EL PROBLEMA DE LA INMORTALIDAD

by Unknown

El gran deseo de nuestro tiempo, y de todos los tiempos, ha sido llegar a vencer la muerte; según parece en el año 2045 llegaremos a ese estado de la “singularidad” sobre la que ironizaba este cuento hace ya doscientos años..

EL PERAL DE MISERIA. CUENTO.

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Allá en tiempos remotos había en la villa de Vicq, situada en las márgenes del Escalda, una buena mujer llamada Miseria que iba pidiendo limosna de puerta en puerta y que parecía tan vieja como el pecado original.

En la época de que hablamos la villa de Vicq no valía más que una mala aldea; situada en terreno pantanoso, toda ella se componía de algunas casas formadas de tierra y unas cuantas chozas cubiertas con juncos.

Miseria habitaba al estreno de la población una pobre casucha, donde no tenía por toda sociedad más que un perro llamado Faro, y por muebles un palo que le servía de bastón y una cesta grosera de juncos que usaba para pedir limosna y que jamás consiguió ver llena a pesar de su reducido tamaño. En honor de la verdad, debemos añadir que poseía en un corral contiguo a la casa, un peral, uno solo, pero tan hermoso, que no hay memoria de que se haya visto nada semejante desde el célebre manzano del Paraíso terrenal.

El único placer que Miseria disfrutaba en este mundo era comer la fruta de su jardín, es decir: de su peral, pero desgraciadamente aun esto mismo con ser tan poco se lo cercenaban los mozalbetes de la villa, por cuyo motivo todos los días de Dios Miseria iba a pedir acompañada de Faro. Menos en el otoño, que Faro quedaba en la casa para guardar las peras, con no poca pena de ambos, porque la pobre mujer y el pobre perro se querían entrañablemente.

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Así las cosas, sucedió que vino un invierno de lo más crudo y feroz que hasta entonces se había visto en aquellas regiones; después de grandes hielos la nieve cayó con tal abundancia, que los lobos acosados por el hambre dejaron los bosques y acudían reunidos en gran número atacar las habitaciones; fue una verdadera desolación para el país, y Miseria y Faro tuvieron que sufrir las consecuencias, porque las grandes ca <pág.329>lamidades a todos alcanzan, lo mismo a los ricos que a los pobres.

Una tarde que el viento soplaba con gran furia y la nieve caía formando remolinos con más abundancia que nunca, los desdichados procuraban calentarse el uno contra el otro junto al casi extinguido hogar, cuando sintieron llamar a la puerta.

Siempre que alguien se aproximaba a la cabaña, Faro ladraba con cólera, pero esta vez al contrario, no hizo más que gruñir dulcemente y mover el rabo en señal de alegría.

—Por el amor de Dios, dijo una voz lastimera, abrid la puerta a un pobre hombre que se muere de hambre y de frio

—Alzad el pestillo—, gritó Miseria; no se ha de decir que con semejante tiempo yo he dejado a una criatura de Dios en la calle.

El desconocido entró en seguida y parecía más viejo y más pobre aún que Miseria, puesto que solo llevaba para cubrir su desnudez una capa llena de remiendos y de girones.

—Sentáos, buen hombre, dijo la dueña de la cosa; no habéis sido muy afortunado en la elección pero en fin, todavía me queda algo con que poder remediaros.

En seguida echó el último leño en la chimenea y dio al viejo tres pedazos de pan y una pera, únicas provisiones que le quedaban. La lumbre se encandiló y el viejo hizo los honores a la cena con muestras de gran apetito, mientras que Faro le lamia los pies y Miseria se mostraba muy satisfecha de haber podido auxiliar a otro más necesitado que ella.

Cuando su huésped hubo concluido, lo envolvió en un viejo manto de tela grosera que le sirviese de abrigo y le hizo acostar en su cama de paja recogiéndose ella con el perro en un rincón junto a la chimenea.

Por la mañana, Miseria se despertó primero y como no tenía nada para dar a su huésped, resolvió salir a pedir si el tiempo le permitía! llegar hasta  la villa y se asomó a la puerta y la nieve había cesado de caer y el sol resplandecía como en la primavera. Al volverse para tomar su bastón y su cesta, se encontró con el huésped ya de pie y dispuesto a marchar.

—¡Cómol ¿Ya marcháis? le dijo.

—Mi misión está cumplida, replicó el desconocido, y es preciso que vuelva a dar .cuenta a  ml amo. Mo no soy lo que parezco; yo soy San Wanon, patrono de la parroquia  de Condé. Y he sido comisionado por Dios Todopoderoso, para ver cómo  mis feligreses practican la caridad, que es la primera de las virtudes cristianas; he llamado a las puertas de las autoridades y de los propietarios más ricos de Condé; he llamado a las puertas de los señoras y de los rentistas de Vicq, y todos me han negado la entrada, ninguno ha querido socorrerme; tú sola has tenido compasión de mi desgracia, y sin embargo, tú eres tan desgraciada como yo; Dios va a recompensarte; haz un voto y se cumplirá,

Miseria hizo la señal de la cruz, y poniéndose de rodillas

—Gran San Wanon, dijo juntando las manos, ya no me admiro de que Faro os haya lamido los pies; pero no es por interés ni por la esperanza de recompensa por lo que yo os he so comido, sino por caridad, además, yo no necesito de nada.

—Tú estás demasiado, desprovista de todo para no desear nada, dijo San Wanon habla, ¿qué es lo que quieres?

Miseria guardó silencio.

—¿Quieres —continuó el Santo— tierras de labor con el granero lleno de trigo, un bosque cubierto de leña o la despensa bien provista? ¿Quieres tesoros, quieres honores, quieres ser duquesa,  quieres, ser reina?

Miseria hizo con la calma un movimiento de desdén

—Un Santo que se respeta  no puede, sufrir desaires de una pobre miserable, añadió San Wanon; habla, o de lo contrario, creeré que rehúsas por orgullo.

—Puesto que vos lo exigís, gran San Wanon, respondió Miseria, voy a obedeceros. Yo tengo allá fuera en mi jardín un peral que me da muchas  y muy ricas peras; desgraciadamente, los pilluelos de la villa vienen a robármelas; me veo obligada a dejar al pobre Faro, que es mi única compañía en la casa para que las cuide. Haced, Santo mío,  que cualquiera que suba a mi peral no pueda bajarse sin mi permiso; esto es lo único que deseo.

-¡Amen! dijo San Wanon sonriendo de su simpleza. Y después de darla la bendición se puso en camino.

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III

La bendición de San Wanon  fue un verdadero talismán para Miseria, y desde este día jamás volvió a su casa con la cesta desocupada. La primavera <pág.330> sucedió al invierno, el verano a la primavera y el otoño al verano; los mozalbetes de Vicq viendo a Miseria salir con Faro, subieron al peral y se llenaron los bolsillos de peras, aún antes que estuviesen maduras, pero cuando quisieron bajar se encontraron que no podían moverse del árbol.

Miseria a su regreso los vio pendientes de las ramas y los dejó largo tiempo, echándoles luego el perro para que los persiguiera cuando se decidió a soltarlos; de resultas ninguno pensó en volver, y hasta los pájaros que solían antes merodear la fruta concluyeron por huir y no arrimarse al árbol embrujado, con lo cual Miseria y Faro Vivian tan felices como es posible en este valle de lágrimas que llamamos mundo.

Hacia fines de otoño un día que Miseria se calentaba al sol en su jardín, oyó una voz que gritaba:

—¡Miseria.....! ¡Miseria....! ¡Miseria!

Esta voz era tan Iamentosa y penetrante que la pobre mujer se puso a temblar como si estuviese azogada y Faro daba unos aullidos semejantes a los que los perros dan cuando olfatean algún cadáver.

La vieja se volvió y quedó helada ante la figura de un hombre alto, flaco, amarillo y viejo como un patriarca, con una hoz tremenda en la mano; Miseria había reconocido la Muerte.

—¿Qué quieres de mí, instrumento de Dios, le dijo con una voz alterada; qué vienes a hacer con esa hoz?

—Vengo a cumplir con mi obligación; vamos, mi buena Miseria, tu hora ha sonado y es preciso que me sigas.

—¡Tan pronto.....l

—¿Cómo pronto? Yo creí que me darías las gracias; tú tan pobre, tan vieja, y tan caduca todavía ¿crees que vengo pronto?‘

—Poco a poco, amigo mío, ni tan vieja ni tan pobre como tú crees; tengo provista la despensa y la leñera, y no cumpliré noventa y cinco años hasta la víspera de la Candelaria; en cuanto a caduca, todavía puedo sostenerme sobre mis piernas  tan derecha como tú, aunque me esté mal el decirlo.

-—¡Bah! tú estarás mejor en el Paraíso.

—Podrá ser; pero todo el mundo sabe lo que pierde y nadie puede saber lo que gana en cambio, dijo Miseria filosóficamente; además, mi muerte causaría mucha pena a Faro.

—Faro te seguirá, eso es lo de menos; vamos, despacha, que tengo prisa.

Miseria dio un gran suspiro.

—Concédeme, dijo después de una breve pausa, algunos minutos para arreglarme el pelo y ponerme un poco más limpia, que no es cosa de ir a que la vean a una las gentes hecha un asco.

La Muerte consintió y Miseria se puso un guardapiés de indiana con flores, que hacía treinta años heredó de una señora de Condé que al morir dejó la ropa a los pobres, una papalina de cotón blanco, y su viejo manto de Silesia muy usado, pero sin agujeros ni manchas, especie de gala reservada para los días y fiestas de gran solemnidad y ruido.

Cuando se estaba vistiendo dirigió una última y triste mirada a su pobre choza y su estimado jardín; pero al fijar la vista en el peral, una idea extraña le pasó por la cabeza y la hizo sonreír maliciosamente.

—Mientras yo acabo de vestirme, dijo dirigiéndose la Muerte, ¿quieres tener la bondad de subir a ese árbol y coger las tres peras que restan para comérmelas por el camino?

—No tengo inconveniente, contestó la Muerte. Y en seguida subió al peral, cogió las tres peras y quiso descender, pero no pudo conseguirlo—. Yo creo que este maldito peral está embrujado ...... .. ¡Miseria.....! ¡Miseria.....!

La vieja apareció en el dintel de la puerta y vio a la Muerte que hacia esfuerzos extraordinarios para desprenderse del árbol, pero a medida que con sus largas piernas se aproximaba al suelo, las ramas del peral tiraban hacia arriba, resultando de esta lucha un espectáculo tan grotesco, que Miseria no pudo contener una carcajada.

—¿Qué haces, vieja de los diablos? dijo con rabia la Muerte, — ¿por qué no me ayudas a bajar de este árbol maldito?

—Poco a poco, señor mío; yo no tengo ninguna prisa de ir al Paraíso; ahí está su merced muy bien y no se impaciente, que me parece que no han de afligirse demasiado por su ausencia los amigos que tenga por allá abajo.

Dicho esto, Miseria cerró la puerta y se entró en la casa dejando a la Muerte colgada del peral.

IV.

A! cabo de un mes como la Muerte no hacia su servicio ordinario, todo el mundo estaba admirado de que no hubiese ocurrido ninguna defunción ni en Vicq ni en Condé, ni  las otras aldeas inmediatas. La admiración fue todavía mayor al concluir el mes siguiente, y sobre todo cuando se supo que sucedía lo mismo en Valennciennes, <pág.331> Donai, en Lila y en toda la Flandes.

Jamás se había oído hablar de una cosa semejante, y cuando vino el año nuevo vióse en el almanaque que también pasaba otro tanto en Francia, en Bélgica, en Holanda, en Austria, en Rusia, y en fin en todas partes.

El año pasó y quedó demostrado que en los quince meses no había  un solo caso de muerte que registrar en todo el mundo; todos los enfermos habian curado sin que los médicos supiesen cómo ni por qué, lo cual sin embargo no había impedido que se atribuyeran el honor de las curas.

El siguiente año sucedió como en el anterior, y cuando llegó el dia de San Silvestre, de un extremo á otro de la tierra los hombres se abrazaban y se felicitaban de haber llegado á ser inmortales. Se hicieron regocijos públicos y hubo en Flandes una fiesta como jamás se había visto desde que el mundo es mundo. Los buenos flamencos no teniendo miedo a morir de indigestión ni de gota, ni de apoplejía, bebieron y comieron sin tasa, en términos, que al tercer día empezaron a escasear los comestibles y no se encontraba un vaso de cerveza, ni una gota de ginebra por un ojo de la cara.

Yo tengo dificultad en creerlo, pero las crónicas afirman que jamás el mundo fue tan feliz, sin que nadie sospechara que Miseria fuese la causa de esta dicha universal, porque ella, sin duda por modestia, a nadie había comunicado el secreto.

Todo fue a las mil maravillas durante diez, veinte y hasta treinta años; pero al cabo de este tiempo no era raro encontrar viejos de ciento diez y ciento veinte años, que ordinariamente es la edad de la última decrepitud; estas pobres gentes agobiadas por los años sufrían todo género de padecimientos; perdida la memoria, sordos y ciegos, privados del gusto, del tacto y del olfato, e insensibles para toda clase de goces, empezaron a conocer que la inmortalidad no es un beneficio tan grande como al pronto habían creído.

Por otra parte su presencia era un tormento perpetuo para los jóvenes; los más débiles permanecían siempre en la cama y no había casa que no se asemejase a un hospital de incurables; por último fue preciso acudir al medio de crear en todas las poblaciones grandes hospicios donde cada nueva generación pasaba la vida ocupada en cuidar de las precedentes, atacadas del mal de la inmortalidad.

Pero no es esto solo: como no se hacían testamentos no había herencias, y las generaciones nuevas no poseían nada en propiedad; todos los bienes pertenecían a los abuelos y bisabuelos, que no podían ni administrarlos ni gozar de ellos.

lnválidos los reyes por el exceso de los años los gobiernos se debilitaron, las leyes cayeron en desuso y muy pronto los inmortales, seguros de que no serían decapitados ni podían ir al infierno, se entregaron a todo género de crímenes; lo único que no había entonces eran asesinos, pero después se han desquitado.

En cada reino el grito de «viva el rey» se consideraba como sedicioso y fue prohibido con las penas más severas, á excepción de la muerte.

Hay más todavía; como los animales no morían tampoco, la tierra se cubrió muy pronto de habitantes, en tales términos, que sus frutos no bastaban para alimentarlos, y fue la escasez tan grande, que los hombres corrían por los campos medio desnudos en busca de alimento, sufriendo cruelmente el hambre y sin poder morir.

Si Miseria hubiera tenido conocimiento de este espantoso desastre, de seguro no hubiera tratado de prolongarlo ni aun a costa de su vida; pero habituada desde mucho tiempo a los sufrimientos, ella y Faro sufría mucho menos que los demás; esto sin contar que ambos se habían quedado sordos y ciegos, y Miseria no podía apercibirse de lo que pasaba a su alrededor, ni nadie se cuidó de hacérselo comprender.

Desde entonces los hombres formaron tanto más empeño en buscar la Muerte  como antes ponían en conservar la vida, y recurrieron a los venenos más activos y a los instrumentos más destructores para encontrarla; pero en aquellos tiempos en el arte de matar no se habían hecho tan rápidos progresos como ahora, y nada consiguieron más que estropear el cuerpo sin extinguir la vitalidad.

Considerando inútiles los esfuerzos individuales se decretaron guerras formidables; de común acuerdo y solo por tener el gusto de destruirse mutuamente, las naciones se arrojaron unas contra otras, pero solo consiguieron hacerse mucho mal sin matar un solo hombre.

Viendo el mal resultado de los medios materiales, se pensó en los científicos y se convocó un congreso llamado de la Muerte al que concurrieron médicos de las cinco partes del mundo, que hablaron mucho sin conseguir ponerse de acuerdo sobre ningún punto concreto. Entonces se ofreció un premio de cuarenta millones de reales al que descubriese un medicamento para curar la  enfermedad <pág. 332> de la Vida; todos los doctores escribieron Memorias proponiendo medios específicos, como si se tratara del cólera o de la fiebre amarilla, sin que los resultados fuesen más satisfactorios en la enfermedad común que le han sido después en las otras. La situación era grave y la calamidad más espantosa aún que el diluvio, por lo mismo que duraba más sin apariencias de concluir.

VI

Había por aquella época en Condé un médico muy sabio que hablaba siempre en latín y le llamaban el doctor De Profundis; era un excelente hombre que había despachado mucha gente para el otro mundo en sus buenos tiempos  sin haber tenido jamás el gusto de curar a nadie.

Un día, que volvía de comer  en casa del alcalde de Vicq; de resultas de haber bebido un poco másde lo ordinario, perdió el camino, y vagando por el campo vino a andar en el jardín de Miseria donde oyó una voz lastimera que decia: «¡Ah! ¡quién me librará á mi y librará a la tierra de la inmortalidad,  cien veces peor que la peste?»

El doctor levantó la vista y su alegría fue igual a su  sorpresa al reconocer la Muerte.

—¡Cómo! ¿sois vos, amigo mío? le dijo, ¿quid agis in hac pyro colgado?

—Nada de eso, doctor De Profundis; y he ahí lo que más me aflige, respondió la. Muerte; dadme a mano para bajar.

El buen doctor le alargó la mano, y la Muerte hizo tal esfuerzo para desprenderse del árbol, que le levantó  del suelo; el peral extendió sus ramas y De Profundis: quedó prisionero en compañía de la Muerte.

Al día a siguiente causó mucha sorpresa en el pueblo no verlo, pero se creyó que estaría en alguna aldea inmediata; viendo trascurrir días sin que pareciera se decidió enviar requisitorias que ninguna resultado dieron.

Dé Profundis era el primer hombre que había desaparecido de Condé después de muchos años; ¿es que ha encontrado el secreto de morir y él antes tan generoso se lo ha reservado para sí solo? se preguntaban unos a otros, y bajo la impresión de esta idea, todos los ciudadanos de Condé salieron de la ciudad en su busca, y tan bien registraron la campiña en todas direcciones, que al fin tropezaron con el jardín de Miseria. El doctor al verlos  empezó a agitar  su pañuelo gritando:

—¡Por aquí, por aquí!, amigos míos; venid; que aquí está la  Muerte. Bien decía yo en mi Memoria que los pantanos de Vicq que son  mortíferos; aquí está; yo la tengo en mis manos, pero non possumus descendere de este maldito árbol.

—¡Viva la Muerte! gritaron en coro los condesanos y se aproximaron sin desconfianza.

Los que llegaron primero alargaron la mano al doctor y a la Muerte, pero, quedaron colgados también; y otro tanto sucedía con los que iban acudiendo, de modo que el peral estaba cuajado de hombres, siendo lo más extraño, que iba creciendo y ensanchando a medida que aumentaba la concurrencia; esta llegó a ser tan numerosa, que formaba por el campo una cadena de hombres agarrados unos a otros; pero todos los esfuerzos de los que estaban en tierra no eran suficientes para desprender del árbol a  uno solo de los adheridos a él. Entonces les ocurrió cortar el peral por el tronco; inútil tarea, las hachas se mellaban a cada golpe sin poder arrancar ni una astilla.

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Sorprendidos, y sin saber qué partido tomar, se miraban unos a otros, cuando Miseria, que a pesar de su sordera había sentido el ruido, se presentó para averiguar la causa. No sin trabajo lograron explicarle lo que pasaba en el mundo, y comprendiendo el mal que, había hecho sin quererlo ni pensarlo

—¡Yo sola puedo librar la Muerte!, dijo, —y consiento en hacerlo, pero una condición, y es que la  Muerte no venga a buscamos ni a Faro ni mi hasta que yo la llame por tres veces.

—Corriente, vengan esos cinco, comadre—¡, dijo la Muerte alargando a Miseria su descarnada mano: yo obtendré de San Wanon que arregle con Dios este asunto.

—Descended, yo os lo permito, gritó Miseria con voz hueca y solemne; y la Muerte, el doctor y todos los demás cayeron a la vez del árbol, como si fueran peras podridas.

La Muerte puso manos a la obra en seguida y despachó a los que manifestaban más prisa; pero todos querían ser los primeros; considerando que la tarea larga imaginó formar para que le ayudase un ejército de médicos mandados por De Profundis, y gracias a esta idea pocos, días bastaron para que la Muerte, y el doctor con sus colegas, desembarazasen a la tierra del exceso de vivientes, y todo entró en orden. Los hombres de más de cien años, fueron los privilegiados para morir, y en efecto murieron, <pág-333> excepto Miseria, que se mantuvo firme, y después no ha llamado todavía ni una sola vez a la Muerte.

He aquí la razón por la que no falta Miseria en el mundo.

. DE LA P., El peral de Miseria. Cuento, 1870, XXVI, 328-33. F

  1. DE La P. Museo de las familias 1870   tomo I, vol. 26,  <pág. 328-333> (traducción de Charles Deulin, “Le Poirier de la Misère. Légende Flamande » )

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