UNA ESPECIE

Madrid, 29 de noviembre de 2019

       Hay una especie de insecto insignificante, apenas visible al ojo humano, que se da de manera natural en zonas altas del Estrecho de Bering, entre América y Asia. Con dos pares de alas alargadas, cuatro pares de patas y un cuerpo dividido en dos partes, una más ancha y otra más estrecha, podría decirse que se asemeja a una hormiga voladora. Es su color morado pálido, muy distintivo de esta especie, el que acaba consiguiendo que se asemeje más al confeti o a una luciérnaga que a las hormigas, por lo brillante de la luz que refleja su cuerpo. Tiene un nombre impronunciable, así que no me molestaré en escribirlo, pero sí mencionaré su característica más remarcable, y que hace de este insecto un ser vivo único en el mundo: tiene una tendencia natural a la autodestrucción.

Javier Quevedo
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CONTRADICCIONES

barra

          Era un bar diferente. La luz entraba torcida por las cristaleras y se reflejaba en las grandes esferas de vidrio ambarino que colgaban del techo. Esparcidos por las paredes y el suelo, los rayos del sol daban al local el aire fresco de un amanecer divino. Sin embargo, aquella luz aureolada no conseguía penetrar en las personas, que seguían siendo sombras oscuras que deambulaban por el local, se sentaban en cualquier banqueta a beber o tomar algo y abrían cuadernos misteriosos con anotaciones en los márgenes. Los cristales estaban limpios, las cortinas no. Las mesas estaban ordenadas, las sillas no. El techo era hermoso, de madera tallada con frescos y cenefas barrocas, pero el suelo deslucía el lugar con un estampado pedregoso de imitación dudosa. La cafetera nueva y reluciente contrastaba con un congelador horizontal olvidado que parecía contener toda la historia del local y que reposaba desvencijado en un rincón. Era el tipo de congelador que nadie se atrevería a abrir por miedo a lo que pueda uno encontrar en su interior: hay cosas que es mejor no saber.

          Los camareros se movían de una punta a la otra de la barra sirviendo cafés e infusiones en tazas blancas y rojas. Su movimiento provocaba una ligera brisa cálida que apagaba la corriente fría que entraba por el resquicio de la puerta. El vapor escalaba el aire al salir de la cafetera, las gotas de agua se desprendían del grifo oxidado y se sumergían en la rendija infinita del sumidero. Del presente a la eternidad. Pureza e inmundicia. Olía a plancha y a croissant horneado.

          Un viejo abrió la puerta de par en par y se sentó en el extremo más alejado de la barra. Llevaba un abrigo largo y sucio que arrastraba por el suelo y que estaba lleno de pelos de perro. En la piel muerta de su rostro brillaban un par de ojos oscuros y una mueca que pretendía ser sonrisa. Nadie se fijó en la mochila que llevaba puesta y que no se quitó al acomodarse en la barra. Era grande y gris, como si llevara un montón de tormentas dentro. El aspecto desabrido del cliente no impidió que fuese atendido rápidamente por el camarero más joven.

          —Póngame un café descafeinado, por favor. Acompañado de una despedida sin amargura.

          —No servimos todos los imposibles aquí, señor. Lo siento.

          —Olvide el café, entonces.

          El camarero, algo confundido, se fue al almacén a buscar algo que sabía no iba a encontrar. Dio un par de vueltas, movió un par de sacos, y volvió a la barra para prepararle el café al señor. Se lo sirvió, callado, y esperó una reacción del cliente que nunca llegó. Después le preguntó lo que preguntaba a todos los demás, como si no hubiera pasado nada anodino.

          —¿Algo de comer para acompañar el café?

          —Sí, por favor. Un pan sin gluten con aceite y tomate. Y un amor sin desafecto, si tiene.

          Ya no supo cómo reaccionar. Se dio la vuelta para poner el pan en la tostadora y esperó a que se calentaran sin darse la vuelta. El hombre no hizo ningún ruido, ni un solo ademán de inquietud. Solo esperaba. El camarero le sirvió sus tostadas e ignoró lo demás. Luego fue al baño, se lavó la cara y se miró al espejo un tiempo: ojos rojos, nariz torcida, frente arrugada, barba desaliñada… Era un esperpento. El pelo, sin embargo, brillaba entre rizos y curvas recogidas en un moño alto. Era moreno, de tez y de cabello, con ojos claros y verdes. Salió del baño lo más seguro que se puede estar de que no vivir un sueño. Y se encontró con el hombre de frente nada más entrar por la barra en el gran vestíbulo del bar.

          —¡Solo una cosa más, por favor! ¡Escúcheme, solo una más! Póngame un recuerdo, solo uno, sin una gota de melancolía. Le pagaré lo que sea, pero permítame recordar tranquilo. ¡Se lo pido de rodillas!

          Y el hombre, efectivamente, se puso de rodillas para pedir aquel sinsentido a un camarero enfadado que le miraba desde el otro lado de la barra.

          —Verá, señor, eso que pide no lo hay ni aquí ni en ningún otro bar del mundo. Ni en ningún otro lugar del mundo. ¡No existe! Aquí solo se han hecho realidad las contradicciones más absurdas. ¡Así que deje de joder, maldita sea!

