ITALIA VUELVE A REPETIR LA ELECCIÓN INFINITA

by Felipe Manchón Campillo

 

ITALIA VUELVE A REPETIR LA ELECCIÓN INFINITA

Madrid, 8 de marzo de 2018

Parece un lugar común, pero es cierto. La política italiana ha sido sinónimo de inestabilidad en las últimas dos décadas, a partir de la quiebra del viejo sistema bipartidista en los años 90 por la extrema corrupción e infiltración mafiosa. Esto desembocó en la aparición de nuevos partidos, y de gobiernos dramáticamente débiles que forzaron al país a nuevas elecciones y a ejecutivos técnicos para resolver la situación. La última cita de los italianos con las urnas se produjo el pasado 4 de marzo, y confirmó todas las apuestas, volviendo a colocar al país en una situación de ingobernabilidad aún más grave que tras las elecciones de 2013.

Estas elecciones han tenido dos ganadores. En términos absolutos, el partido más votado ha sido el Movimiento 5 Estrellas, que ha obtenido un 32,66% de los sufragios, y 223 escaños. Sin embargo, el bloque vencedor ha sido el del centro derecha, que unirá sus votos en el Parlamento transalpino para hacer posible la elección de un candidato común, y que ha obtenido un 37% de los apoyos, y 263 asientos, muy lejos de los 315 que dan la mayoría absoluta. Dentro de este bloque, la xenófoba Liga Norte consiguió superar a Forza Italia, el partido de Silvio Berlusconi. El Partido Democrático, que llevaba en el gobierno desde 2013, cayó por debajo del 20% de los votos, y perdió más de 200 escaños. El resultado de tanta fragmentación es que aún no se sabe quién será el próximo primer ministro italiano.

Esta ha sido además una elección peculiar, puesto que en el pasado invierno se aprobó la nueva ley electoral, que recibió el apodo de Rosatellum por su precursor, el diputado del PD Ettore Rosato. Esta nueva legislación ha introducido un sistema de elección paralelo, con el 61% de los escaños repartidos de forma proporcional, y el 37% de forma mayoritaria, y que se aplicará en ambas cámaras. Italia, que tuvo una sola ley electoral entre 1946 y 1993, ya lleva cuatro en los últimos 25 años, y ninguna de ellas parece haber sido capaz de solucionar el perenne problema de la ingobernabilidad del país transalpino. Hace un año, las perspectivas electorales eran muy diferentes, pero, como siempre pasa en el país transalpino, nada es lo que parece.

Un nuevo tiempo en la política italiana

Los comicios del domingo se esperaban con interés por parte de los analistas internacionales. Los cambios en el sistema electoral, la unión en el centro derecha con dos partidos que estaban codo con codo en las encuestas, la frágil coalición con la que Matteo Renzi intentaba reconquistar el poder en Italia, la tendencia ascendente del M5S, y la perspectiva de que podía haber sorpresas el día del recuento formaban un cóctel único para este escrutinio. Los últimos sondeos extraoficiales pronosticaban que el M5S seguía creciendo, que el centro derecha se estancaba y que el centro izquierda caía.

Al final, fue lo que ocurrió. El M5S consiguió un buen triunfo, cimentado principalmente en el sur de Italia, consiguiendo doblegar al centro derecha, que había puesto la mira en esa zona como la llave a la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. El centro derecha vio cómo, en la recta final de la campaña, sus expectativas de llegar hasta los 300 diputados se frenaban, y cómo, por primera vez desde su candidatura en 1994, Silvio Berlusconi no lideraba el centro derecha, que quedaba en manos de la Liga Norte. El centro izquierda, por su parte, solamente dominó una franja del norte de Italia, y se quedó lejos de sus mejores resultados, tal y como se esperaba.

