EL MAR DE IS

by Cecilia González Reza

Is es una isla en la que viven 7 personas. El mar la tiene como hechizada y la rodea celosamente. Si vas ahí, el mar no te dejará salir, le dijeron a R los del buque mercante. A él le pareció una idea descabellada: como si el mar pensara. El mar es el mismo en todos lados, dijo él, en Is no, le dijeron. El buque Scrib Company, que pertenecía a una fábrica de lápices, lo dejó en Is un día de sol.

Los 7 habitantes de Is lo recibieron con limonada bajo la ceiba. Ceviche fresco. Todo era fresco porque no había refrigeradores en Is. R echó de menos un par de cubitos de hielo en la limonada. Hielito por la frente, por la nuca.

 —¿Qué te ha parecido Is?

R miró a su alrededor. Is era diminuta y arbolada, rodeada de un mar plateado. Preciosa. ¡Qué belleza! Pero… ¿pero qué? se preguntó R. Le estremecieron pensamientos inconexos como islas. Aislamiento. Ojos vigilantes. Soledad absoluta y muy poco íntima, se dijo R.

—Fantástica —sonrió.  

—Y no has visto nada —le dijeron.

Lo he visto todo, pensó R, que desde ahí podía ver, de hecho, casi todo. Bebió limonada.

La lista de los habitantes era corta. Una familia de tres: la señora y el señor M, la hija, D, una adolescente menuda, tímida y dulce. T era el cuidador del faro. El extraño X era el lechero. El barrigón de risa suelta, U, era el barquero. La anciana P era callada, de ojos mirones.

—¿A qué has venido a Is?

—A escribir.

La señora M insistió en que R se quedara con ellos.

D, con manos morenas, le sirvió a R un café bien cargado. El señor M tenía en Is una pequeña plantación de cafetos, unos viñedos y algunos olivos que daban buen aceite. D no era bonita, pero sus rasgos eran amables, sus movimientos graciosos. Es de esas mujeres que enamoran al tiempo de mirarlas, pensó R, que al poco se sorprendió a sí mismo mirando sus pechitos.

—¿Cómo llegaron a esta isla?

—Somos de Is.

—¿Y sus antepasados?

—Eran de Is.

R tuvo un raro presentimiento. Un aire le removió el cabello castaño. Era brisa que entraba por la ventana: olía a peces. R miró el mar por la ventanilla. La cerró.

—¿Han viajado al continente?

La señora M se rio.

—¿Y por qué haríamos eso, R?

R se encogió de hombros.

—Para ver mundo. ¿No ha visto, señora M, en los mapas, lo grande que es el globo?

—No somos ignorantes, R —contestó el señor M de mala manera. Luego sonrió—. No hay ningún sitio a dónde ir. ¡No hay mejor lugar que Is! Y él provee.

—¿Quién?

—El mar.

Por la tarde R salió a dar un paseo hasta el faro. Se encontró a la anciana P de camino, venía escuchando un caracol de mar, como si hablara por el celular.

—Buenas.

—Hola, señora P.

—¿Qué te ha parecido Is?

—Fantástica.

—Anda el mar bravísimo. Las olas son más altas hoy que ayer.

—¿Ajá?

—¿No andará pensando en irse, no?

—No. ¿Por qué?

—Por nada. Adiós.

—Adiós, señora P.

El faro se veía espectacular a la luz dorada del atardecer. R subió las escaleras de caracol. El señor T estaba ahí.

—Ah, R, eres tú. ¿Qué te ha parecido Is?

—Fantástica —resopló R—. ¿Han pasado muchos barcos, T?

—¿Barcos? Esos nunca pasan por aquí.

—¿Cómo?

—Yo nunca he visto un barco en mi vida, ¡figúrate tú! Dice la anciana P que tú llegaste en uno.

—En el buque Scrib Company, iba de paso. ¿Qué no lo viste desde aquí?

—Ah, no. Estaría mirando para otro lado. Obvio.

—Obvio —imitó R, perplejo—. Oye. ¿Pero y el faro?

—¿Verdá que es precioso? Al mar le encanta.

—¿Al mar? —R negó con la cabeza—. A ver, pero el faro es para guiar y orientar a los barcos y navegantes, para eso es la luz.

T asentía.  

—Ajá, ajá—T frunció el ceño—. ¿Y por qué tanto interés en los barcos? ¡Ya te ha tocado ver uno!

—Y para irse uno de Is, ¿cómo le hace si no pasan nunca barcos?

T se sobresaltó.

—Vete de mi faro —dijo, disgustado.

—Disculpa, ¿qué has dicho?

—Que te vayas.

R se dirigió, confuso, a las escaleras de caracol.

—Eh —lo detuvo T. R se volvió. La cara de T era sonriente otra vez—. Vuelve mañana, te invito a comer pulpo y cangrejo. Verás qué delicia.

R lo miró perplejo por un segundo. Luego se marchó sin decir nada.

