LOS CIUDADANOS LIBRES

by Javier Quevedo

Madrid, 6 de marzo de 2020

Nos conocimos en la primera cena de Navidad de la empresa, cuando nos presentó mi jefe:

- Javier Santín, encantado.

- Xavier Gualda, un placer.

Lo que más llamaba la atención no era la similitud de nombre, sino la similitud de aspecto: vestíamos casi la misma ropa, teníamos la misma sonrisa y utilizábamos el mismo ordenador. Cuando nos poníamos a hablar, parecía que era un monólogo, ya que el tono de la voz era la misma. Salí perturbado de aquel encuentro.

Evidentemente, los hijos del señor Xavier Gualda no podían ser tan guapos como los míos. ¿O sí? Su casa no podía tener la misma alfombra de fieltro, las mismas fotos sobre la mesilla… Sería imposible.

- La cocina la reformamos el año pasado, y además nos compramos una alfombra de fieltro para el salón. Morada. ¿Y tú? – dijo Xavier.

- Rosa, la mía es rosa. Rosa palo – respondí.

Era inaguantable saber que tenía un clon caminando por la ciudad de Barcelona y que su vida era igual a la mía en Madrid. Me sofocaba pensar que tenía un sosia que, sin la intención de copiarme, era igual que yo. La sola idea me oprimía y comenzaba a aterrorizarme. ¿Y si mi mujer me confundía con él? ¿Y si mis hijos le llamaban un día “papá”? ¿Y si mi madre le preparaba un domingo, por error, el estofado a él?

¿Y si intentaba robarme todo y se hacía pasar por mí?

No podía ser, no podía permitirlo: tenía que organizar un plan de manera urgente, un plan que acabara con sus posibilidades de vivir mi vida sin mí. Pero, ¿qué opciones había? Podía operarme la cara, o ir al psicólogo, o hacerme varios tatuajes visibles, o raparme o dejarme el pelo muy largo. Y, sin embargo, todas ellas inútiles porque, del mismo modo que se me habían ocurrido a mí, estaba seguro de que se le habían ocurrido a él también. ¿Qué hacer? ¿Cómo podía pensar algo que no se le ocurriese a él? ¿Cómo acabar con esa preocupación constante de que, desde Barcelona, alguien tramaba contra mí?

Matarle.

Matarle era la única solución. Conduciría hasta Barcelona y lo haría ese mismo fin de semana, sin excusas.

Aproveché los tres días que tenía para preparar el asesinato: pedí asesoramiento a exconvictos, leí varios libros de Agatha Christie y terminé las veintiséis temporadas de CSI Tokio. Compré cuchillos, puñales, catanas, arcos, pistolas y fusiles y los guardé todos en el maletero sin que mi mujer lo viera. El viernes, a las 14:50, cogí la A-2 y me dirigí a Barcelona.

Atasco.

Era temporada de esquí y la carretera estaba completamente parada. La adrenalina que sentía, y que intentaba mitigar el sofoco y el miedo previos, contrastaba con la lentitud de los coches. Sin embargo, a eso de las 18:40, vi algo que me puso en estado de alerta. Al otro lado de la autovía, sentido Madrid, había un coche igual que el mío, pero de un color más claro, en el que viajaba solo el conductor. Dos cosas brillaban dentro de él: la primera, un pico de hierro caído en el asiento del copiloto, y la segunda, los dientes que Xavi dejaba entrever bajo su sonrisa malévola.

Al darme cuenta de lo que estaba pasando, y de un volantazo, salí al arcén y aceleré hasta llegar al cambio de sentido. Subí la cuesta de salida, cogí la rotonda que encontré arriba a toda velocidad y giré a la izquierda para cruzar el puente y ponerme detrás de Xavi. Pero era demasiado tarde: él ya estaba allí, en el puente, pisando también el acelerador y yendo hacia mí a la máxima velocidad. Yo no solté el acelerador.

Dos llamaradas de fuego, exactamente iguales, crecieron hasta el cielo. Y se apagaron.

- Hola, buenas tardes. Llamo desde la oficina de Sevilla. ¿Puede pasarme con Javier Santín?

- Lo siento, ya no trabaja aquí. ¿Quién llama?

- Soy Javier Santazo. Le quería comentar un asunto del coche. Me ha comentado Javier Santoche, de Santander, que la oficina ofrece un servicio de leasing. ¿Es verdad?

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