En la noche de las elecciones, las celebraciones se produjeron en el cuartel general del M5S y de la Liga Norte, conscientes de que habían obtenido un resultado extraordinario, y de que, en cierto modo, habían sustituido el viejo bipartidismo por uno nuevo. El partido de Luigi di Maio obtuvo muchos votos procedentes de una izquierda que no se ha encontrado cómoda ni votando al PD de Renzi ni decantándose por Libres e Iguales, una coalición de partidos progresistas apadrinada por el exprimer ministro Massimo d’Alema y liderada por el presidente del Senado Pietro Grasso. Por su parte, la Liga Norte tensó al máximo el discurso identitario y del miedo, y consiguió arrancar a Forza Italia votos indecisos, aprovechando que Berlusconi había moderado su mensaje para intentar tranquilizar a Europa ante las perspectivas de ingobernabilidad del país transalpino.

El primer análisis de los resultados permite constatar la polarización política de Italia, que en estas elecciones ha huido de los grises de otras ocasiones, hundiendo al centro político, y encumbrando a dos partidos que en principio no se entienden entre ellos. El castigo a los partidos tradicionales traerá además dificultades para la formación del gobierno, puesto que las formaciones triunfadoras de estas elecciones, y especialmente el Movimiento 5 Estrellas, se han comprometido a no llevar a cabo acuerdos con otras fuerzas políticas para la formación de un ejecutivo en Italia. La situación, por tanto, es muy compleja.

El hundimiento de Renzi

En la compleja historia política de Italia, no existe ningún caso como el de Matteo Renzi, cuya carrera política parece haber acabado a los 43 años. El exprimer ministro es el gran perdedor de unas elecciones que tenía ganadas hace año y medio, pero que ha acabado perdiendo por sucesivos errores políticos. Su llegada a la presidencia del Consejo en 2014 fue poco elegante, desplazando a Enrico Letta y provocando dimisiones entre sus críticos en el partido. Sin embargo, su carisma y la división en la oposición llevaron a un contundente triunfo de su partido en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, y las resistencias internas a su poder en el partido fueron desapareciendo. Parecía que el centro izquierda había encontrado al líder que llevaba años buscando.

Inesperadamente, la estrella de Renzi comenzaría pronto a disminuir en intensidad. El entonces primer ministro se sumó a las políticas social-liberales implementadas por otros gobiernos, principalmente en materia laboral, ante las exigencias de los organismos comunitarios, implementando la Jobs Act, una reforma del mercado de trabajo que desembocaría en protestas y en desencanto de los partidarios del primer ministro. En la crisis de los refugiados, Renzi se salió de la norma europea, y decidió acoger a los migrantes que llegaban en gran número a las fronteras transalpinas, aunque no consiguió que la operación Mare Nostrum, que había sido fundamental para la protección y la no expulsión de los migrantes, se prolongase a nivel comunitario. En 2015, consiguió que su candidato, Sergio Mattarella, fuese elegido presidente de la República, en virtud a un pacto de amplio espectro con varias fuerzas políticas.

Matteo Renzi dimitió como primer ministro en diciembre de 2016, inmediatamente después de su fracaso en el referéndum sobre la reforma constitucional al que supeditó su futuro político. La propuesta reformaba completamente el Senado, reduciendo sus miembros y sus funciones. La práctica totalidad de los partidos de oposición pidieron el voto negativo, y la derrota para el Gobierno y sus posiciones fue bastante contundente. Le sustituyó al frente del gobierno italiano el tercer primer ministro de la legislatura, su ministro de Asuntos Exteriores Paolo Gentiloni. Su regreso a la dirección del partido no consiguió evitar la derrota electoral de un PD que se ha dejado por el camino 227 de los asientos que tenía en el Parlamento italiano.

Matteo Renzi (FOTO: Twitter)

Poca gente lo dudaba, pero, tras la derrota electoral, Matteo Renzi anunció su decisión de dimitir como líder del PD después de que se forme el gobierno. El partido, que nació como un heredero indirecto de las dos principales fuerzas políticas de Italia antes de los escándalos de corrupción que acabó con el viejo sistema transalpino, queda tras estos comicios en una posición muy frágil, con un poder territorial menguante, y con la sensación cada vez más extendida de que el PD ya no tiene la mordiente de otras épocas en el centro izquierda italiano. El futuro del partido es hoy incierto.

