BOLSILLO

by Javier Quevedo

 Madrid, 18 de enero de 2020

        Llevaba el jersey azul eléctrico y botas de cuero desgastado. Siempre llegaba a la misma hora, y siempre se sentaba con la misma pereza en aquel banco metálico de los parques de la ciudad. Hoy no traía a su perra, así que probablemente metiera pronto su mano en el bolsillo del pantalón trasero y sacara... Efectivamente, un cuaderno de viaje, con cubiertas de corcho, y un bolígrafo del mismo bolsillo. Espera, parece que no va a suceder lo de siempre, algo no está saliendo como de costumbre porque no saca ningún boli de ese bolsillo; mete la mano en el resto de bolsillos sin sacar nada de ellos. Y, de repente, ocurre. Me pilla desprevenido: después de buscar en varios bolsillos, su mirada se dirige a la mía y yo cambio de semblante, haciéndome de arcilla húmeda, y me doy cuenta de lo que está a punto de pasar. Pero no estoy preparado.

–Perdona, no tendrás un boli para prestarme, ¿verdad? –dijo con voz muy ronca–. Necesito anotar unas cosas y no encuentro el mío.

No dije nada. ¿Cómo iba a hacerlo? Llevaba meses vigilándolo, observando todos sus movimientos, frecuencias y gustos. Conocía a sus amigos, sabía qué días tenía diarrea y qué días estaba estreñido dependiendo del modo en el que se sentaba en aquel banco. Le había visto besar a chicas en el portal de su casa, y le había visto colar, sin que el portero los viera, a chicos en su terraza, para desde allí mirar las estrellas juntos. Los fines de semana pasaba el tiempo en el cine si estaba deprimido y en el bar si no lo estaba. Comía cereales para desayunar hasta que se le acababan, y entonces desayunaba pan con tomate y aceite en cualquier bar, no había un patrón.

Y ahora me preguntaba que si tenía un boli. ¿Sabría él quién era yo, que lo había seguido casi 24 horas durante varios meses y que lo conocía mejor que sus padres? Es probable que no, y que simplemente quisiera eso, un boli, pero el mundo en el que me movía era demasiado peligroso como para aceptar las casualidades. Al fin y al cabo, no trabajaba para la administración y cobraba por proyecto, sin plan de pensiones ni seguro médico. Al fin y al cabo, aquel chaval de apenas 30 años que se me había acercado tenía una deuda con mis jefes y estos, hartos de esperar el pago, habían decidido ocuparse del asunto y apropiarse de su casa para compensar la suma que no había devuelto. 

Pero lo había espiado mucho y éste no era como los otros descerebrados a los que había pegado un tiro o cosas peores. Los otros no me hacían sentir nada porque sus vidas delataban que eran irresponsables y perversos, que eran de igual provecho para el mundo encima o debajo de la tierra. Aquel chaval de jersey y botas que escribía poemas de amor para mujeres y hombres que no lo querían me enternecía. Era un claro romántico de los de antes, que vivía en una buhardilla y seguía escribiendo y pintando sobre sentimientos que ya no eran sentidos o entendidos. Se escondía tras la paranoia de la droga y el duende, al límite pero sin saber la gravedad de sus citas en el bar de la calle Ítaca con hombres más serios, más responsables, a los que había ido equivocadamente a pedir ayuda. Supongo que ese sentimiento de indulgencia me llegaba porque sentía que si yo no hubiera aprendido a ignorar las voces que me gritaban desde dentro de vez en cuando, también habría acabado escribiendo poemas. Si ella no me hubiera dejado por él sin dar explicaciones, con aquel silencio perverso que me devoraba los oídos, también yo la invitaría a mi terraza para ver las estrellas. Y, en definitiva, si supiera hacer algo mejor que matar, también iría al parque a pintar en un cuaderno de viajes con mi boli. Sin embargo, ahora iba a tener que hacer a sangre fría aquello que me tenía la sangre hirviendo.

No había testigos, no había opciones: tenía que hacerlo y tenía que ser en aquel momento. Así que me disponía a sacar la pistola del interior de mi chaqueta cuando me di cuenta de que, en su lugar, había un boli.

Le miré a los ojos de nuevo, pero esta vez vi en su rostro algo distinto.

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