LA SEÑORITA

by Javier Quevedo

Madrid, 28 de febrero de 2020

La señorita Domínguez era la profesora más impopular del equipo docente. De aspecto sobrio, Doña Domínguez subía y bajaba las escaleras del colegio con un montón de libros entre sus brazos y, sin subir la voz, llamaba la atención a los estudiantes que no seguían las normas:

- Pedro, arréglese la camisa.

- Juan, el cigarro al bolsillo.

- No se le ocurra encender ese mechero, Mónica.

- Saúl, al despacho del director. ¿Cree que puede venir al colegio con esas vestimentas?

Y así todos los días. Entraba y salía del baño sin despeinarse, enseñaba sobre sus zapatos de tacón de punta y regañaba al resto de profesores con una subida de ceja que decía mucho más que un grito. Nada estaba fuera de lugar en la imagen de la señorita Domínguez: ni el maquillaje, ni su termo de acero inoxidable, ni el tono de su voz. Cuando hablaba, mantenía una estructura rígida que daba un ritmo inalterable a su discurso:

- Tengan muy buenas tardes, estudiantes. Me alegro de tenerlos aquí a todos, gozosos de salud, con esos cerebros preparados para absorber todo lo que tengo que enseñarles. Espero que estén preparados para aprender mucho, porque hoy les traigo una lección muy importante dentro del compendio que supone esta asignatura…

Los estudiantes, en el recreo, repetían el comienzo de cada clase de la Doña Domínguez con diferente entonación y con motivo jocoso, por lo que no lo voy a especificar aquí. Sin embargo, sí que es relevante que les cuente lo que le pasó a Noelia, porque así se llama la señorita Domínguez, un lunes de septiembre. Aunque tendría que haber sido un día normal, con el orden fijo que caracterizaba a la profesora, no fue así. Noelia, extremadamente sedienta debido al extremo calor que hacía fuera, se bebió el litro entero del té que traía en el termo y, de tanto beber, comenzó a marearse:

- Profe, ¿se encuentra bien?

- ¡No se le ocurra llamarme profe, joven! Soy Doña Domínguez, muestre respeto a sus profesores.

- Lo siento, profe. ¡Uy! Perdón, Doña Domínguez – acabó riéndose un alumno, mientras le daba con el codo a su compañero.

Pronto, como por contagio, todos los alumnos empezaron a reírse, pero Noelia ya no podía controlar la situación. Estaba demasiado mareada, se tenía que sentar y reposarse. La sensación que tenía era extraña: le faltaba capacidad de controlar las cosas, de sostenerse en pie. Era una sensación que no había sentido nunca, pero que se

parecía a la sensación que tuvo de joven una vez, cuando celebró su graduación y le sirvieron unas copas de cava que tenían…

- ¡Alcohol! ¡Me habéis puesto alcohol en el té, cabrones! ¿Me queríais emborrachar? Ya sabía que esas risas imbéciles que tenéis no eran inocentes. Si no os protegiera la ley, os daría un guantazo a cada uno que os enviaba a casa. ¡Imbéciles! ¿Pensabais que no me iba a dar cuenta? ¿Creéis que soy una mojigata? ¡Cabrones de mierda! -. El flequillo se soltó del moño y le cayó por encima de la cara.

La clase se quedó en silencio.

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