Liga Norte, del sueño de Bossi a la realidad de Salvini

Si hay un partido que representa mejor que ninguno a la Italia posterior al estallido del viejo sistema, ese es la Liga Norte, una formación de ultraderecha xenófoba que nació reivindicando la autodeterminación de la región de Padania, pero que se ha consolidado como un partido importante en Italia. En las elecciones de 1992, las últimas del binomio Democracia Cristiana- Partido Comunista, la Liga Norte fue la revelación, obteniendo 55 diputados, y en las de 1994, vencidas por sorpresa por Silvio Berlusconi, formaron una coalición con él, y obtuvieron 118 escaños. Al frente del partido, estaba Umberto Bossi, un peculiar personaje que gozaba de una gran popularidad por su estilo político descarnado y sin complejos. Bossi llegó a ser varias veces ministro en los gobiernos de Berlusconi.

El logro de Bossi ha sido superado por Matteo Salvini, que ha obtenido 126 escaños en estas elecciones, y sobre todo, ha conseguido hacer realidad el sueño del fundador del partido, asumir el protagonismo del centro derecha en Italia. Estas han sido las primeras elecciones a las que Salvini se ha presentado como candidato, y su apuesta de presentar listas de su partido en todas las circunscripciones de Italia ha resultado exitosa, porque ha aumentado en más de 100 su número de escaños, y porque gracias a ello las puertas del poder podrían estar abiertas por primera vez para la formación xenófoba.

Matteo Salvini, durante uno de sus actos de campaña (FOTO: Twitter)

La campaña de Salvini se ha parecido mucho a la de Donald Trump, al que el líder de la Liga Norte admira profundamente. La estética de los carteles era muy parecida a la de la campaña del actual presidente norteamericano, y el eslogan también parecía beber de la misma fuente, “Los italianos primero”. Los datos del recuento muestran cómo la Liga Norte ha superado de forma contundente a Forza Italia en gran parte de las circunscripciones, como por ejemplo en el Véneto, donde la formación padana ha superado en más de 20 puntos al partido dirigido por Silvio Berlusconi.

Un nuevo líder ha quedado encumbrado en la derecha italiana. El problema es que no tiene los votos para convertirse en primer ministro. Varios medios especulaban sobre la posibilidad de un acuerdo entre el M5S y la Liga Norte para el establecimiento de un gobierno que, en ese caso, iría frontalmente en contra de lo que lleva propugnándose desde Europa en los últimos años, pero esta propuesta no se ha concretado. Lo que está claro es que Matteo Salvini ha conseguido que su discurso cale en la sociedad, y eso ya es un triunfo para los liguistas.

La prueba de fuego para el M5S

Fueron el primer partido en 2013, ya que tanto Pier Luigi Bersani como Silvio Berlusconi se presentaron en coalición, y el gran ganador de las elecciones municipales de 2016, conquistando las alcaldías de Roma y de Turín, y el pasado domingo, de la mano de Luigi di Maio, joven líder del partido de apenas 31 años, ganaron las elecciones políticas en Italia. 223 escaños, más de un 30% de los votos y una movilización sin precedentes fueron el mejor resumen de una campaña electoral que los antiguamente conocidos como grillini empezaron hace cinco años, y que ha culminado en esta cita con las urnas. Nadie sabe cómo definirles ideológicamente hablando, pero han demostrado que están en un gran momento.

Luigi di Maio y Beppe Grillo (FOTO: Twitter)

El Movimiento 5 Estrellas nació en 2009, de la mano del cómico Beppe Grillo, conocido por sus gags criticando a la clase política, y que ya había liderado varios movimientos que apelaban a la ruptura con el viejo sistema, y fue una auténtica sorpresa en las elecciones de 2013, entrando con mucha fuerza con 109 escaños en la Cámara de Diputados. Durante la formación de gobierno, Grillo se negó a participar en ninguna coalición, a no ser que fuera él el candidato propuesto. Cuando Enrico Letta fue investido como primer ministro después de una compleja negociación, el M5S pasó a la oposición, y su fuerza pareció medrar, como se demostró en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, en las que reinó Renzi y en la que los grillini consiguieron mantener la segunda posición, pero a una larga distancia del PD, y quedando encuadrados en el mismo grupo parlamentario europeo que los ultraderechistas británicos y alemanes.

