LÓPEZ OBRADOR, PRESIDENTE A LA TERCERA EN UN TRIUNFO HISTÓRICO

Madrid, 6 de julio de 2018

Andrés Manuel López Obrador ganó el domingo las elecciones presidenciales en México, lo que provoca que se encamine hacia un poder absoluto nunca visto. En su tercera candidatura, el político progresista logró batir a sus rivales, y alcanzar el poder con un 53,19% de los votos y 30 millones de sufragios, convirtiéndose así en el presidente más votado de la historia de su país. El resultado del domingo, que alzó a la presidencia y a otros cargos a un partido que hace seis años no existía, Morena, y que al mismo tiempo hundió a los partidos tradicionales, inaugura una nueva era en el país, y frena en seco las victorias conservadoras en América Latina, con un triunfo contundente por parte de AMLO, que, esta vez, lo ha hecho todo bien y ha llegado por fin a la meta.

Andrés Manuel López Obrador celebra su victoria en el Zócalo de Ciudad de México (FOTO: Twitter)

Las encuestas coincidían desde hace meses en que López Obrador, que lideró el gobierno del Distrito Federal entre 2000 y 2005 y que había quedado segundo en las presidenciales de 2006 y 2012, acusando de fraude electoral a sus rivales, era por mucho el favorito máximo a ganar estos comicios, con una ventaja media de entre 25 y 30 puntos sobre sus perseguidores. Este pronóstico, pese a que la oposición tenía la esperanza de que los sondeos estuviesen equivocados, se confirmó el domingo, con una victoria que no tiene parangón en la historia de México. El Peje, como le conocen sus partidarios, pasó la barrera simbólica de los 20 millones de votos, mejorando así los resultados de los presidentes más votados de la historia.

El triunfo de López Obrador es la derrota de los viejos partidos del sistema mexicano, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), al que pertenece el actual presidente, Enrique Peña Nieto, y el Partido de Acción Nacional (PAN), cuyo candidato, Ricardo Anaya, obtuvo el segundo lugar, a mucha distancia del vencedor. Las imposibles coaliciones que se organizaron para intentar remontar el vuelo y obtener un resultado respetable en la actual situación de crisis política no fueron suficientes, y tanto Anaya como José Antonio Meade, el candidato del PRI, obtuvieron pésimos resultados. El domingo, México hizo una apuesta clara por cambiar la historia. La pelota está ahora en el tejado de López Obrador.

AMLO entra por fin en el Palacio Nacional

La plaza del Zócalo de Ciudad de México, lugar emblemático de la capital azteca, se llenó el domingo de simpatizantes de Morena y de los otros partidos que formaban la coalición Juntos Haremos Historia. El triunfo indudable que señalaban las primeras encuestas era motivo suficiente de celebración, y por ello, a medida que los resultados oficiales daban la medida de la victoria, el volumen de la fiesta iba aumentando. En su aparición ante sus simpatizantes, Andrés Manuel López Obrador agradeció a todos su apoyo, declarando “Llamo a todos los mexicanos a poner por encima los intereses personales por legítimos que sean. Hay que poner por encima el interés superior”, y prometiendo que no fallaría a nadie.

Con este importante triunfo, AMLO consigue por fin llegar a la presidencia mexicana, un puesto que ambicionaba desde hacía muchos años, y que se le había escapado ya en dos ocasiones, las elecciones de 2006, vencidas por el panista Felipe Calderón por menos de un punto, y recurridas hasta la saciedad por López Obrador, que llegó hasta el extremo de proclamarse presidente legítimo de México en un acto que transcurrió en la misma plaza en la que doce años después proclamó su victoria, y las de 2012, en las que de nuevo acusó de fraude a sus rivales, pero en la que su rival, en este ocasión el priista Enrique Peña Nieto, obtuvo tres millones y medio de votos más que él. Por ello, muchos dudaban de que López Obrador consiguiese finalmente su objetivo, y dudaban también de las encuestas que, hacía meses, le colocaban a una distancia sideral de sus rivales. Finalmente el futuro presidente logró desmentir los pronósticos negros contra él.

Una clave de su éxito en estas elecciones ha sido su salida del Partido de la Revolución Democrática (PRD), fundado en 1989 por el líder emblemático de la izquierda mexicana Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente Lázaro Cárdenas, y la creación de una nueva plataforma política, el Movimiento de Regeneración Nacional, para dar su tercer y definitivo asalto a la presidencia. Con Morena, AMLO supo aprender lo mejor de la experiencia con el PRD, y tener la fuerza de un partido nuevo y con mayor penetración en las capas sociales. López Obrador ha conseguido hacer de su partido, al que ha sumado dos formaciones, el progresista Partido del Trabajo y el conservador Partido Encuentro Social, un movimiento transversal que ha alcanzado a muchos votantes, y que ha provocado esta riada de votos a favor del nuevo presidente.

