CLASE DE MÚSICA Y ENCUENTRO

by Javier Quevedo

Madrid, 13 de junio de 2020

Fue al empezar bachillerato, en ese otoño tan largo y lluvioso. Era un estudiante nuevo de la clase de solfeo: “Hola”, me saludó desde atrás. Se presentó y me preguntó si había estado el año anterior en aquella clase, si tenía notas previas que lo ayudaran a continuar el ritmo de la profesora.

Yo apenas oí lo que decía, mi cerebro se ensimismó con sus labios, el color brillante de sus dientes, sus ojos abiertos… Como pude, me recompuse y respondí con monosílabos, saqué mi sonrisa del bolso y me la puse lo mejor que pude antes de decirle: “Araceli, encantada de conocerte”. Menos mal que la necesidad hace a veces de casamentera, y para que él pudiera recoger mis apuntes quedamos en vernos media hora antes de clase al día siguiente: rompimos el hielo para después derretirlo con nuestros encuentros. Repetimos nuestras citas antes de la clase durante varias semanas, y así tuve la oportunidad de descubrir la suavidad de su piel, la tensión de su camiseta cuando no lograba cubrir toda su espalda, la osadía de sus pezones erizados y aquel resquicio de carne que se asomaba entre su pantalón y su camiseta cuando estiraba el brazo para colgarse la mochila al hombro. Alguna vez lo sorprendí mirándome más allá de los ojos, asomado al precipicio de mi camisa, y en aquellos momentos de distracción aprovechaba para olerle, para tocarle con el poder de mi imaginación. Luego seguíamos hablando de claves de fa y semicorcheas.

Un día que nos arriesgamos a tocarnos a través de los mensajes, nos decidimos a quedar después de clase, en vez de antes: “¿Te apetece?”, propuse, “Me apetece”, respondió. No dijimos nada más. Cuando acabó la clase, y de manera natural, recogimos nuestras cosas, las guardamos en la mochila y salimos a la calle a la vez. Anduvimos sin rumbo un par de manzanas hasta que encontramos un parque, y nos sentamos en un banco bajo un árbol. Comenzaba a anochecer, no era tarde, y nos pusimos a hablar de nada. Hablamos mucho rato como para acabar con el espacio que quería ocupar la timidez, pero lo hicimos muy bien: no nos cansamos el uno del otro. 

Y, de repente, como un golpe de viento, nos callamos. En aquel momento nos miramos a los ojos y no dijimos nada porque nuestra tensa inocencia se había convertido en pulsión, y los dos queríamos besarnos rápidamente.

Cerré los ojos y sus labios vinieron a mí, como llamados por mi boca callada. De pronto sentimos calor, frío y escalofríos, mientras el viento seguía soplando cada vez más fuerte. Le quité la chaqueta, tiré mi mochila al suelo, me acerqué más a él para sentirle… Pero en uno de mis movimientos abrí los ojos para asegurar el paso, y allí estaba en lo más alto del cielo: una luna blanca, redonda, manchada para siempre de sangre y dolor.

–¡Aahh! –grité, y le aparté fuerte de mí. Ya no lo vi a él delante de mí, sino a un hombre, un hombre caliente.

Sin saber cómo justificarme, farfullé algo de mi casa y me fui. No quería hacerlo, pero no tenía otra opción.

Al día siguiente, en la clase de solfeo, intenté evitarlo. Pero él consiguió cruzar su sonrisa con mi mirada: “ayer se te olvidó esto”, y me cogió la mano para guardar algo dentro. Al abrirla, vi que era un pequeño pájaro de papel, “Bonito, ¿verdad?” –dijo–, “ahora solo tienes que enseñarle a volar”.

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