se mantienen en su sitio, con lo cual hay una doble visión: el objeto (el paisaje) y la representación del objeto (la copia del paisaje sobre el cristal). Jorge Luis tiene razón en decir que al ir a un museo para encontrarte con una sola pintura, el museo se vuelve personal y la obra es poseída.

   Resulta interesante notar que los visitantes no solamente no miran las pinturas, sino que tampoco son conscientes de lo que hay en otras direcciones a su alrededor. No me notan a mí, por ejemplo. Aunque estoy sentado exactamente frente al cuadro de Magritte y lo miro fijamente, ningún vil turista —eso son la mayoría de los visitantes, hay que reconocerlo— se percata ya no sólo de que se atraviesa, sino incluso de que deja su gordo cuerpo en medio de la pintura y yo, tapando la preciosa visión que tengo e impidiendo que pueda continuar con mi momento de apreciación, goce, reflexión y creación.

   Magritte perdonará mi probable osadía, pero a mí me gustaría ver una narrativa en este cuadro. No puedo resistir mirarlo como un cuento con sus propios personajes. ¿Qué hay en este cuadro? Las preguntas verdaderas son: ¿qué es el cristal y cuál es su relación con el paisaje exterior? Algunas posibilidades:

  1. 1. Un cristal que, a fuerza de mirar tanto, termina por convertirse en espejo: espejo que refleja lo visto, aunque sin dejar de ser cristal.
  2. 2. Un cristal que, a fuerza de mirar tanto, termina por convertirse en la imagen de lo visto, aunque sin dejar de ser cristal.
  1. 3. Un cristal que admira tanto lo que mira, que a través del tiempo intenta ser como ello, pero no deja de ser cristal.
  2. 4. Un cristal que admira tanto lo que mira, que a través del tiempo intenta ser como ello, pero no puede conseguirlo.
  3. 5. Un cristal que anhela tanto ser lo que mira, que se convierte en ello y vive feliz de haberlo hecho. Hasta que se quiebra y, ahora desnudo, descubre que nunca dejó de ser un cristal.

Esto último podría ser: al quebrarse (por motivos ajenos), el cristal se percata de que tiene trozos de cielo, trozos de árboles, trozos de pasto, etc…, pero no es paisaje, pues los trozos no conforman totalidades. Los trozos de un rompecabezas, a pesar de ser armados a la perfección, no darán nunca como resultado el objeto representado (cuando mucho su imagen: fragmentada, cosida, convertida en algo artificial y en artificio).

   En estas dos horas que he estado mirando la pintura, he visto desfilar frente a mí Nikons, Canons y muchas cámaras más. Sin embargo, las sujetan no fotógrafos profesionales, sino esos viles turistas para los que sin fotografías —sin pruebas— es como si no hubiera habido viaje. Apenas saben enfocar y no entienden nada de tiempos de exposición, así que usan el modo automático. Siguen una rutina muy similar a la del resto de los visitantes, pero obviamente agregan el paso de fotografiar las pinturas después de haberlas visto durante dos segundos. ¿Será que les impresionaron y quieren llevarse el recuerdo hasta casa? ¿Entonces por qué no se detienen más tiempo frente a ellas? Es sin duda una actitud particular que merece la pena analizar con interés. Me parece que hay dos factores involucrados. Por una parte, el hecho de que la institución que representa el museo legitima cada una de las piezas de su colección: para el visitante, todo lo que hay dentro del recinto (por el simple motivo de estar dentro de él) tiene un valor (uno social, claramente, aunque para el individuo no tenga un valor personal). Por otra parte, la equivocada creencia de que la posesión material significa integración o, en otras palabras, que tener significa poseer. El ser humano —¿qué falta hace decirlo?— tiene una urgente necesidad de poseer los elementos a su alrededor, sobre todo aquéllos con los que se relaciona a partir de algún sentimiento. Se posee un libro que se disfrutó (por eso los grandes lectores tienen sus propias colecciones y no conciben los préstamos bibliotecarios) tal como se posee al hombre o a la mujer con quien se elije pasar la vida (sin que se trate necesariamente de una posesión patológica como la dependencia). Esa misma necesidad es la que empuja al fotógrafo a querer hacerse de las obras de arte (de cuyo valor social es consciente). Para ello, acude a su arma, la cámara, confiado de que una imagen de la pintura hará suya la pintura. Aunque por supuesto que no será así. En primer lugar, cuando revele su rollo, no tendrá más que una representación de lo que ya es una representación. En segundo lugar, lo que tendrá será apenas la posesión material; es decir que en sus manos tendrá un cartón. Pero nada de eso querrá decir que ahora posea la obra, pues para realmente poseer algo hace falta integrarlo a uno, lo que involucra al menos algún proceso de índole absolutamente personal. Picasso sólo poseyó Las meninas cuando pintó su propia serie de ellas. Rubens únicamente poseyó el Adán y Eva de Tiziano cuando superó con creces la misma obra. Pero no se trata sólo de nuevas interpretaciones plásticas. Walter Benjamin poseyó el Angelus Novus de Paul Klee no porque lo hubiera comprado, sino porque representó para él la alegoría perfecta de tantas cosas, incluida una de sus tesis sobre el concepto de Historia. O en literatura y música: para que Pablo Milanés poseyera a José Martí debió cantar sus versos. Y ni siquiera es indispensable crear arte nuevo: lo que hará el no artista tras apropiarse una obra es ver las cosas en su relación con ésta, de una manera radicalmente distinta a como las vería si no la hubiera conocido jamás. Las cosas son lo que son no sólo por lo que son ni sólo por lo que vemos en ellas: las cosas son lo que son especialmente por lo que hacemos con ellas. Así, por muchas fotos que los falsos fotógrafos tomen de las obras de arte frente a ellos, no las poseerán jamás: hace falta asimilarlas al punto de que sean parte integral de uno, de que veamos el mundo a partir de ellas, de que cambien —aunque mínimamente— nuestra forma de mirar y de mirarnos.

  1. 6. Un cristal que admira tanto lo que mira, que a través del tiempo intenta ser como ello. Hasta que un día se En la siguiente escena (concibiendo esto como una secuencia narrativa), al ver sus trozos comprendemos que lo hizo porque, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, así que conscientemente (¿por frustración?) decidió destruirse.
  2. 7. Un cristal que admira tanto lo que mira, que a través del tiempo intenta ser como ello y, después de un tiempo, se vanagloria por haberlo conseguido. Así transcurre el tiempo hasta que un día se da cuenta de que él mismo se ha estado engañando, que en realidad no ha logrado ser lo que quería. Ése es el día que se quiebra.

Es una alegoría: ¿cuántos seres humanos no han pasado por esa tragedia? La vida del ser humano se resume en ser, querer ser y no ser, y en su variedad de posibles consecuencias: frustración, melancolía, superación… El ser humano es ilusión hasta cumplirla, creer cumplirla o entender que no puede cumplirla. El primer camino es feliz; el último, trágico. ¿Y el segundo? El segundo es quizá la historia de todos nosotros, la historia humana, aquélla que se puede escribir en forma de Odisea, de Comedia humana o a lo largo de 14 papeletas de quejas y sugerencias del Museo Thyssen mientras se mira La Clef de champs de Magritte. Sí, en definitiva, la historia humana.

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