Andrés Manuel López Obrador, con Cuauhtémoc Cárdenas (FOTO: Twitter)

Durante esta campaña, López Obrador, que apareció más maduro ante el público que en las dos anteriores elecciones, apenas cometió errores, saliendo vivo de todos los debates, y centrándose en las propuestas frente a los ataques personales de sus rivales. Sin perder de vista las encuestas, AMLO ha hecho campaña hasta el último día, viajando a todos los puntos del país y luchando por cada voto. Es por ello que su victoria estaba asegurada, ese triunfo que le ha convertido en el presidente más votado de la historia de México, y que le abre de par en par las puertas del Palacio Nacional, donde trabaja el presidente mexicano, doce años después de lo que le hubiese gustado. Pero nunca es tarde.

El PAN paga su coalición

Ricardo Anaya abraza a su mujer tras reconocer su derrota (FOTO: Twitter)

Para el Partido de Acción Nacional, principal fuerza conservadora de México, la fecha del 1 de julio de 2018 llevaba marcada en rojo seis años. La derrota en las presidenciales contra Peña Nieto abrió un proceso de reflexión en el PAN, que consiguió recuperar pulso político ganando elecciones en algunos territorios del país durante la legislatura, venciendo siete de 12 gobernaturas en juego en 2016, e intentando construir un proyecto ganador para 2018. Sin embargo, la que debía ser la noche soñada del regreso al poder seis años después de abandonarlo se convirtió en una pesadilla.

Para muchas personas dentro del partido, el responsable de esta derrota es el propio candidato, Ricardo Anaya Cortés, de 39 años, artífice de la coalición Por México al Frente, que unió al PAN con dos formaciones progresistas, el PRD y Movimiento Ciudadano, y que acabó coronando al propio Anaya como cabeza de cartel. Algunos sectores del PAN criticaron fervientemente la intención del candidato, que había presidido el partido entre 2014 y 2017, con un breve lapso de tiempo, y al que acusaban de alejar a la formación conservadora de sus caladeros tradicionales de voto en busca de una estrategia que le permitiese luchar por los votos de López Obrador pero que desnaturalizaba la historia del PAN. En la noche de la derrota, muchos ojos se ponían en Anaya y en su coalición.

Hace un año, parecía imposible que la lista del PAN no fuese liderada por otra persona que no fuese Margarita Zavala, la esposa de Felipe Calderón, y heredera de diversas tendencias importantes en el interior del partido. Zavala estaba por delante de Obrador en algunas encuestas, y parecía la elegida. Sin embargo, algunas maniobras internas en el partido, lideradas supuestamente por Anaya, finalizaron con la salida de la exprimera dama del PAN y con la campaña por hacer. No era la primera vez que Anaya se deshacía de un peso pesado del partido, pues logró derrotar a Gustavo Madero, que había sido su benefactor en su rápido ascenso en el PAN, en las elecciones a la presidencia de la formación, algo que muchos entendieron como una traición por parte de Anaya. Ya sin Zavala, Anaya consiguió teledirigir el proceso para ser elegido candidato de su partido a la presidencia de México, y desplazando a un candidato más, el jefe de gobierno de Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, del Movimiento Ciudadano, que ambicionaba la candidatura de la coalición Por México al Frente.

Durante la campaña, Anaya nunca se ha acercado lo suficiente a López Obrador en las encuestas, insistiendo en cargar contra él, aun cuando El Peje salía indemne de todos los ataques, y no ha sabido bien cómo convivir con el PRI, al que se veía obligado a atacar, pero al que llegó a aproximarse con una propuesta de alianza a la desesperada para detener a AMLO. En ningún momento el candidato panista consiguió presentarse como la alternativa a Obrador y el depositario del voto útil, que pidió hasta el último suspiro de la campaña. Asimismo, las acusaciones de corrupción, que el candidato del PAN achacó al PRI, han mellado sus opciones de triunfo. En su discurso de derrota, Anaya reconoció que no había sido capaz de personificar “el cambio sensato”, obteniendo únicamente el 22,5%, tres puntos por debajo del resultado de 2012. Se abre un nuevo futuro en el PAN, en el que previsiblemente el derrotado candidato no estará.

