DECLARARSE

by Javier Quevedo

Hace calor, mucho calor. No estoy acostumbrado a que en esta época del año se me pegue el sudor a la ropa. Camino por la calle en dirección a la plaza y siento cómo me arden los pies, se me deshace el peinado y empiezo a sudar con más fuerza. Me ha faltado planificación, no he mirado el tiempo en la televisión ni he abierto la ventana para comprobar la temperatura, así que he salido de casa con una camiseta de manga larga y no voy a volver hasta pasada la medianoche. Pedro me espera sentado en un banco, con una camiseta de tirantes, contento con el clima del domingo: ha venido preparado.

Me siento a su lado y comenzamos a hablar de lo que hemos hecho esa semana. Hay momentos de risa, otros de tensión, pero siempre acabamos sonriendo porque es marzo y brilla el sol y a quién le importa si el jefe es déspota o los clientes maleducados. Pero la situación se hace cada vez más insostenible. Empiezo a notar las marcas de sudor alrededor de mis sobacos, el borde de la camiseta me raspa el cuello y me empieza a dar la sensación de que el olor de la colonia que me puse aquella mañana ha desaparecido. No sé qué hacer.

No estoy acostumbrado a tener tanto calor, y soy bastante tímido. Justo enfrente, un grupo de adolescentes con tablas de skate están intentando hacer piruetas. Algunos llevan la gorra del revés, otros los calcetines subidos casi hasta las rodillas, pero todos llevan pantalones cortos y están sin camiseta. Pienso en lo cómodo que me sentiría si pudiera quitarme la camiseta, si el aire seco de aquella mañana golpeara mi piel y me refrescara. A simple vista, parece una solución muy efectiva al problema que cada vez me agobia más. Pedro sigue hablando de su semana, pero no escucho. Estoy pensando en cómo hacer para dejar de sudar sin tener que ruborizarme: no quiero hacer nada que pueda ser juzgado como extraño por mi amigo y el resto de la gente que nos rodea. Me acuerdo también de mi torso desnudo, quizá menos fuerte que el de aquellos adolescentes, y me avergüenzo de no estar a la altura de mostrar el mismo cuerpo que muestran ellos.

Harto de la situación de bloqueo, decido elaborar un plan para escapar: divido el proceso en tres cómodas etapas, para así ir acostumbrándome paso a paso a lo que supone estar en una plaza pública con los pezones expuestos.

Primero decido remangarme la camiseta al máximo. Consigo pasar de los codos, y dejo el borde de la manga a la altura del bíceps. Al principio, Pedro me mira sorprendido, pero en seguida se acostumbra.

Después, y con mucha más determinación, decido levantar ligeramente la camiseta a la altura del vientre, poniendo mi mano sobre el ombligo. Con ello busco que entre un poco de aire por debajo de la camiseta. El resultado es inmediato: mi cuerpo deja de hiperventilar y me refresco: es como tomarse un vaso de agua.

Ya con la comodidad de quien ve la meta al final de la recta, agarro el bajo de la camiseta y tiro para arriba, quitándomela del todo.

—Pero, ¿qué haces, loco?

Esta vez sí que ha pegado un salto. Tiene razón, es la primera vez que me ve hacer algo similar. Al principio pienso en volver a ponerme la camiseta para aplacarle. Al fin y al cabo, ya me he refrescado bastante. Pero ya no me quiero poner la camiseta. De hecho, estoy seguro de que siempre que vuelva a esta plaza, y haga este tiempo, me la quitaré. Al mismo tiempo, uno de aquellos adolescentes consigue deslizar su tabla por la barandilla de las escaleras de la parroquia, aterrizar sobre el suelo sin caerse y, pegando un salto victorioso, volver con sus compañeros, que lo reciben entre aplausos.

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