          El cliente parecía algo decepcionado con la respuesta, pero no sorprendido. El camarero, que había gritado aquella frase como para protegerse, se arrepintió enseguida del tono que había utilizado. Cambió el enfado por una comprensión algo abatida de la locura de aquel pobre hombre, y salió de la barra, se le acercó, y lo abarcó entre sus brazos mientras lo ayudaba a levantarse y recomponerse.

            — Si alguna vez llega a encontrar lo que busca, por favor, avíseme. Seguiré aquí, en este bar, esperando otro cliente como usted que me devuelva la fe en la vida.

Javier Quevedo
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1. CALLE RIOJA

Madrid, 18 de noviembre de 2019

Todo está dispuesto para que el abuelo se mude a la residencia de ancianos. Aunque le costó aceptarlo, poco a poco aceptó que era lo mejor que podía hacer, e incluso empezó a entusiasmarse con las clases de dibujo, los viajes culturales y las noches de espectáculos que allí se ofrecían. Todo estaba dispuesto y todo iba por el cauce adecuado hasta que hoy le hemos dicho, finalmente, que su residencia se encuentra en la calle Rioja.

Javier Quevedo
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LA BELLEZA SALVARÁ AL MUNDO

La belleza nunca podrá salvar al mundo. Pero, lo primero que debemos de aclarar es a qué nos estamos refiriendo cuándo hablamos de salvar al mundo. Desde mi punto de vista “salvar al mundo” no es otra cosa que salvarnos a nosotros de nosotros mismos a través de acciones encaminadas a la autoconservación y, por ende, la conservación del planeta en el que vivimos y, sin el cual, no podríamos seguir viviendo.

Sergio Domingo Galcerá
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"Si ella supiera..."

          

  "Si ella supiera…"

            El día estaba lluvioso. Las nubes cubrían todos los ángulos del atardecer y no dejaban espacio al ímpetu descontrolado del sol. Por momentos, y de manera residual, se podía ver el reflejo sanguinolento de su luz recogido en los bordes de las nubes más gruesas. Pero, en seguida, el cielo volvía a cubrirse de gris y las calles volvían a cubrirse de oscuridad. Hacía frío. La suave lluvia empapaba la sequedad del aire y limpiaba las aceras de la rutina.

Figuras informes patinaban por la superficie cubiertas en mil capas de abrigos impermeables. Algunas llevaban aparatosos cascos que les impedían oír el rumor callado de las gotas que caían sobre sus cabezas. Ni una voz, ni una palabra, acompañaba el movimiento de las cebollas algodonadas que se movían de aquí para allá como rodando cuesta abajo sin capacidad para frenar, sin conocimiento, sin conciencia de vivir.

            Cuando caminas entre estas figuras por calles grises y cielo encapotado, es difícil abrir los ojos y los oídos al mundo. Parece más agradable, más sencillo, parapetarse en la individualidad y olvidar las cenizas que dominan el paisaje urbano después del avance del fuego. Pero lo más sencillo no es lo más agradable, ni al revés, y a veces es necesario sufrir, sacrificarse un poco, para encontrar el verde que resplandece sobre la tierra oscura que inunda la lluvia.

            Si ella supiera…

            Caminaba perdida por la plaza, como si no supiera qué hacer en medio de tanta oscuridad. Su luz era evidente, atraía a los ojos y se reflejaba sobre la superficie mojada para llenarla de vida. No llevaba capas, no era cebolla, sino que exponía sus brazos, sus piernas y su cuello al agua gris que nos caía encima y que parecía rebotar en su piel dorada. Sus ojos buscaban alguna señal en el mar de asfalto mientras su melena, ligeramente mojada, se agitaba de un lado al otro de sus hombros contradiciendo la dirección que estos tomaban.

            Caminar, seguir adelante, resguardarse. Olvidarse de existir. El resto de personas seguía embotada en sus mantras incuestionados, concentrados en la idea de que dentro de su pompa el invierno es menos frío, la tristeza menos húmeda, la lluvia menos fuerte.

            Pero se equivocaban. Se equivocan.

            Creo que, en un momento, cruzamos la mirada. Puede incluso que penetrara mis ojos, leyera dentro de mí y descubriera lo mucho que me gusta beber agua salada. De lo que sí estoy seguro es de lo que yo vi: ella y sus colores brillando fuerte, deslumbrando el escenario oscuro que nos rodeaba… Creo que era el único que podía verla porque el resto, dentro de las pompas, no era capaz de ver más allá de su barrera. La luz que ella irradiaba me poseyó por completo: se recostó en mis labios y se deslizó como una chiquilla por el tobogán de mi lengua hacia lo más profundo de mí. Allí encendió una vela, guiñó un ojo a la llama, y se escabulló rápidamente para volver a su nido en la sonrisa de la chica, que ya se alejaba por detrás, camino de algún callejón oscuro.

            Si ella supiera…

            Con aquella pequeña luz en mi interior respiré un poco más aliviado, entré en calor dentro de mis capas y seguí el camino con un rayo de luz verde en los ojos.

Javier Quevedo
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¿VIVIR?

“Perdonadme: he dormido.

Y dormir no es vivir. Paz a los hombres”.

Vicente Aleixandre

 

Vivir. ¿Qué es vivir? A veces vivir se parece a la muerte. A veces vivo queriendo morir, y al estar muerto querré vivir, supongo. Pero entonces no habrá tiempo.

Javier Quevedo
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