Columna literaria "Esencia Humana" II

 

 

 

Cristiano

Todos lo observan entrar al vagón. Pantalones de mezclilla rotos, una playera del Real con el número 7, una diminuta mochila deportiva a la espalda, cabello rapado de los lados y un gran copete arriba. Pero nada de eso coincide con el cuerpo en el interior de las prendas: un viejo que mueve las piernas con dificultad y al que le toma varios segundos llegar al asiento preferencial al lado de la puerta. La mirada del resto de los pasajeros lo acosa. Él se sume en sus años. Dos mujeres frente a él murmuran.

El anciano explora su mochila; de ella se asoman dos papeles. Tose con fuerza, como expulsando la vejez. En la siguiente estación, entra otro pasajero, cargando la edad a cuestas, pero viste traje y corbata para llegar a su trabajo en algún rincón de Madrid. Inclina la vista hacia el futbolero; lo observa con desprecio y no le dirige otra mirada en todo el camino. Un grupo de niños recién llegados ríe al fondo del vagón.

Él baja al final de la línea mientras los últimos pasajeros desean nunca llegar a lucir tan ridículos. Pero él no presta atención: él sólo espera que esa tarde su nieto vea a Cristiano anotar en el Bernabéu.

Elik G. Troconis
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Columna literaria "Esencia Humana" I

 

 

 

 

­­La extremaunción de Don Juan

A un lado del lecho, el Padre Nicolás comenzó a recitar las debidas oraciones. Don Juan respiraba cada vez con mayor dificultad. La futura viuda, del otro lado de la cama con óleos perfumada, lloraba la pérdida inminente. Afuera de la habitación, el pueblo entero esperaba las noticias funestas; estaban todos emparentados por ser ahijados de Don Juan, ya fuera de bautismo, primera comunión, confirmación o incluso boda.

De pronto, el moribundo arrojó un suspiro en un intento por hablar. Su mujer le tomó la mano, pero antes de que se inclinara hacia él, Don Juan la detuvo con la poca fuerza que le restaba en el brazo. En cambio, miró al sacerdote, quien llevó su oreja al lado de los labios de Don Juan. Los ojos de la esposa se secaron y crecieron como dos lunas llenas mientras sus dedos despreciaron la mano de su marido.

Don Juan sólo le expresó tres palabras al Padre Nicolás:

    —No soy cristiano.

El párroco se irguió lentamente. Tomó una de las manos del hombre y la abrazó con las suyas apenas un segundo antes de que la mujer se convirtiera en viuda de manera oficial, exactamente con el repicar de las campanas de medio día. Ella miró al sacerdote.

    —¿Qué le dijo?

Él se puso de pie, marcó la señal de la Santa Cruz y abandonó el lugar. La viuda arrancó detrás de él mientras la muchedumbre entraba cual cascada a llorar a su padrino.

Elik G. Troconis
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