Columna literaria Esencia humana XXIII

by Elik G.Troconis

La otra Antártida

Es cierto que la mayor parte de las aguas de nuestro planeta permanecen inexploradas. Eso incluye las aguas congeladas también. Puedo dar cuenta de ello gracias a la expedición que realicé a bordo del Challenger hace ya largos años. La tripulación náutica era numerosa, lo necesario para hacer navegar una embarcación que intentaba abrirse paso a través de los casquetes polares de la Antártida. Sin embargo, tan sólo éramos dos los oficiales de la armada que debían encargarse de la misión.

   Un año atrás, un grupo de científicos había explorado determinadas coordenadas de aquellas tierras glaciares. El capitán del barco aseguró que todos ellos habían abandonado la nave en perfecto estado, sin que las condiciones de ese extremo del mundo les afectaran aún. Todos sabían a lo que se enfrentarían: el viento que no se corta con nada, la soledad que no se diluye a pesar de la camaradería, el gris intenso de todo aquello que debería tener otro color, la noche que nunca jamás es oscura. Nada de eso los había perturbado al momento de bajar de la nave, según dijo el capitán, quien permaneció con su tripulación a la espera del regreso de los viajeros, lo cual debía suceder, a más tardar, 21 días después. Pero las tres semanas se cumplieron y ellos no volvían. Aguardaron más, sumando jornadas al calendario hasta llegar a los dos meses, cuando finalmente los dieron por extraviados. Nada; nadie supo nada del grupo de científicos. Por eso fuimos Irene y yo. No a rescatarlos, sino a averiguar qué les había sucedido.

   El capitán del Challenger nos dejó exactamente en el mismo lugar donde antes habían descendido los exploradores, e Irene y yo comenzamos a seguir el itinerario preciso que ellos tenían planeado. Caminamos largo rato sobre nieve y hielo, sin ver un solo indicio de vida humana. Ni caminos ni pisadas ni construcciones. Frente a nosotros no se extendía más que una superficie plana, infinita. No se oían voces, tan sólo el continuo golpe de las olas del mar contra los casquetes de hielo.

   Andamos días enteros sin hallar ningún rastro del grupo de científicos ni de ningún otro ser humano. A lo lejos divisamos pingüinos y leones marinos. Ellos también nos miraban a nosotros, con cierta desconfianza. Seguimos. Irene y yo hablábamos poco; al llegar a cada sitio del itinerario, bastaba con asentir para confirmar que no había nada, que debíamos continuar.

   Sería ridículo no admitir que ambos temíamos cada vez más conforme descartábamos opciones, pues ninguno de los dos quería llegar al último punto. Pero al final, por desventura, debió ser así. Se trataba de un glaciar que se hundía en las profundidades. Medía aproximadamente 80 metros bajo el mar. Ahí era donde los científicos habían creído que encontrarían aquello con lo que soñaban, aquello que los había llevado tan lejos en su empresa. Era obvio, pues, que fuera aquél el lugar donde habían desaparecido.

   Afianzamos las amarras y nos abrochamos los arneses. Sería un largo descenso. Pero lo preocupante, en realidad, era la vuelta. La profundidad de los glaciares, así como su tendencia a cambiar de un segundo a otro, hacen de ellos los espacios más temidos por cualquier explorador. Son tan peligrosos que, de hecho, cuando algún miembro de una expedición cae en uno, el protocolo indica que no deben hacerse intentos de rescate, pues son más altas las probabilidades de morir en el intento que de lograrlo. Pero Irene y yo debíamos averiguar qué había sucedido con el grupo de investigadores. Conscientes del riesgo que aquello representaba, se nos indicó que debíamos reportar oralmente en tiempo real todo lo que veíamos para que nuestras radios transmitieran al Challenger cada detalle antes de que cualquier cosa pudiera ocurrirnos.

   Bajamos lado a lado, soltando poco a poco las sogas que nos sujetaban. Hasta que a cierta profundidad, volteamos a vernos: se escuchaban sonidos. Continuamos hasta detenernos de nuevo y cruzar miradas: la temperatura era mayor. De pronto se escuchó un grito despavorido:

   —¡Irene!

   Quedamos helados, realmente helados. Ella hizo amago de ascender, mas la detuve. Le dije que no podíamos regresar todavía. Pero entonces oímos:

   —¡Enrique!

   Y fui yo quien intentó subir. ¿De quién podían ser esas voces? Nadie en esa tierra sin hombres ni mujeres podía conocernos. Nadie en ese hielo sin nombre podía estar vivo. ¿Quién? Antes de poder subir un solo centímetro, el glaciar crujió, y se oyó como si un bosque entero lo hubiera hecho. El sonido fue ensordecedor y tras él volvimos a escuchar:

   —¡Irene! ¡Enrique!

   Sin oportunidad de mirarnos de nuevo, las sogas se reventaron y caímos los metros que nos faltaban por descender, que no eran cuarenta, ni ochenta; ni siquiera doscientos. Eran infinitos. ¡Qué imágenes no pasaron por mi mente en esos instantes de desesperación! No me importaba la caída, me atemorizaba saber que encontraría al final. ¿Qué demonios aguardarían mi carne?

   Pudo más el miedo que el dolor. Irene y yo nos pusimos en pie y giramos en todas direcciones, buscando desesperadamente la fuente de los gritos, pero lo que encontramos nos hizo olvidarnos de ellos. Nadie me creería lo que vimos. Yo mismo no sería capaz de creérselo a nadie. ¿Cómo podría siquiera intentar describirlo? Otra Antártida ahí contenida, una de volcanes que erupcionan sin parar, con bestias colosales que se arrastran a su alrededor custodiando el fuego y la lava; una Antártida de glaciares que se erigen hacia las alturas y que juntos conforman catedrales; una Antártida de colores encendidos, con su propio sol y su propia luna; una Antártida en la que se respira sudor y azufre en lugar de rocío; una Antártida en la que las Furias persiguen a las aves y las deshojan al atraparlas; una Antártida de ríos y hielos hechos de sangre; una Antártida de criaturas tan hórridas que hacen a uno preguntarse si acaso Dios conoce ese lugar; una Antártida en la que el peor castigo recibe el nombre de «olvido»; una Antártida donde el viento grita nombres y con ellos reclamos. Una Antártida de la que nada sale, ni siquiera las ondas de una radio en dirección al Challenger; una Antártida en la que nos reunimos prisioneros de todas las épocas; una Antártida en la que quienes caemos no podemos morir.

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