DECLARARSE

Hace calor, mucho calor. No estoy acostumbrado a que en esta época del año se me pegue el sudor a la ropa. Camino por la calle en dirección a la plaza y siento cómo me arden los pies, se me deshace el peinado y empiezo a sudar con más fuerza. Me ha faltado planificación, no he mirado el tiempo en la televisión ni he abierto la ventana para comprobar la temperatura, así que he salido de casa con una camiseta de manga larga y no voy a volver hasta pasada la medianoche. Pedro me espera sentado en un banco, con una camiseta de tirantes, contento con el clima del domingo: ha venido preparado.

Javier Quevedo
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Columna literaria "Amor claroscuro" II

La balanza se inclina a la oscuridad

¿Por qué siempre miramos a ojos donde nos perdemos en vez de encontrarnos?

Sé la teoría. La he repetido mil veces y siempre guardo una para la próxima vez.

Pero, la verdad, es que miro a sus ojos sabiendo que me voy a perder.

Carlos Ortiz
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Columna literaria "Amor claroscuro" I

Pesado corazón

 

¿Por qué el hielo quema más que el fuego?

¿Por qué perdura el dolor más que el placer?

¿Está la alegría sometida al sufrimiento?

¿Es el peso del amor

una condena anhelada?

Carlos Ortiz
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Columna literaria Esencia humana XXIII

La otra Antártida

Es cierto que la mayor parte de las aguas de nuestro planeta permanecen inexploradas. Eso incluye las aguas congeladas también. Puedo dar cuenta de ello gracias a la expedición que realicé a bordo del Challenger hace ya largos años. La tripulación náutica era numerosa, lo necesario para hacer navegar una embarcación que intentaba abrirse paso a través de los casquetes polares de la Antártida. Sin embargo, tan sólo éramos dos los oficiales de la armada que debían encargarse de la misión.

Elik G.Troconis
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Colaboración XXII para la columna literaria Esencia humana

 

Desorejado

 

   —De veras, sale mejor que un pinche chamaco. Eso ya es viejo, nadie se lo cree.

   —¿Y a poco esto sí?

   —Sí, carnal. ’ira, por ésta —se llevó la mano en forma de cruz hasta la boca—. Yo mismo la hago.

   —¿Y qué tal?

   —No te me vas a arrepentir.

   —Pero dame uno chido, uno que parezca de reyes.

   —Nel, tiene que ser callejero. Los chidos no dan lástima. Es toda una ciencia.

   —A ver tu ciencia.

Elik G. Troconis
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