El metro en febrero

by Javier Quevedo

Madrid, 31 de enero de 2020

Me vuelve a invadir ese sentimiento irrefrenable que recorre mi cuerpo cada vez que me subo a un vagón de metro en febrero: tengo calor, mucho calor. Aunque le resulta molesto a mis compañeros de asiento, estiro mis brazos profusamente y me desprendo del abrigo de lana, la bufanda que me ahoga y la sudadera que me aprisiona. Una vez que ya he conseguido hacer todo esto, me siento cómodamente en mi incómoda situación, miro alrededor con extrañeza y observo el mismo fenómeno que me perturba desde la primera vez que usé el transporte subterráneo en invierno: ¿por qué la gente no se quita el maldito abrigo allí dentro, cuando hay casi 20ºC de temperatura?

La primera razón que se me viene a la cabeza no tiene que ver con ellos, sino conmigo: yo, la excepción, debo ser claramente quien tiene el problema, ¿cómo si no puede haber ejércitos de personas de todas las procedencias y edades que siguen llevando aquellos mantos forrados encima sin sentir ninguna molestia aparente? Pero yo soy consciente de mi ser y mi alrededor, sé que allí no es que yo me asfixie, es que hace calor de verdad. Entonces, ¿cuál es la razón? A veces me dan ganas de quitarles a todos la ropa, desgarrársela, y preguntarles con descortesía: ¿no estás más cómodo ahora, impávido ser?

Mi usual perspectiva pesimista del mundo me hace pensar que los usuarios del metro, más que no tener calor, lo que pasa es que son demasiado perezosos. Es de público conocimiento que la pereza, uno de los siete pecados capitales, es la culpable de la mediocridad de nuestra sociedad, y no existe otra razón que justifique que no haya más versos escritos o más cuadros colgados en los museos. Pero no puede ser esa la razón. No puede serlo porque hay gente que es tan trabajadora que incluso en aquellos vagones va redactando emails y resolviendo los problemas que azotan a nuestro planeta a través de sus ordenadores.

Voy en el metro mientras pienso esto, y mientras veo a todo el mundo con sus abrigos, protegiéndose de un frío que no está, y me vuelve a hervir la sangre al darme cuenta de que este misterio indescifrable no tiene posible solución, ya que los científicos no podrían jamás estudiarlo. Miro a aquellos individuos a la cara, uno a uno, intentando escrutar una posible respuesta pero nada, solo indiferencia. ¿Y si fuera esa la razón? Puede ser que toda esta gente no sienta ni frío ni calor: no sienta nada. La razón puede ser entonces la frivolidad de nuestro capitalismo salvaje e individualista que hace que nuestras emociones queden relegadas a un recóndito lugar, olvidadas en nuestras entrañas. Aquella respuesta me gusta porque además de responder a mi pregunta apoya mi ideario político: 2x1, que es mes de rebajas.

Pero lejos de abstracciones, a mi boca se le ocurre una brillante idea que puede resolver el misterio: preguntar. Así que miro a mi compañera de viaje con respeto y le digo:

- Perdone, ¿por qué no se quita el abrigo en el metro, a pesar de que haga calor?

- Pues, porque no me da la gana – responde, sin odio ni importancia, para continuar mirando a la nada de la que había sido distraída.

Y con aquella respuesta se acabaron todas las cavilaciones en mis viajes de metro, donde sigo quitándome el abrigo y la sudadera con alevosía, solo.

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
terminos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios