LE HERIDA QUE NO CIERRA

by Javier Quevedo

—¡Chín chín!

Chocamos nuestros vasos de vermut, cada uno con su rodaja de naranja y su aceituna, mirándonos a los ojos. Vi primero los más oscuros de Sandra, después los marrones de Jaime, los azules de Paula y finalmente los grises de Eduardo. Mirarse directamente a los ojos al brindar era requisito indispensable para conseguir la buena suerte.

—¡Por el primero de muchos más!

Dijo Jaime en referencia a mi libro. En unas horas se presentaba en la librería de la calle Relatores y estábamos celebrándolo en la tasca donde les había contado la idea por primera vez. Hacía tres años de ello. Entonces el bar estaba vacío y solo había un camarero atendiendo la barra. Hoy apenas nos podíamos mover.

—Amigos, en cuanto nos acabemos este vermut, os invito a una botella de cava.

Tenía que celebrar mi primera publicación, era lo que tocaba hacer en esos momentos. Había conseguido llegar al primer piso de la escalera de caracol que me llevaba a la azotea de la gloria. Imaginé que arriba habría borlas de colores colgando de chimenea a chimenea y entre los campanarios. El sol golpearía muy fuerte contra el suelo y las paredes, haría mucho calor. Me quedaban muchos peldaños para llegar hasta allí, pero en ese momento se me antojaba cercana: las dificultades del pasado, de todo el pasado, quedaban atrás. Sonreí.

Apuramos el vaso de vermut y brindamos de nuevo con el cava, pero casi no nos dio tiempo a tomarnos media botella, ya que tuvimos que salir corriendo a la librería. Allí me esperaban el editor y el dueño con prisas, los brazos abiertos y todo dispuesto para el acto: las sillas esparcidas por la sala con unos cuantos cojines en el frente, un par de cámaras sobre altos trípodes detrás, la pancarta con la portada del libro colgada en la pared de la derecha, los libros para ser firmados amontonados en una mesa alargada en el lado izquierdo. Al fondo, dominando todo el espacio, estaba el atril de madera desde donde tendría que dirigirme al público: atrás quedaba la timidez del adolescente incomprendido que no sabe leer en alto sin tartamudear.

La sala se fue llenando poco a poco. Llegaban curiosos con el libro en el regazo y grupos de jóvenes que cuchicheaban y me señalaban con mayor o menor discreción. Intenté mantener la calma, dibujar un halo dorado alrededor de mí y superar los nervios que otorgan toda primera vez. Subí al atril y enuncié las primeras palabras.

—Señoras y señores, sean bienvenidos…y bienvenidas. Mi intención con este libro es hacer una primera contribución al mundo literario. No es una novela que vaya a cambiar la forma en que escribimos los escritores, o leéis los lectores, pero espero que se pueda disfrutar, que os haga sentir y que sirva como reflexión para nuestra sociedad: ¿hemos ido demasiado lejos?

Mis amigos fueron los que más aplaudieron, pero no fueron los únicos, así que me alejé del atril con satisfacción y me dirigí a la mesa donde estaban amontonados los libros esperando ser firmados. No hablé mucho tiempo, preferí dejar tiempo a las preguntas y la firma. La primera persona

en acercarse a la mesa con un libro fue una chica de pelo corto y algo tímida, que me lo entregó sin una petición de dedicatoria particular.

—¿No quieres que escriba algo específico, algo que te haga ilusión?

—No, bueno sí, pero no sé… Verás, ya me lo he leído, entonces… Quería preguntar: ¿de verdad viviste eso en la escuela?

Lo había comprendido. Había obligado a mi editor, conocidos, amigos y familiares a leer varias veces la novela y ninguno había entendido lo que había escondido entre líneas. Pero aquella chica de rostro enjuto lo había captado en una primera lectura. Y me hacía así el homenaje más bonito que podía esperar en el día de estreno de mi novela. Pensé en todos los meses de trabajo intenso escribiendo el texto, con la duda del éxito planeando sobre cada página que escribía. Me acordé de lo cerca que estuve de abandonarlo todo y no logré ocultar la emoción en los ojos. Los cerré un segundo, como si así cerrara el dolor de los años de instituto, y cuando volví a abrirlos era una persona nueva.

—Creo que es obvio que no. Cuando se escribe novela, se escribe ficción. ¿Eres de las que siempre escribe de sí mismas?

—No… Yo no escribo, preguntaba porque…cuando estaba en el colegio, yo…

—¿A ti sí te acosaron? Mira, no sé cómo has interpretado esta novela, pero no va de eso. No todos los libros hablan de ti, ni de señoras de mediana edad que viven encerradas con un montón de gatos, atormentadas por querer cambiar un pasado que no se atreven a enfrentar. ¡Mírate! Ahora vas a llorar. ¿Creías que estabas leyendo un libro de autoayuda? Eso es en otra sección. Venga, te voy a echar una firma porque has venido hasta aquí y porque soy simpático. Y ya después te puedes ir a otro lado, que probablemente te sea más útil. ¿ME ENTIENDES?

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