CAPÍTULO 3

by Javier Quevedo

Madrid, 13 de enero de 2020

          Había muchos objetos que me hacían recordar mi infancia. Muchos olores, muchos sonidos, muchas flores y muchas palabras. Fue inevitable que, en el entierro de mi padre, la mirada de algún familiar lejano, el olor de alguna habitación cerrada desde hacía mucho tiempo, el roce de uno de mis hermanos o la luz de aquella terraza inmensa me llevara a pensar en los años que pasé en la casa familiar con mis hermanos. Al tenerlos allí a todos juntos para una ocasión tan íntima, me acordé especialmente de un momento de intimidad que compartimos en el campo que se extendía por detrás de la casa, ese lugar sin límites que inspiraba todos nuestros juegos y nos enseñó a querernos, respetarnos y divertirnos.

          Era una zona bastante llana, aunque las montañas del norte no quedaban muy alejadas. El muro trasero de la casa se abría al jardín por tres fachadas que formaban un patio rectangular en el centro. Ahí es donde estaban plantadas las parras, en grandes jardineras de piedra, que se abrazaban a cuatro columnas de mármol dispuestas como cuatro vértices de un cuadrado en mitad del patio. Sus ramas se enzarzaban en los filos metálicos que colgaban enganchados entre las columnas. Para las ocasiones especiales, mi padre solía subirse a una escalera de mano y colgar de esos filos varios farolillos de colores que se mecían con los vientos de la tarde y de la noche. Con el tiempo, cuando ya éramos adolescentes, incorporó luces a los farolillos, lo cual no solo daba colorido a la velada, sino que le añadía un halo de encanto mágico que nos fascinaba a los cuatro hermanos desde la primera vez que lo montó. Allí pasábamos los cumpleaños, las comuniones y los encuentros familiares que se sucedían verano tras verano. Aunque mi padre no tenía familia, que nosotros conociéramos, la de mi madre era tan extensa que daba para cubrir la inexistencia de la otra mitad de mi ascendencia. Los recuerdos son parecidos, aunque siempre especiales: la gran mesa de teca dispuesta en diagonal de una punta a otra del patio, los manteles de satén blanco y los salvamanteles de mimbre que cubrían la superficie, las grandes fuentes de caldos, filetes y marisco de las que todos comíamos sin parar, las trifulcas entre los primos, las carreras para atravesar el patio por debajo de la mesa… Eran unos recuerdos que sonaban como una música en mi cabeza al verlos pasar en mi cabeza, aunque en aquella época ni había altavoces, ni se ponía música en los eventos: los chillidos de los niños y las risotadas de los adultos eran suficiente. De ese modo, además, se podía apreciar el vaivén de las ramas que se movían, agitadas por el viento, al mismo tiempo que azotaba los bajos de los manteles y animaba a bailar a los farolillos. Quizá era el único modo de sentir el tacto del aire al rozarnos la cara, a fijarnos en los pájaros que atravesaban el cielo, o a escuchar el pulso de la sangre que agitaba nuestro cuerpo…

          Pero lo mejor estaba justo después de ese patio, en la inmensidad a la que se abría más allá: nuestro jardín. El jardín en el que corrí sin parar, desde que me puse de pie hasta que dejé la casa familiar para estudiar en la universidad. Recuerdo que había una valla al final, muy lejos, a la que nunca necesitábamos llegar ni yo ni ninguno de mis hermanos, porque el terreno incluido dentro era ya inmenso. En la zona más cercana a la casa había un pequeño huerto donde crecían unas sandías enormes en verano y unas calabazas inabarcables en invierno. Justo detrás había una pequeña choza donde una temporada tuvimos cerdos, luego gallinas, y finalmente los dos. Con mis hermanos hacíamos apuestas y les tirábamos de la cola a los pobres cerditos, que soltaban guarridos agudos que nos hacían reír durante horas. También perseguíamos a las gallinas, y a los gatos que se escondían en las ramas de los árboles frutales que estaban justo detrás del huerto: naranjos, melocotoneros y un níspero enorme que no paraba nunca de crecer y crecer. Siguiendo un camino de tierra a la derecha de los árboles, se abría una senda más salvaje por donde crecían arbustos espinosos y algún árbol más grande: moreras, pinos y esas enormes araucarias que decoraban tan elegantemente el horizonte.