Sin embargo, a medida que Renzi iba perdiendo apoyo, el M5S volvió a ganar fuerza, sobre todo después de las elecciones municipales de 2015. Entonces, los grillini vencieron en Roma, con Virginia Raggi, y en Turín, ciudad tradicionalmente progresista, con Chiara Appendino, y sobre todo, consiguieron crear el pánico en las filas del PD, el gran perdedor de aquellos comicios en los que el centro derecha recuperó posiciones tras años de declive. Casi dos años después de aquellas elecciones, el balance de las alcaldesas, principalmente en el caso de Raggi, acusada de corrupción, es dispar, y esto podría ser un problema para el M5S, puesto que las alcaldías de las dos ciudades han supuesto su primer acercamiento al poder.

Los grillini, hoy bajo un nuevo liderazgo, prometieron que no buscarían alianzas poselectorales, pero está por ver si no intentarán convencer al PD o a la Liga Norte de establecer un acuerdo para hacer primer ministro italiano a Luigi di Maio. Lo que está claro es que este resultado encumbra al M5S, y a una forma de hacer política. Ellos mismos intentan definirse como un partido más allá de los partidos y del eje clásico entre izquierda y derecha, defendiendo argumentos como el desarrollo sostenible, la no violencia y un ligero euroescepticismo. Desde el pasado domingo, son el primer partido político de Italia. El tiempo dirá si están a la altura.

Silvio Berlusconi, en el ocaso de su carrera política

Ha sido la cara más famosa de la política italiana desde 1994, un hombre popular y con inquietudes políticas y que decidió dar el salto al escenario de la actualidad de la mano de su propio partido, Forza Italia, con el que ha alcanzado el poder en tres ocasiones, ganando las elecciones de 1994, 2001 y 2008. Sin embargo, la fuerza de Silvio Berlusconi, Il Cavaliere, parece estar en decadencia, y el resultado de las elecciones del domingo, que le desplazó del liderazgo del centro derecha italiano por primera vez en dos décadas, le dejó en shock.

Berlusconi, de 81 años, era consciente de que, legalmente, no podía volver a ser primer ministro. Una inhabilitación por delito fiscal impedía su regreso al Palazzo Chigi, aunque no que fuera candidato. El plan de Il Cavaliere era aprovechar su tirón mediático para ganar las elecciones, o por lo menos para obtener la mayoría absoluta con su bloque de centro derecha siendo Forza Italia el partido más votado de este, y colocar a alguien de confianza al frente del gobierno transalpino. Tras muchas deliberaciones y especulaciones, Berlusconi confirmó la pasada semana que su candidato para la presidencia del Consejo de Ministros era el presidente del Parlamento Europeo Antonio Tajani.

Silvio Berlusconi, con sus dos socios de coalición (FOTO: Twitter)

El resultado del domingo podría significar el golpe político definitivo para un Berlusconi que no está acostumbrado a no ser el preferido por su bloque ideológico en las elecciones. Tras varias horas de silencio después del final del escrutinio, el exprimer ministro afirmó que no estaba “completamente decepcionado” con el resultado de las elecciones, y aseguró que apoyaría sin reservas el intento de Matteo Salvini de formar gobierno. La realidad es bien diferente para Forza Italia, que ya no es un partido nuevo a los ojos de los italianos, a pesar de las muchas veces que Silvio Berlusconi se ha reinventado, y que no gobierna en ninguna de las principales ciudades de Italia. A todo esto hay que añadir el propio ocaso físico del líder, cuya salud ya no es lo que era, y que, a pesar de haber recurrido en numerosas ocasiones a la cirugía estética para parecer más joven, podría haber afrontado su última elección como candidato.

