MADRE E HIJA

Éramos los tres. Josefina, Bingo y yo. Juntos en ese apartamento pequeño pero confortable que se convirtió en nuestro mundo. Nos replegamos por aquellas circunstancias, buscando refugio en un continuo interior doméstico. Primero caí yo. Hace unos ocho años, si mis cálculos no me fallan. El dolor se instaló en mi cuerpo y ya no me deja tranquilo. Después fue el turno de Josefina. Como no teníamos que preocuparnos por dinero —bastaba mi pensión por incapacidad para sostenernos—, ella se dedicó tiempo completo a la enfermería y al mantenimiento del piso. Su rutina se dividía entre la limpieza de la casa, la preparación de la comida y las atenciones que me dedicaba en los intersticios de esas dos ocupaciones.

JUANITA HINCAPIÉ MEJÍA (MUEC, 2018)
0
0

EL SUSTITUTO

23 de marzo de 2017

La alarma del despertador sonó aquella mañana con un tono que a Dani le resultaba chirriante. Odiaba tener malos despertares. Además, su vista en esos momentos todavía estaba nublada por el sueño. El calor de las sábanas y la comodidad que le ofrecía aquella gruesa almohada le impidieron levantarse, su cuerpo aun no respondía.

  Haciendo acopio de sus fuerzas, levantó el brazo, lo inclinó hacia la pared lateral del dormitorio y encendió la luz, a la que tardaría unos minutos en acostumbrarse. Todavía tenía los párpados entrecerrados, puso su mano derecha en la mesilla de noche en busca de su móvil, no lo logró encontrar, pero siguió buscando. Tenía que apagar aquella espantosa melodía.

  No esperaba ver a nadie a su lado, ni se le pasó por la cabeza comprobar con el tacto de sus manos la situación en el otro extremo de la cama. Cuando recuperó algo de visión, reparó en que el lado derecho estaba al descubierto, arrugado y ahuecado.

Alejandro Velarde Soriano
0
0