          Recuerdo un verano en el que Fidel desafió a Joaquín a subir al último piso de la araucaria y él, que era muy cabezota, comenzó a trepar por la rama del tronco con el propósito de ganar la apuesta a su hermano. Cuando ya llevaba cuatro alturas, por lo menos, Emilia no consiguió controlar el estrés de ver a su hermano tan arriba y le entró un pánico enorme que se materializó en un sollozo nervioso bastante intenso. Fidel y yo, totalmente inconscientes, no podíamos creer todo lo que había conseguido subir Joaquín, y lo mirábamos con la boca abierta. Menos mal que, pasado un tiempo, Emilia se puso a llorar y berrear histéricamente, no había forma de hacerle callar, y con su berrinche consiguió llamar la atención de mi madre. Nada más apareció por allí, nos dimos cuenta de que aquello no iba a acabar bien: al ver hasta donde había subido Joaquín, se puso roja de furia y preocupación y le ordenó que bajara de inmediato. Cuando sus pies tocaron el suelo, le agarró de la oreja —aunque sentimos que nos agarraba a todos de la oreja— y nos llevó hasta dentro de la casa, donde nos castigó un mes sin salir y nos tuvo en estricto régimen de trabajo culinario, desenvainando guisantes y quitándole las pepitas a los tomates para hacer mermelada.

          Pero a nosotros nos daban igual todos los castigos mientras los sufriéramos juntos. Éramos una piña, los cuatro hermanos. No nos separábamos para nada. En el colegio nos protegíamos, nos ayudábamos a hacer los deberes, compartíamos la fiambrera con la merienda, y nadie dudaba de que, si se metía con uno de nosotros, se metía con los cuatro. El momento clave llegó cuando, una de las muchas noches en las que nos escapábamos de casa para contarnos historias de miedo debajo del almendro, propuse a mis hermanos que hiciéramos algo arriesgado, atrevido, diferente a lo que solíamos hacer. Tenía que ser algo que hubiéramos visto en las películas, pero que fuera único, que nos hiciera más valientes que el resto de niños: les propuse que hacer un pacto de sangre. Le propuse que, con una aguja de mamá, nos pinchásemos el dedo corazón y dejáramos caer unas gotitas de nuestra sangre sobre aquella tierra en la que estábamos creciendo.

          En seguida se montó un revuelo: Joaquín estaba a favor, Fidel en contra, y Emilia intentaba esconder su miedo a los hermanos mayores. Finalmente, como la presión de grupo funciona muy bien en la infancia y adolescencia, y como ningún hombre quiere quedar como un cobarde, acabamos haciéndolo. Recuerdo que saqué mi lado más místico y me llevé una escoba conmigo, como si fuera una bruja con poderes y estuviera a punto de lanzar un hechizo. 

          —¡Esto es un juramento de fidelidad! Al derramar la sangre sobre esta tierra, quedaremos todos unidos para siempre entre nosotros y a la tierra, como las raíces de un gran árbol. ¡No habrá forma de escaparse! El que rompa el juramento y no proteja a su hermano o a su hermana, o a la tierra que pisamos, ¡será maldecido para siempre!

          —Bueno, hasta que se muera, hermanita, que si no es mucho tiempo…

          —¡Shh! Esto no es decisión mía, ¡es decisión de las fuerzas divinas de los dioses y la naturaleza! Fidel, tú eres el hermano mayor, dame tu mano. Serás el primero.

          —Ay…

          Y así, uno a uno, fuimos derramando nuestra sangre sobre aquella tierra de campo en la que pasábamos todas las tardes, después del colegio, correteando. Así nos juramos fidelidad, compromiso eterno, con la idea inocente de que lo cumpliríamos con el paso de los años, sin fisuras.

         —¡Ya está! Hermanos, ahora somos uno solo. ¡Permaneceremos unidos bajo el compromiso de protegernos hasta el fin de nuestros días! ¡Y proteger esta tierra! Podemos volver a la casa.

          Y, justo mientras nos levantábamos, una ráfaga de viento levantó la arenilla del suelo y, quizá, los restos de sangre que habíamos dejado caer sobre él. Las palabras quedaron para siempre, pero quizá fue lo único. El viento lo arrastra todo.

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