2030

by Javier Quevedo

Madrid, 21 de febrero de 2020

El teléfono ya no bastaba, lo nuestro había llegado mucho más lejos. Mi teléfono no paraba de escupir mensajes cada vez que llegaba la hora de acostarse, y siempre era él. Al principio era un simple qué-tal-cómo-ha-ido-el-día, pero pronto se transformó en fotos de paisajes desde la ventana, platos que habíamos cocinado… De ahí pasamos a los selfies, y de ahí solo se puede ir cuesta abajo: primero los de cara con camiseta, luego de cara sin camiseta, de torso, de pantalones abultados, de calzoncillos abultados y bueno, por qué seguir, si ya os lo imagináis. Lo peor es que ambos parecíamos tener mucha experiencia en lo que hacíamos, y teníamos una biblioteca de fotos inacabable. A veces me preocupaba no tener una lo suficientemente subidita de tono como para responder a sus intenciones. Pero siempre me las apañaba, al fin y al cabo, los dos somos millennials: vagos, tontos pero muy fotogénicos.

Bueno lo dicho, nuestra correspondencia telefónica estaba siendo superdivertida hasta que, un día, se le ocurrió llamar. Y claro, en ese momento volvimos al qué-tal-cómo-ha-ido-el-día tan aburrido que habíamos dejado tan atrás hacía una semana aproximadamente. Por una sola llamada. A mí nunca se me ocurre llamar en este tipo de circunstancias porque lo de sexo telefónico me parece vulgar y no se me da nada bien, al contrario de todo esto de las fotos, que es mucho más actual. Podría aceptar incluso que enviara un vídeo pero, ¿Llamar? Ni que fuera una oficina de atención al cliente, ¿Quién llama hoy día por teléfono, por favor? ¿Y qué busca, escuchar mi voz? ¿Será de esos que escuchan la radio los domingos por la mañana mientras desayuna zumo de naranja recién exprimido?

Bueno, el caso es que se lo perdoné porque solo fue una vez: no volvió a llamar y seguimos hablando como antes, por mensajes claro. Hasta que hoy me ha dicho, por escrito, de quedar: ¿Merecerá la pena verse con él en persona, en 3D como los efectos especiales del cine? Mi amigo Víctor, que sabe mucho de esto porque tiene cuatro aplicaciones de citas y ha quedado con la mitad de los gais de Madrid, me ha dicho que me vendría bien quedar con él para ganar experiencia en el sector y tener más oportunidades la próxima vez que solicite yo cita. Así que le he hecho caso y estoy camino de quedar con él, el chico de los mensajes, las fotos, y la desafortunada llamada.

La verdad es que es tan guapo como en las fotos, al contrario que yo, que seguro le he decepcionado un montón. Pero bueno, la cita sigue adelante y tras cenar tomamos un campari y soda (no me digas que no soy moderno), dos, y al tercero ya me empiezo a marear. Me pongo super nervioso y parece que él también, ninguno se lanza, el tiempo se alarga, y él dice, y no lo escribe:

-Tengo algo que decirte...

-Yo también, chico. Mira a mí me va lo de los mensajes, pero yo nunca he hecho esto de quedar, y no sé muy bien cómo funciona. Nunca antes había quedado con un chico en persona.

- Tío, ¿eres virgen?

- Joder, dicho así suena fatal, pero bueno, supongo que sí, que se dice así - cómo me había molestado...

- ¡Yo también! - vale, eso me había sorprendido bastante. Una cosa es que en una cita uno de los dos treintañeros sea virgen pero, ¿Los dos? - Joder, ¿y qué hacemos ahora?

- Bueno, a mí esto de quedar tampoco me va mucho la verdad. Yo lo propuse porque es lo que hace todo el mundo, pero no te creas que me divierte más que los mensajes.

- Oye, pues si quieres me voy y seguimos escribiéndonos, ya sabes, como hasta ahora - propuse.

- Pues me parece genial, a mí me asustaba proponértelo, pero me parece lo mejor.

- Bueno, pues me voy. Ya te escribiré luego. Tengo ganas de verte tumbadito en la cama...

- No te preocupes, te envío una foto ahora en cuanto me acueste.

De camino a casa pensé en lo simpático que había sido el chico. Me había caído muy bien y sin duda volvería a escribirle. Las relaciones de pareja son difíciles, pero creo que con este chico tengo futuro. Mucho futuro.

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