No esperaba Berlusconi, que hasta el domingo había conseguido domar a sus rivales conservadores durante toda su carrera política, que un hombre cuarenta años menor que él, Salvini, llegase y le disputase el puesto de mando en la coalición sin ningún problema ni duda. Il Cavaliere es consciente de que ya no genera el respeto entre los propios ni el miedo entre los contrarios que le hicieron imbatible, y esto podría significar un punto y final a su carrera política. Parece poco probable que, excepto que se produzca una repetición de las elecciones, Berlusconi vuelva a presentarse como cabeza de una lista política, lo cual significaría el fin de su vida política. Sin embargo, Berlusconi ha demostrado ser impredecible, y nunca se sabe qué puede hacer. El resultado del domingo, empero, fue un golpe contundente que no esperaba.

El difícil camino al Palazzo Chigi

Tras las elecciones, empieza el baile de la formación del gobierno. En principio, y con los resultados del 4 de marzo en la mano, Luigi di Maio y Matteo Salvini estarían en la pole position, con ligera ventaja para el líder de la Liga Norte por el hecho de que su coalición sea la más numerosa en la próxima Cámara de Diputados en el país transalpino. Salvini comenzará en los próximos días las negociaciones para intentar un gobierno en minoría, pero para ello, sería necesaria una abstención de un grupo mayoritario, puesto que el bloque de centro derecha está más de 50 escaños por debajo de la mayoría absoluta. En esta hipótesis, parece más probable una abstención del M5S que del PD.

La segunda opción es que lo intente Di Maio, aunque a él no le valdría con una abstención, pues el bloque de centro derecha tiene más diputados que el Movimiento 5 Estrellas. Algunos sectores del PD están sugiriendo negociar con los populistas para garantizar un gobierno y cerrarle el paso a la extrema derecha. El ministro de Justicia, Andrea Orlando, negó que el PD esté planteándose cambiar su posición al respecto, y figuras fundamentales del partido, como el presidente de la región del Piamonte Sergio Chiamparino, han advertido contra una posible alianza con los grillini, aunque algunos sectores del partido piensan diferente. Sin embargo, el líder de la Liga Norte ha sembrado la tensión al afirmar que está seguro de que ambos partidos intentarán entenderse.

Luigi di Maio y Matteo Salvini, los dos favoritos a convertirse en primer ministro (FOTO: Twitter)

Si ni Salvini ni Di Maio consiguen los votos para ser investidos, será potestad del presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, proponer un candidato para la presidencia del Consejo de Ministros. En la formación del gobierno de 2013, el antecesor de Mattarella, Giorgio Napolitano, fue una figura fundamental para el establecimiento de un acuerdo entre el PD y el Pueblo de la Libertad, la marca de Berlusconi y los suyos para aquellas elecciones, en torno a la figura de Enrico Letta, miembro del PD, pero perteneciente al ala moderada de la formación y aceptable por ambos lados. En esta ocasión, el actual primer ministro, Paolo Gentiloni, podría ser una figura de consenso, aunque es cierto que las mayorías han cambiado, y tal vez Mattarella debería buscar un perfil político diferente.

En último caso, y solamente después de agotar todas las vías anteriores, se adelantarían las elecciones. Pese a lo inestable del sistema político italiano, la ingobernabilidad nunca ha conducido a un adelanto electoral. Previsiblemente, la repetición de los comicios volvería a favorecer tanto al Movimiento 5 Estrellas como a la Liga Norte, los grandes perjudicados de la actual composición parlamentaria. Es por ello que Renzi y Berlusconi, dos figuras de la vieja política que han salido derrotados de estos comicios, podrían cambiar de posición en las próximas semanas para intentar conseguir un mal menor. Lo que está claro es que por la política italiana pasan líderes carismáticos, leyes electorales, polémicas varias, pero la inestabilidad y la fragmentación permanecen. Es difícil predecir si algún día esto también desaparecerá.

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