COMPLUTENSES

 

 

Una de las primeras misiones que recuerda es la de recoger. El primer trabajo, recolectar, anidar en la mano.

Una, dos, tres.

Y mamá seguía el camino, delante, con el coche aparcado en un punto de la avenida. Una, dos, cinco ya reposando encima de su carne blanca. Cerró la palma como un cofre: el tesoro del crujido de la hoja.

- ¿Tienes ya todas?

Ella respondía que aún no, ni siquiera las distinguía. Ya crecida repetiría la misión de intentar averiguar de qué tipo eran. Las hojas, todo esparcido en una lengua ocre encima de la plaza, entre las facultades.

- Hay que coger una de cada árbol, así las podremos poner en el álbum.

Primeros pasos entre las pieles de mamá y el otoño, luego la tierra fría que significaría el invierno. ¿Todas ya? Excitación bajo la derme.

Aún te faltan de tres tipos.

Las piezas del rompecabezas de papel en casa, todo plegado, seco, las hojas ordenadas con los verdes viejos y las tonalidades resecas. Mamá decía que era una de las primeras tareas en biología, “trabajo de campo”.

- Son del mismo color que el ladrillo, ¿te has fijado?

Y ella miraba hacia el cuadrilátero desierto del domingo, algunas de las hojas se deslizaban hacia la boca del metro, mezcladas con anuncios, números de teléfono, nombres turbados en la alfombra universitaria

de las fiestas (algún cristal, vidrios de colores) que sobre los adoquines marcaría el rumbo de las generaciones dirigidas a pasar de hoja, a pasar de fase.

- ¡Y la última!

Pequeña, sonriente.

Una, dos, tres.

Veintitrés tipos de hojas. Perennes, caducas. Mamá nunca sería una hoja caduca sino la bióloga recolectora de vidas y sueños, la tierra fértil del otoño que aguarda primaveras. Ella y su hija, hojas perennes.

Una, dos, tres.

Y a la salida de la boca del metro guardó la tarjeta, guardó su móvil, volvió a ver la alfombra infinita de los colores marrones, la mochila en una mano, la estatura digna de una adulta, la cabeza llena de esperanza redactada en papeles de hoja perenne.