La noche más dura del PRI

En la noche de las presidenciales, el presidente Enrique Peña Nieto convocó en Los Pinos a un buen número de miembros de su gobierno para seguir juntos el resultado de los comicios. Seis años después, había sido él, tras una meteórica carrera política en el interior del PRI, el partido hegemónico del país tras la caída del porfiriato, quien había liderado el recuento, obteniendo casi 20 millones de votos, y superando así al último priista que había ganado unas presidenciales, Ernesto Zedillo, quien, en 1994, tuvo 17 millones de votos. Sin embargo, más de un lustro después, Peña Nieto se ha convertido en una figura oscura que ha arrastrado al infierno político a su partido, y a su candidato presidencial, José Antonio Meade Kuribreña.

La elección de Meade como candidato fue por eliminación. Durante años, el favorito para liderar la lista del PRI era Miguel Ángel Osorio Chong, aunque también sonaban otros candidatos como el gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, el secretario de Salud, José Ramón Narro, el presidente del PRI Manlio Fabio Beltrones, y la secretaria de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz-Massieu. Sin embargo, a medida que pasaban los meses, fue apareciendo la posibilidad de que Meade, que había ejercido diversos cargos con Peña Nieto, pero también con su antecesor, Felipe Calderón, fuese el candidato. La decisión se tomó sin casi proceso interno, en noviembre de 2017, convirtiendo a Meade, hijo de un alto cargo del PRI, en el primer candidato del partido que no tenía carnet del mismo, lo que acabaría siendo letal para él.

José Antonio Meade reconoce su derrota (FOTO: Twitter)

José Antonio Meade tenía ante sí una tarea casi imposible, la de vender ante el electorado a un PRI moderno alejado de las acusaciones de corrupción y de la insatisfacción por la gestión presidencial. Tenía, sin embargo, hechuras diferentes, con un perfil tecnócrata, una exitosa carrera como economista y con un tono diferente del de Peña Nieto. No ha sido un mal candidato, llegando a ser el único que repuntaba en los últimos días de campaña, pero el aumento del crimen, la corrupción y la pujanza de Andrés Manuel López Obrador han podido con él. Visiblemente emocionado, reconoció su responsabilidad en la contundente derrota priista, y pidió al nuevo presidente “un país para todos, donde se gobierne con responsabilidad”.

Muchos en el cuartel general del PRI recordaban la noche del 2 de julio de 2000. Entonces, el candidato de la formación, Francisco Labastida, se convirtió en el primer postulante a la presidencia del PRI en ser derrotado en unas elecciones de este calado, cayendo contra el panista Vicente Fox. Sin embargo, la derrota del domingo es infinitamente más grave que la de 2000, ya que, además de la presidencia de México, han perdido dos de las nueve gobernaturas que se votaban también este domingo, y un buen porcentaje de su poder en las dos cámaras del congreso mexicano. Reinventarse para el PRI parece hoy infinitamente más difícil que hace 18 años, con la particularidad de que esta derrota presidencial ha sido aún más dura que la de 2000. El 1 de diciembre, empieza la travesía del desierto para el PRI. Solamente el tiempo dirá si acaba algún día.

Morena barre México

Los resultados de las elecciones del domingo dieron a Morena una mayoría absoluta en los comicios presidenciales, la primera desde la polémica elección de 1988, y un apoyo casi unánime en todos los estados del país. Solamente en uno, Guanajuato, López Obrador no fue el candidato más votado, siendo derrotado por Ricardo Anaya por más de 200.000 votos. El éxito para el partido fundado en 2014 es total, y va mucho más allá del claro triunfo de AMLO en las presidenciales.

La coalición Juntos Haremos Historia consiguió también la mayoría absoluta en ambas cámaras del congreso. De los 500 escaños de la Cámara de los Diputados, 312 serán ocupados por miembros de la coalición presidencial de López Obrador. Morena ha obtenido además 193 escaños, superando en más de 100 asientos al segundo partido, el PAN, que ha perdido 28 escaños respecto de la pasada legislatura, aunque el descenso más grande lo ha registrado el PRI, que ha pasado de 204 a 42 parlamentarios. En el Senado, el resultado ha sido más modesto, colocándose la coalición Juntos Haremos Historia cinco parlamentarios por encima de la mayoría absoluta, aunque el control de ambas cámaras es absoluto, y garantizará a AMLO una cómoda mayoría parlamentaria con la que construir su poder durante su sexenio en la presidencia.

En cuanto a las nueve gobernaturas que se votaban, la coalición ha conseguido éxitos netos, ya que llegaba sin controlar ningún estado, y que ha conseguido la victoria en cinco. En Chiapas, un estado gobernado por el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) durante los últimos años, el ganador ha sido Rutilio Escandón, de Morena, con un 39,9% de los votos. Otro candidato de Morena, Cuitláhuac García, se ha proclamado vencedor, con un 43,70% de los votos, en las elecciones de Veracruz. El triunfo más contundente ha sido el de Adán Augusto López, candidato de Morena en Tabasco, que ha ganado con un 61,92% de los apoyos.