Era demasiado. Lo de Is, determinó R, no es para mí, seré, a partir de ahora, escritor de la gran ciudad. R fue a ver al barquero. Quizás podría sacarlo de ahí esa misma noche, por una buena paga.

Se encontró con X de camino. Cargaba con dos botellas de vidrio con leche. X se detuvo sorprendidísimo.

—¡Vaya, qué coincidencia! —exclamó X.

—¿Qué?

—Encontrármelo de nuevo. ¡Lo acabo de ver esta mañana y lo veo hoy otra vez, al ocaso!

R miró a su alrededor. Veía el mar por todos lados. Is era una isla, joder.

—Ajá. Curioso —dijo R, por decir algo.

—¿No será que me está siguiendo, verdad?

Me estará tomando el pelo, pensó R. Se rio como toda respuesta.

—Bueno, adiós.

—Adiós.

El barquero era bonachón y alegre. Su barquita se mecía tranquilamente sobre las aguas mansas con destellos rosas y naranjas. El sol estaba a punto de meterse. El paisaje relajó a R. Él me entenderá, se animó R, U es una persona en sus cabales.

—¡Hola, R, qué gusto!

—Hola, U. ¿Me dejas subir contigo a la barca?

—Claro. Sube. Nos estaremos viendo seguido. ¡Estamos en una isla! Conviene hacernos amigos.

R se animó. U era una persona seria.

—¿Qué haces? —le preguntó R.

—Estoy pescando. Mira, en un rato he pescado ya cuatro.

—Y este colorido, ¿se come?

—Todo se come.

—Oye, U. Me quiero ir.

U miró las aguas del mar nerviosamente.

—¡Ah, ya! ¿A casa de los M, a descansar? Haces bien. Sí, señor.

—No, U. Me quiero ir de Is.  

U volvió a mirar al mar con ansiedad, se sujetó con una mano a la barca, inquieto.

—Ja, ja. Qué bromista.

—No es broma, U —se desanimó R—. Me quiero ir de Is.

La barca se agitó. Se golpeó contra el muelle y la madera crujió. Unas gotas de agua salada salpicaron la barca.

—Ha sido él.

—¿Un pez?

—Él. ¡Él!

R, desilusionado, susurró:

—¿El mar?

—¿Y quién más sino?

R volvió a casa de los M andando lentamente y sin ganas. Se hizo de noche. R nunca había visto estrellas tan brillantes. Las palmeras bailaban suavemente con la brisa. No había más ruido que el de las olas, los grillos y las chicharras.

Se encontró la silueta de D junto a la casa. Miraba el mar. R sintió deseos de acariciar su cabellera negra, debía oler a trópico.

—¿Qué haces aquí afuera?

—No puedo dormir —dijo D.

—Vaya. No creo que pueda dormir tampoco.

D lo miró.

—Te quieres ir de Is.

R sintió un revoloteo de esperanza.

—¡Sí! ¿Cómo lo sabes?

—El mar…

—Ya.

—Te ayudo.

—¿Me ayudarías, D? ¿En serio?

—Sí. El barquero está enamorado de mí. Lo alejaré de su barca y tú la robarás.

—¿No te da pena que le robe al barquero su barca?

—A cambio me tendrá a mí.

—¿No quieres escapar conmigo, D?

D lo miró extrañada.

—Bromeas ¿no?

R no dijo nada. Entró a casa por su maleta, su máquina de escribir y su sombrero.

Se dirigieron de nuevo, casi todo el camino en silencio, al muelle. Vieron a U durmiendo en su barca.

—Adiós, R.

D acercó su cara a la de R y lo besó. Él sintió, con agrado, su boca húmeda, sus labios generosos, su sabor a hierbabuena, su lengua resbaladiza y ágil. Olió su espesa cabellera negra. Trópico.

—Adiós, D.

D caminó hasta la barca. Despertó a U y lo llevó de la mano hasta la playa. R corrió hasta la barca, dejó ahí su máquina, su sombrero y su maleta. Soltó amarras. Comenzó a alejarse del muelle.

El mar se agitó de inmediato, golpeando con fuerza la barca. El cielo se ennegreció. Se soltó la tormenta y R tuvo que luchar por su vida. Perdió la maleta, el sombrero y la máquina de escribir. ¡El mar! ¡El mar de Is! Nunca me dejará partir.

Cuatro días después, azotado por el sol, deshidratado y moribundo, el buque Scrib Company lo sacó del agua.

R recobró la conciencia a bordo del buque.

—¿Otra vez ustedes? ¡Qué coincidencia! —se rio débilmente R, feliz de estar vivo.

—Escritores… —negó con la cabeza el marinero, divertido.

—¡Qué mar el de Is! No quería dejarme ir. El mar no dejará marchar a los 7 habitantes de Is.

Como si el mar pensara, se burló el marinero.

—No diga tonterías —dijo el tripulante del buque de lápices—. El mar es el mismo en todos lados.

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