LE HERIDA QUE NO CIERRA

—¡Chín chín!

Chocamos nuestros vasos de vermut, cada uno con su rodaja de naranja y su aceituna, mirándonos a los ojos. Vi primero los más oscuros de Sandra, después los marrones de Jaime, los azules de Paula y finalmente los grises de Eduardo. Mirarse directamente a los ojos al brindar era requisito indispensable para conseguir la buena suerte.

Javier Quevedo
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CLASE DE MÚSICA Y ENCUENTRO

Madrid, 13 de junio de 2020

Fue al empezar bachillerato, en ese otoño tan largo y lluvioso. Era un estudiante nuevo de la clase de solfeo: “Hola”, me saludó desde atrás. Se presentó y me preguntó si había estado el año anterior en aquella clase, si tenía notas previas que lo ayudaran a continuar el ritmo de la profesora.

Yo apenas oí lo que decía, mi cerebro se ensimismó con sus labios, el color brillante de sus dientes, sus ojos abiertos… Como pude, me recompuse y respondí con monosílabos, saqué mi sonrisa del bolso y me la puse lo mejor que pude antes de decirle: “Araceli, encantada de conocerte”. Menos mal que la necesidad hace a veces de casamentera, y para que él pudiera recoger mis apuntes quedamos en vernos media hora antes de clase al día siguiente: rompimos el hielo para después derretirlo con nuestros encuentros. Repetimos nuestras citas antes de la clase durante varias semanas, y así tuve la oportunidad de descubrir la suavidad de su piel, la tensión de su camiseta cuando no lograba cubrir toda su espalda, la osadía de sus pezones erizados y aquel resquicio de carne que se asomaba entre su pantalón y su camiseta cuando estiraba el brazo para colgarse la mochila al hombro. Alguna vez lo sorprendí mirándome más allá de los ojos, asomado al precipicio de mi camisa, y en aquellos momentos de distracción aprovechaba para olerle, para tocarle con el poder de mi imaginación. Luego seguíamos hablando de claves de fa y semicorcheas.

Un día que nos arriesgamos a tocarnos a través de los mensajes, nos decidimos a quedar después de clase, en vez de antes: “¿Te apetece?”, propuse, “Me apetece”, respondió. No dijimos nada más. Cuando acabó la clase, y de manera natural, recogimos nuestras cosas, las guardamos en la mochila y salimos a la calle a la vez. Anduvimos sin rumbo un par de manzanas hasta que encontramos un parque, y nos sentamos en un banco bajo un árbol. Comenzaba a anochecer, no era tarde, y nos pusimos a hablar de nada. Hablamos mucho rato como para acabar con el espacio que quería ocupar la timidez, pero lo hicimos muy bien: no nos cansamos el uno del otro. 

Y, de repente, como un golpe de viento, nos callamos. En aquel momento nos miramos a los ojos y no dijimos nada porque nuestra tensa inocencia se había convertido en pulsión, y los dos queríamos besarnos rápidamente.

Cerré los ojos y sus labios vinieron a mí, como llamados por mi boca callada. De pronto sentimos calor, frío y escalofríos, mientras el viento seguía soplando cada vez más fuerte. Le quité la chaqueta, tiré mi mochila al suelo, me acerqué más a él para sentirle… Pero en uno de mis movimientos abrí los ojos para asegurar el paso, y allí estaba en lo más alto del cielo: una luna blanca, redonda, manchada para siempre de sangre y dolor.

–¡Aahh! –grité, y le aparté fuerte de mí. Ya no lo vi a él delante de mí, sino a un hombre, un hombre caliente.

Sin saber cómo justificarme, farfullé algo de mi casa y me fui. No quería hacerlo, pero no tenía otra opción.

Al día siguiente, en la clase de solfeo, intenté evitarlo. Pero él consiguió cruzar su sonrisa con mi mirada: “ayer se te olvidó esto”, y me cogió la mano para guardar algo dentro. Al abrirla, vi que era un pequeño pájaro de papel, “Bonito, ¿verdad?” –dijo–, “ahora solo tienes que enseñarle a volar”.

Javier Quevedo
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Masocas contemporáneos

Madrid, 31 de marzo de 2020

Son las 8, te levantas
Te quitas la puta legaña
Otro día más el sol no te acompaña
Vas al metro
Suena la campana

Emiliohupe
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LOS CIUDADANOS LIBRES

Madrid, 6 de marzo de 2020

Nos conocimos en la primera cena de Navidad de la empresa, cuando nos presentó mi jefe:

- Javier Santín, encantado.

- Xavier Gualda, un placer.

Lo que más llamaba la atención no era la similitud de nombre, sino la similitud de aspecto: vestíamos casi la misma ropa, teníamos la misma sonrisa y utilizábamos el mismo ordenador. Cuando nos poníamos a hablar, parecía que era un monólogo, ya que el tono de la voz era la misma. Salí perturbado de aquel encuentro.

Javier Quevedo
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LA SEÑORITA

Madrid, 28 de febrero de 2020

La señorita Domínguez era la profesora más impopular del equipo docente. De aspecto sobrio, Doña Domínguez subía y bajaba las escaleras del colegio con un montón de libros entre sus brazos y, sin subir la voz, llamaba la atención a los estudiantes que no seguían las normas:

Javier Quevedo
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2030

Madrid, 21 de febrero de 2020

El teléfono ya no bastaba, lo nuestro había llegado mucho más lejos. Mi teléfono no paraba de escupir mensajes cada vez que llegaba la hora de acostarse, y siempre era él. Al principio era un simple qué-tal-cómo-ha-ido-el-día, pero pronto se transformó en fotos de paisajes desde la ventana, platos que habíamos cocinado… De ahí pasamos a los selfies, y de ahí solo se puede ir cuesta abajo: primero los de cara con camiseta, luego de cara sin camiseta, de torso, de pantalones abultados, de calzoncillos abultados y bueno, por qué seguir, si ya os lo imagináis. Lo peor es que ambos parecíamos tener mucha experiencia en lo que hacíamos, y teníamos una biblioteca de fotos inacabable. A veces me preocupaba no tener una lo suficientemente subidita de tono como para responder a sus intenciones. Pero siempre me las apañaba, al fin y al cabo, los dos somos millennials: vagos, tontos pero muy fotogénicos.

Javier Quevedo
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