Los dos triunfos más importantes se han producido en el estado de Morelos, donde el exdelantero de la selección mexicana y de equipos como el América y el Real Valladolid Cuauhtémoc Blanco ganó, con un 52,45%, las elecciones como candidato de Encuentro Social, en coalición con Morena, y, sobre todo, en Ciudad de México, donde la candidata de Morena Claudia Sheinbaum pasó a la historia al ser elegida jefa de gobierno, con un 47%, acabando así con uno de los feudos de poder del PRD. El resultado general de todos estos comicios deja claro que México comienza una nueva etapa en su política, en el que Morena ha conseguido un éxito en todo el país, lo que da a López Obrador una gran victoria, pero también una gran responsabilidad.

Los retos del Peje

Andrés Manuel López Obrador y Enrique Peña Nieto, durante su reunión (FOTO: Twitter)

No será hasta el 1 de diciembre cuando Andrés Manuel López Obrador tomará posesión como presidente de México, pero pese a ello, tiene bastante trabajo. Los primeros pasos que se han dado han incluido una reunión entre el nuevo presidente y su antecesor, Enrique Peña Nieto, en el que el priista confirmó a su sucesor su voluntad de trabajar con él en los próximos meses. López Obrador también se encontró con Cuauhtémoc Cárdenas, hijo y sucesor de Lázaro Cárdenas, con el que lleva peleado casi 20 años, pero con el que se ha reunido tras su triunfo. Aún se desconoce la agenda que el nuevo presidente tendrá, aunque sí que se conoce su gabinete, que será el primero paritario de la historia de México, con ocho mujeres y ocho hombres, e incorporará a personas de la confianza del nuevo presidente, como Olga Sánchez Cordero, que será secretaria de Gobernación, o Héctor Vasconcelos, secretario de Asuntos Exteriores, y a políticos como experiencia, como Esteban Moctezuma, quien fue secretario de Gobernación y Desarrollo Social en la presidencia de Ernesto Zedillo.

Sobre la mesa del Peje en el momento mismo en que se encargue de la presidencia, habrá un sinfín de temas, siendo el más importante la lucha contra el crimen. Esta ha sido una de las campañas más sangrientas de la historia de México, con más de 130 políticos asesinados, y también periodistas y ciudadanos anónimos. La inseguridad y el crimen han incrementado exponencialmente en los últimos años, durante la presidencia de Enrique Peña Nieto, y López Obrador ha asegurado un plan de choque con algunas medidas polémicas, como la amnistía a los traficantes de drogas como una forma de luchar contra el narcotráfico. Asimismo, la corrupción, manifestada también de manera incrementada en el pasado lustro, con detenciones de políticos relacionados tanto con el PRI como el PAN, y el estallido del escándalo Odebrecht, que ha hecho estragos en otros países, como Perú o Brasil, ha sido uno de los principales temas de esta campaña. En este sentido, AMLO ha prometido luchar contra el Fondo Monetario Internacional (FMI), a quien acusa de muchos de los problemas del país.

López Obrador también se ha comprometido a otras medidas, como la eliminación de las pensiones a los expresidentes, o una política macroeconómica diferente, que tendrá que aplicar según llegue al poder. Lo que es cierto es que, tras dos intentos fallidos, AMLO ha alcanzado su objetivo. Parecía difícil que lo hiciera con un partido, el PRD, con el que acabó muy mal, y en una situación internacional como la generada por la presencia de Donald Trump, uno de los primeros en felicitar al candidato de Morena tras su elección, en la presidencia de los Estados Unidos. Tras muchos años de aprendizaje en el sistema mexicano, López Obrador ha aprendido lo mejor y lo peor de cada partido, y ha sido capaz de fundar un proyecto que ha ido más allá, y que le da el mandato personal más grande de la historia de México. No gana Morena, gana López Obrador.

Asimismo, con su contundente triunfo, Andrés Manuel López Obrador ha conseguido frenar el largo historial de derrotas de la izquierda latinoamericana, y espera abrir una nueva fase. En el discurso pronunciado en la plaza del Zócalo, el presidente electo afirmó “Escucharemos a todos, atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los más humildes y olvidados, en especial, a los pueblos indígenas de México. Por el bien de todos, primero los pobres”, recordando un compromiso que el líder ha mantenido siempre con la gente más pobre y con más necesidad. Ya en la presidencia, sus acciones dirán si cumple estas promesas, o si, por el contrario, cambia de política, pero su triunfo ya es histórico.

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